El corazon de Dostoievski – Newsletter #556


El corazón de Dostoievski

Publicado el 7 de Diciembre de 2011 por Juan Manuel Guerrero

Ya que estamos a punto de escribir nuestras propias novelas (Inmigración y literatura: novelas) voy a hablarles un poco, lo poquito que sé, del hombre que hizo una obra extraordinaria con la materia de su vida, Fiodor Dostoievski (Crimen y castigo de Fedor Dostoievski) -me sentí raramente orgullosa cuando recibí como regalo, en respuesta al post de la semana pasada, el saber que tanta gente está dispuesta a empeñarse en escribir una novela, trabajo que no necesita de genios (Mistificaciones del culto al genio) -no hay demasiados Dostoievskis- sino de constancia, y que además, resulte lo que resulte de lo escrito, es sanador y protector de nosotros y nuestra memoria (La memoria social como construcción colectiva del presente).

En los días vertiginosos de mi primera juventud -porque ésa es la edad de las tragedias del corazón (La juventud)-, yo leía con fervor a Dostoievski.

Lo leía de una manera diferente a como lo hacía con otros escritores: Proust, por ejemplo (Re-descubrir el fuego). Proust, en aquella época en que nada se ahonda, era como saborear un exquisito pastel, escuchar músicas delicadas, vestirse de princesa.

Dostoievski era lo oscuro del corazón, aunque yo ya podía percibir dentro de esa fatalidad la ingenuidad, la ternura de los “retratos” que pintaba, las personas que eran su materia, esas “pobres gentes” llenas de grandeza y de drama que tenían un aire de mi tierra latinoamericana (Investigación documental acerca de los escritores latinoamericanos y su enfoque de la humanidad).

Y como era para mí el momento de los grandes amores, yo estaba enamorada -además de un muchacho real que bien recuerdo- del protagonista de Crimen y castigo.

Raskolnikov, dicho protagonista, era alguien que fácilmente podía confundirse con el agua, por lo transparente; con la luz, por ciertos diálogos y monólogos de extremada lucidez. Sin embargo, como casi todos sabemos aun sin haber leído Crimen y castigo, él ha cometido dos asesinatos, guiado por la idea de que “el fin justifica los medios”, digamos, es decir, de que todo acto realizado con sentido “humanitario”, aun el asesinato de dos pobres ancianas usureras, es noble y está por encima de toda maldad. Por supuesto que la realización de sus “teorías” se convierte para el joven y puro Raskolnikov en un infierno que lo seguirá adonde vaya, en una culpa que será, más allá de toda prisión física, la prisión del alma de uno de los personajes más hermosos de la literatura.

Y desde muy joven -y con poca imaginación- yo quería escribir una novela -que al final “cometí”- en la que el protagonista, leyendo Crimen y castigo, se fuera transformando en Raskolnikov.

Pero no importa lo mal que salió semejante relato, una especie de bizarrísimo Quijote -¡a salvar enormes distancias!

Lo bueno fue que fui conociendo a Raskolnikov desde todos los ángulos, hasta los ángulos que Dostoievski olvidó describir -por supuesto que esto no es más que una simpática fanfarronada, amigos.

Lo verdaderamente bueno fue que un poco fui conociendo a Dostoievski a través de sus novelas, y cuando llegué a saber algo de su vida fue cuando encontré la fuente de donde surgieron; la vida de Fiodor es casi más elocuente y romántica, triste, desencajada, que cualquiera de sus relatos.

De dónde viene “el corazón” de Dostoievski

Voy a hacer un ejercicio que quizá algunos reprobarán y otros corregirán con buena voluntad. No voy a leer ahora la biografía de Dostoievski para pasarles algunos datos, sino que voy a enumerar los que recuerdo -y que tal vez recuerdo mal, pero ésa es la figura del escritor que está en mis entrañas -de cualquier modo, trataré de recordar lo mejor posible.

Sé con seguridad que nació en 1821, justo cien años antes que mi madre -por eso no lo olvidé.

En Rusia, en San Petersburgo, en un hospital de caridad donde su padre era cirujano.

Como en el tango -o como, quizá, en alguna valalaika-, su madrecita era una santa; su padre un avaro que hacía que la familia pasara miserias e infortunios para ahorrar para el día en que pudiera comprarse un campo -y comprarse también campesinos esclavos- y retirarse de la cirugía -y de la carnicería que ésta provocaba en la vida tristísima de su familia en un hospital. Tiránico y egoísta según he leído, pero, ¿habrá que creerlo todo de los biógrafos?

Lo cierto es que la madre murió muy joven y el padre, después de retirarse al campo con sus mujiks, se preocupó de enviar a Fiodor y a su hermano mayor a estudiar ¡ingeniería!, muy lejos, no sé dónde -para completar mi relato tal vez baste con examinar Wikipedia.

Dicen que así empezó la carrera literaria de Fiodor: escribiendo mendicantes cartas a su padre, rogándole le enviara dinero. Pero dicen también que, si el propósito de las mismas no era de gran nobleza, la escritura sí lo era: casi hacía llorar a su miserable progenitor, y a veces conseguía sus propósitos.

Pero un día, estando en esos lugares cuyos nombres no recuerdo y en plan de estudios, recibió un mensaje fatal: su padre había muerto asesinado.

Acá empezó el vía crucis de nuestro santo Dostoievski: su primer ataque de epilepsia. Según gente tan sabia como Sigmund Freud, la enfermedad comenzó por la culpa que Fiodor experimentó: la alegría de la muerte de su padre, a manos de sus campesinos tiranizados –más adelante, en Los hermanos Karamasov, consuma literariamente el parricidio.

Vuelve al variopinto San Petersburgo –estoy haciendo rápido con mi memoria- y se pone a vagar, a recoger impresiones de las calles, y escribe su primera novela, Pobres gentes.

El éxito –extrañamente- es inmediato, y a los 23 años se consagra como el “creador de la novela social”.

Pero los literatos tienen malas juntas, dilapidan, beben. Conoce por las calles de Petersburgo a sus demonios –después escribiría una de sus mejores novelas con el tema, Los demonios- y lo atrapa la policía del zar en una mesa de café donde los revolucionarios intentan arreglar el mundo: en ese caso se trataba de atentar contra el “benevolente” Zar.

Seré más rápida todavía, a ver si recuerdo…

Lo mandan a Siberia y lo encontramos ya frente a un pelotón de fusilamiento. Mira el sol reflejado en una cúpula y se dice: “Ay, si yo pudiera vivir, tan sólo para seguir mirando el sol sobre esa cúpula y no hacer nada más”. Y se escucha el “¡Apunten, fuego!”.

Pero el fuego no brota.

Aparece un emisario de a caballo y grita: ¡Nuestro inefable zar, en su infinita benevolencia, os perdona la vida!

Pasa varios años confinado en Siberia, y olvida su condición de escritor, aunque observa. Y también se enamora.

Cuando recobra la libertad, vuelve a su lugar de nacimiento junto con su primera mujer, y ahí empieza el horror de su matrimonio. No es falta de amor: es la epilepsia de Fiodor y la tuberculosis de Maria.

Entretanto ha vuelto a ser un desconocido, pero figura en el Registro de Escritores de la ciudad, por lo que le hacen un préstamo para viajar a Europa.
Va a París, y se detiene antes de llegar en Baden, entra al casino, como una larva se le adhiere la adicción al juego, y a la pérdida –todo nos lo contó en otra de sus novelas, El jugador.

Envío

Después de todo mi esfuerzo por recordar, quiero que ustedes me ayuden a seguir la historia. Ya mucho está dicho, pero faltan tragedias.

En nuestro aprendizaje de novelistas deberemos recurrir muchas veces a la información que pueden darnos las enciclopedias, las biografías. ¿Se animan? Creo que sí, fueron tan buenas las respuestas a mi humorada sobre cómo escribir una novela…

Les agradezco a todos, a cada uno los quiero.
Mora

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