Una esperanza; por Mora Torres


Una esperanza

Publicado el 19 de Julio de 2012 por Mora Torres

Jamás hubiese pensado que él tenía un motivo para reunirse con alguien más que sus manoseados recuerdos (Recuerdos), pero el motivo estaba allí, en el diario (Los diarios frente al reto digital). El hombre leía con dificultad, un poco por vejez y otro por la falta de costumbre, pero era claro que estaba allí, en la página abierta, y que mañana era la reunión (La vejez es “curable”).

Comprendió que se había hecho tarde para pedirle a la dueña de la pensión que lo recordara a las ocho, y él solía quedarse dormido hasta las diez, así que pasó la noche en vela (Trastornos del sueño). Lo velaban cálidas imágenes de nuevas amistades, de personas de rostros desconocidos y alegres que se tornarían cercanos y conocidos (Niveles de la amistad). Sí, esta vez sí confiaría en ellos, ya que la desconfianza, como podía ver ahora, no lo había conducido a ningún lado, apenas a una pieza de pensión más húmeda y gris que sus propios, resentidos huesos.

A las siete ya estaba vestido para salir, buscando en el armario aquel certificado que probaba su condición de 0 positivo, un antiguo papel amarillo pero que serviría de todos modos. Creía saber que hay condiciones que no se borran en toda una vida, y que ésta era una de ellas. Guardó el certificado en el bolsillo derecho de su saco y salió.

 

Advirtió con sorpresa que la dirección que daba el diario correspondía a una clínica, pero tampoco le importó demasiado.

La señora -que dijo ser psicóloga coordinadora- lo miró con curiosidad y le hizo algunas preguntas. Casi todas le provocaron una sonrisa y otras no supo contestar. ¿Cuándo había enfermado? No, pero la pregunta no era exactamente esa, sino algo así como si ya había enfermado de esa enfermedad que se suponía que tenía: “Pero yo no sabía que era una enfermedad”, argumentó. “Bien -dijo la psicóloga- no lo es, es sólo una posibilidad de enfermar.” Pensó que en los 75 años que llevaba vividos, nunca había tenido molestias por el RH 0 o lo que fuera aquella cosa, pero sintió también que estaba arriesgando su incorporación al grupo si hacía ese comentario.

Trató de refrescar algún recuerdo de antiguas pestes, pero cuando dijo sarampión la psicóloga lo miró, le pareció a él, con piedad, y aceptó su inscripción definitivamente. “Venga a las siete de la tarde -dijjo ella-. Nos reunimos a esa hora.”

El hombre decidió no volver a la pensión, sino hacer tiempo recorriendo las calles céntricas y pensando.

Pensó en la desnudez de su madre, cuando se la entregaron hacía cincuenta años en el hospital: un cadáver de pechos exhaustos y azules por los tumores. ¿Habría tenido ella también el 0 positivo? Recordó a su propia mujer. Y era verdad… ellos no habían podido tener hijos por una cuestión del RH. ¿Sería esta una especie de herencia maldita, como la de la sangre de los reyes? La idea lo alegró, aun cuando le hubiera desquiciado la vida. Gracias a ello, ahora, a sus años, era dueño de una identidad particular que lo agrupaba entre algún tipo de gente que había sufrido por el mismo mal. Él había sufrido sin sospechar que ése era el mal; quizá le había envenenado la sangre.

La ansiedad lo invadía. El pasado, con sus fracasos y errores, estaba menos presente que ese futuro tan cercano y tan previsiblemente diferente. Y aunque a su edad ya le quedaran pocos años, los viviría bien, junto a una linda viuda a lo mejor; si no, con amigos comprensivos y estimulantes.

Se paraba ante las vidrieras sin mirar, simulando que le interesaba cada objeto exhibido, para repasar su felicidad actual, porque si bien la palabra felicidad es extremada y nunca había formado parte de su vocabulario práctico, en el día de hoy había salido a relucir con naturalidad entre las otras, como si siempre hubiera estado allí, acechando. Aunque parecería que la felicidad jamás acecha, su caso era distinto.

Empezaba a oscurecer y ni siquiera se dio cuenta de que no había comido en todo el día cuando se encaminó a la reunión. Había recorrido exactamente diez cuadras en ocho horas, y hasta se le había hecho un poco tarde. Pero lo esperarían, con seguridad.

Cuando preguntó le indicaron el camino hacia una sala grande, como de conferencias. La gente había hecho una ronda con sillas, y había una aguardándolo a él. Se sentó y empezó a escuchar al que estaba hablando para todos. Era un 0 positivo muy joven, bastante entristecido.

El pobre chico se acusaba a sí mismo, y la psicóloga intervenía para darle ánimo diciendo, entre otras cosas, que el desconocimiento no era una culpa. El hombre sintió el gusto de sus propias confesiones, las que en un momento iba a efectuar. Sintió el consuelo de la comprensión anticipadamente. Aún faltaban unas cinco personas para que le llegara el turno de comenzar con “Soy… vine aquí porque…”.

Mientras escuchaba, examinó la ronda. ¿Era conveniente que empezara con “Soy…”? Porque después del “Soy” iba una profesión, o un oficio, o alguna ex profesión o búsqueda de empleo. Estaba claro que él no era ninguna de esas cosas, que tampoco era “ex”; y nadie podría creer, viéndolo, que en él todo estaba en el futuro. No, lo mejor sería decir yo soy Mario, o Andrés -algún nombre ficticio por el momento- y continuar con el descubrimiento reciente de su enfermedad o mal adquirido o congénito o provocado por su propia historia irregular. Nadie decia que había matado a su madre de un disgusto, provocándole cáncer, o a su mujer, también por disgustos, y que esa había sido su profesión u oficio. Sin embargo, algunos de los presentes habían tenido hijos sin ningún problema, y tal vez era eso lo que los salvaría. Por ejemplo, la mujer de la boina de fieltro marrón, que ahora tomaba la palabra. La tomaba de una manera muy digna, y al empezar ya hablaba de sus hijos. Dos varones, 20 y 22 años. Ella tendría unos cincuenta y todavía era bonita; ojos azules, pelo con esos reflejos de peluquería, guantes finos; se había puesto perfume, casi seguramente, y su perfume era parte del que se respiraba allí, delicado, apenas perceptible, sólo un olor a cosas caras y limpias, a cuero nuevo de cartera y zapatos. Era delgada y conversaba con una voz de muchos cigarrillos diarios, quizá nocturnos. Esta mujer era la antítesis de la que había sido su mujer, y lo atraía más.

Ella estaba contando una historia mucho más rara de la que podría preverse por su aspecto, en la que intervenían uno de sus hijos y un amigo de éste, llamado Benito. Ella daba ese nombre nada común con naturalidad, pero jamás mencionaba el de su propio hijo. Parecía que habían vivido juntos los tres, que Benito había sido el amante de ambos, aunque sin que la madre y el hijo sospecharan de la infidelidad que a cada uno le correspondía. “Ahora estamos enfermos los dos -dijo la mujer-. Benito murió hace más de un año.”

El hombre creyó oportuno intervenir, porque la mujer le gustaba de verdad y había empezado a fantasear con tenerla, al menos como confidente. Quería explicarle que estaba convencido de que todos sus males se irían con cariño y cuidados, pero quizá fue demasiado rápido al hablar: “Yo tengo el positivo desde que nací, me parece. Y nunca me he enfermado de nada, de ninguna enfermedad que precise médico, quiero decir. Lo que a usted le hace falta es comprensión, y que la quieran, y así va a ver cómo se le va la fiebre y esos ataques de tos.”

Por un momento estuvo orgulloso de su discurso. Había podido hablar en público por primera vez en su vida. Pero también consideró que muchas cosas eran ahora por primera vez en su vida; quizá de haberlas tenido antes, muy otro hubiera sido su destino. Nunca había tenido la oportunidad de estar sentado en círculo con un grupo de gente tan culta y especial, como uno más de ellos.

Sin embargo, apenas terminó su intervención -y todavía no le correspondía presentarse- la psicóloga coordinadora, la amable mujer  que lo habia atendido a la mañana, se dirigió directamente adonde estaba sentado y le dijo en voz baja: “Señor, ¿puede mostrarme el resultado de su análisis?” El hombre revolvió en el bolsillo derecho y extrajo el papel arrugado.

Se había roto un poco, porque estaba amarillo de antiguo. “0 RH positivo”, murmuró la señora coordinadora, y todos la escucharon en el silencio que habían hecho. En voz más baja aún, le explicó que él no pertenecía a ese grupo de portadores del virus del HIV a quienes también se los llamaba “seropositivos” que ahora estaba reunido ni, en realidad, a ningún otro grupo en particular, sino que era el más común de los hombres.

Al menos eso fue lo que creyó entender mientras se levantaba de la silla, caminaba sin la nueva agilidad imaginada por la mañana y salía por la puerta de la clínica, deteniéndose un rato en la vereda para mirar hacia arriba la luna, que no estaba rodeada de nubes. La psicóloga le había preguntado además: “¿Cómo escribe usted 0, señor?”. Y era cierto, por muy ignorante que fuera él sabía desde primer grado que cero se escribía con C y no con S. Se había confundido por apurado, ayer.

Mora

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s