Cuento que no es cuento


Cuento que no es cuento

Publicado el 10 de Octubre de 2012 por Mora Torres

Sospecho, pero apenas sospecho, por ahora (Sigmund Freud, un profeta de la sospecha), que todos los cuentos -”realistas” o no- y los sueños y los relatos infantiles y los relatos de aventuras (Jerónimo y Sherlock Holmes) suceden en un mismo lugar, en un único tiempo con sus mezclas de pasado, presente y futuro -presente eterno (Géneros literarios).

Como si se tratara del “Uno”, un solo reloj, una única casa, un personaje solitario, un autor sin autores ni autorías (Ontología).

Cada “cuento” (El cuento literario o la concentrada intensidad narrativa) es una forma de relatar las modificaciones de una misma vida, un argumento robado al mismo argumento (El Argumento y Gabriel García Márquez), secretamente enlazado a todo lo que se escribió en el mundo y a lo que está por escribirse, estemos hablando de firmas célebres o de solemnes escondidos (Qué es y qué no es un ensayo). Lo que hace “único”, o singular, a un cuento, tiene que ver con el tono de voz, con el cambio de verbo, con irregularidades del lenguaje y algún otro accidente menor.

 

Relato de la última vez que mi amigo Enrique paró en casa, en Buenos Aires (en él yo aparezco como “Luna”)

En el subte, desde la última editorial visitada hasta casa, Enrique y Luna, parados, sosteniéndose vacilantes, temblorosos y peligrosamente de los pasamanos, escucharon la voz de una niñita.

“No, no hice caca”, decía desafiante, “y tampoco voy a hacer mañana, pero si él viene sí, aunque si todavía no vino es porque llegó ayer.”

El tren se detuvo de pronto por algún desperfecto, y Luna y Enrique buscaron curiosos a la niñita, pero no había ninguna en el vagón. La vocecita, sin embargo, se seguía escuchando:

“Entonces no va a estar y yo no voy a hacer eso nunca más, no me voy ni siquiera a sentar…”

Persiguieron la voz, y parecía venir de un grupo de dos asientos enfrentados en donde estaban cuatro personas solemnemente tiesas.

Enrique descubrió que la voz salía del cuerpo de un señor de unos setenta años, de traje gris y con perfume de Laurent, y una expresión muy triste.

-Es un ventrílocuo -dijo Luna, ya sin asombro, pero a Enrique le parecía más asombrosa la existencia de un ventrílocuo que había incorporado a su estómago la voz de una niñita que la invasión de mil fantasmas infantes y rebeldes.

-Debe haber aprendido ventriloquia después de que murió su hijita, hace más de cuarenta años -imaginó él-. ¡Cómo habrá estudiado para lograr exactamente el tono de la niñita histérica!

-… que era además muy caprichosa, y que habrá sucumbido por una indigestión de chocolates -agregó Luna.

-Sí, y con seguridad sus últimos momentos estuvieron nimbados por su rebeldía y por esa desagradable expectativa del padre. Tal vez se hubiera salvado… pero ella no quiso.

-Pero tal vez no pudo -dijo Luna con extremada seriedad, ya que había descubierto que la rebeldía es, muchas veces, impotencia.

-¡Pero no, era muy mala la niñita! -exclamó Enrique, desencajado de excitación-, y se murió con tal de hacer sufrir al padre, que seguro le había pegado alguna vez una paliza correctiva que ella nunca le perdonó. ¡Pobre hombre, ponerse a hacer de ventrílocuo!

Cuando estuvieron en casa Luna revisó una gran cantidad de folletos y algunos libros últimamente publicados que le habían regalado a Enrique en las editoriales -”él sabe cómo pedirlos”, se dijo con angustia.

-Me gustaría leer éste donde a Bioy Casares lo entrevistan en un taller literario de señoritas -suplicó Luna.

Enrique frunció el ceño con una expresión que Luna ya conocía. Quería decir: “te digo que tal cosa no sirve, pero es para no tener que dártela, porque me gusta a mí” -así había la relación “amistosa” de ambos, desde la más tierna adolescencia.

Él sentenció cada vez más serio:

-Tenés que leer cuentos y novelas, así se aprende a escribir cuentos y novelas -entre los libros que le habían regalado, no había ningún volumen de cuentos, ni novelas.

Luna imploró, lloriqueó un poco, y Enrique apuntó salomónicamente:

-Hasta mañana, que me voy a Santa Fe, tenés tiempo aunque sea de hojearlo un poco -o de “ojearlo un poco”, no se sabe muy bien si lo dijo con hache.

Enrique no era muy generosos con cosas materiales, pero solía ser espléndido en prodigar elogios o, si no, lo que lo hacía todavía de mayor estatura moral, en juzgar con alguna dureza los escritos que le mostraban sus amigos. Los leía con atención, como si estuviera leyendo un libro de verdad, de aquellos que yacían sobre la mesa o descansaban en la biblioteca, y se reía, comentaba para sí algunos párrafos, y daba el veredicto.

Luna le dio una fotocopia de sus cuentos eróticos, y ella se llevó para antes de dormir el libro con las respuestas de Bioy, que la mantuvo en vela durante muchas horas, hasta que lo cerró y lo puso debajo de la cama, bien en el fondo, y a la mañana, al levantarse, todavía tiró un poco más de la colcha, para cubrirlo más y estar segura de que no se podía ver en modo alguno, con la esperanza de que Enrique se olvidara de él.

Lo distrajo hábilmente mientras desayunaban:

-Mis cuentos, ¿leíste algunos? ¿No te parecen un poco como ensayos? Quiero decir: ensayos de escribir, por supuesto, como esbozos de cuentos…

-No los leí anoche porque tenía mucho sueño, mejor los leo tranquilo en casa. Pero eso que decís de los ensayos y los cuentos me hace acordar de una anécdota muy graciosa de Bioy…

-¿Cuál? -dijo Luna, que ya la recordaba, porque la había leído hacía unas horas en el mismo libro que Enrique le prestó, pero que no quería hacer referencia a Bioy de ninguna manera, era peligrosísimo.

-En una conferencia una señora le dijo: “Señor Bioy, ¿cuál es la diferencia entre el ensayo y el cuento?”, a lo que Adolfo contestó que lo que a él lo inquietaba era sólo cuál era el parecido.

Enrique contó la anécdota sin gracia, porque parecía temerle a algo especial. Luna temía que estuviera escarbando en sus recuerdos más cercanos; algo, quizá, que se había olvidado poner en la valija:

-Conocía la anécdota -dijo lúgubremente, y sus ojos se llenaron de terror, del terror de algo sin que se notara. Y esto, tan asombroso, la condujo a la siguiente conclusión:

“Está perdidamente enamorado de mí. Y sospecho inclusive que cuando empiece el año nuevo ya no va a decirme:

‘El año pasado estaba enamorado de vos, ahora te lo puedo confesar porque ya no siento nada’, sino que va a declarárseme, ¡después de 20 años!”

Cuando Enrique se fue para alcanzar el micro que partía a Santa Fe, dejando dicho algunas cosas, pero apenas, y con la suave promesa de volver en dos meses, Luna corrió a sacar el libro de abajo de la cama, y misteriosamente no lo halló.

Se preguntó desolada en qué maldito momento Enrique había entrado en su cuarto y descubierto el escondite, y además llegó a la vergonzosa conclusión de que era un libro que Enrique ya tenía, o que ya había leído al menos, porque cómo, si no, iba a conocer la anécdota de los cuentos-ensayos.

No, el ávido Enrique no estaba enamorado de Luna. Y Luna estaba desolada porque, cuando dejó el libro para dormirse, había empezado a leer algunas instrucciones que daba Bioy sobre cómo escribir una novela, pero la había rendido el sueño.

Recordaba, sin embargo, que dijo algo así como que alguien le había enseñado a que empezara con una frase larga, así envolvía al lector en una cinta que después no podría desanudar hasta el final (de la novela)

Envío certificado

Para todos mis amigos del blog, y para los especiales del blog, todos mis abrazos, aún más fuertes para los venezolanos.

Para todos mis amigos “de la vida”, un beso fuerte, que puede ir a dar directamente a la frente de Enrique.

Mora

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