La casa subterránea; por Mora Torres


La casa subterránea

Publicado el 7 de Noviembre de 2012 por Mora Torres

Sé que alguien piensa que es pura egolatría (Amores altamente peligrosos) esta costumbre de llevarlos a mis lugares familiares, a mis lugares más amados (Lugares Abandonados), a los lugares donde una persona que soy yo empieza a formarse en corazón y espíritu (El espíritu y el alma, la mente y el cuerpo).

Pero no es mi defensa: no pienso igual. Es lo único que tengo para ofrecerles: mi propia vida (La Vida)

Enciendo -mientras esto escribo- un cigarrillo (No fumar frente al espejo). En la etiqueta hay fotografías de gente enferma por el tabaco y radiografías de pulmones destruidos (Tabaco).

Sigo escribiendo y frente a mí lo que más veo es el cartel que casi abarca todo el reverso de la caja de cigarrillos: FUMAR CAUSA CÁNCER (Emociones).

No, lo que voy a escribir no se refiere a los daños del cigarrillo ni a la necesidad de dejar de fumar, sólo estoy describiendo mi entorno y, tal vez, ese poco de miedo o de angustia que me rodea, que merodea, mientras escribo (Angustia y miedo).

Una vez soñé con cigarrillos, cuando había dejado de fumar:

Iba por un cementerio prendiendo cigarrillos, convidando a los muertos y, por supuesto, soñando; pero la hierba era más verde que la hierba y el cielo más azul y más blanco el blanco de las tumbas, hasta que el mármol se incendió y vi las llamas por detrás de un vidrio, cada ceniza fue ceniza otra vez -como detrás de un vidrio veo, al despertar, menos radiante el cielo.

 

Pero enciendo otro cigarrillo y ya me alejo de sus consecuencias, saboreo el humo y pienso que de lo que voy a hablarles es de mi “casa subterránea”, esa que se construyó dentro de mí, en la oscuridad, durante tantos años. Esa que nunca va a caerse porque también se está construyendo dentro de ustedes, mis amigos.

Comencemos con el espejo que hay a la entrada de esa casa

En el espejo la mujer me mira y no comprende. Tiene mis ojos, mi pañuelo; sonríe y juega pensativa con sus cabellos rotos.

Yo tampoco comprendo, ni sé del manto de eternidad de su frío, de su alma de azogue. Pero sospecho que, más allá del espejo, en un túnel que tiene otra dirección que la vida, ella sigue mirándome.

Una casa que tuve interiormente

En esta casa hay una habitación sin techo y en el piso de tierra sembré amapolas amarillas.

Hay un momento en que la luna permanece sobre esta habitación y caen sus rayos y se mezclan amapolas y luna en perfecta quietud -este momento me hiere con palabras que no sé repetir:

es posible que sea una campana que repica en el alma por difuntos.

Pero no, es mucho más, es mi drama casi al final del libro, cuando todo está en calma porque todo ya ha sido revelado, cuando el libro se cierra y empieza a arder en el corazón del que leía.

Después le relaté a alguien mi descenso al sótano de la casa:

Si desciendes al sótano hallarás estatuas que sobreviven -cuidadoras de esqueletos-; pequeños animales disecados también con sus ojos eternos -¿son ojos, sin embargo, los que no te miraron?-; partituras para descomponer el silencio y el rayo, y una carta, más real, escrita en letras pequeñísimas.

Encenderás una linterna cuya luz sea mayor y tomarás prestada una lupa del caos para leer lo menos importante: el mensaje de tu infancia no significa nada, sólo que estás ausente y envejeces.

Fue cuando descubrí que había cabellos blancos en esa mansión de mi cabeza

Hay un pétalo blanco en tus cabellos que vino de otra parte, de un jardín de extrañas rosas apagadas donde sonríe el viento del otoño -profundamente desconoces ese jardín fantasma.

Aunque hay un jardín en el espejo de pétalos blancos en tu pelo, de rosas herrumbradas en tu frente, de rocío en la mano que levantas -esto es mañana, pero el espejo permanece allí.

Y en otra casa de la mente, cuando odié escribí una plegaria

Si pájaros -que te repelen-, si serpientes, si mares -a los que temes- quisieran devorarte, o una rosa de brasas, esa que enciende tus papeles, se irguiera de las letras y fuera el fuego que por fin te consume; si todas las espumas fueran tu funeral y si el amor de dos estatuas te salpicara con veneno de sílice, de mármol…

No sé sinceramente qué ocurriría si en el condicional eterno de estos suplicios te envolvieran como en la manta que tejías y destejías para hacer el infierno; no sé sinceramente si yo lamentaría el final de tu manta,

sólo sé que quizás escribo una plegaria, y que quizá deseo que no la escuche nadie sino mi gran silencio.

Y en otra casa deliberé con el Amor

Bien mirado el amor se viste alto, delgado, veneciano, con máscara y con traje de un lado de un color, del otro espejos

tiene sombrero de alto pico, telas de oro, es brujo, es malo, es singular trasegador, se lleva niños.

Eso que trae, esa maleta, es mala; lleva las almas de los niños estúpidos hacia el borde del borde hasta el final; balancea y se caen almas cual mariposas.

Hasta que supe que el Amor y el Silencio son hermanos

Amor es un silencio, es un hoyo en mitad de nosotros que nos hace negros, blancos y grises; un fuego verde, un cascabel, un lúgubre presagio, una campana y una cuna y su tumba, un trébol, una raíz, y una rosa que tiene dos miradas y la última nos mira.

Un día muy triste pensé en el suicidio en la casa más tétrica:

En la quietud con que se apagan los días, considero mi sangre con una sed de alivio.

Sobreviví a mi propia mano

Sí, sobreviví a mi propia mano asesina. Primero le pasé un poema de Pessoa a una amiga que también quería suicidarse, a quien el verso la hizo desistir, y después escribí sobre eso:

A quien en este mundo decidió, por la palabra de un poeta, estar, denle los vientos o los árboles morada, préndanle el fuego de los días en pleno corazón, y los ladrones de esmeraldas a sus cortes secretas llévenla como gema, pluma, pétalo de la luna, que es diosa blanca de la poesía.

Después creí en Dios cuando leí a ciertos poetas

Hay Dios en el poema, todo lleno el lugar está de Dios. Sobre la página que escrita con dolor vivo fuera, la gran sombra es posible.

Envío

En esa casa de mis pensamientos situada en dos lugares, uno alto, otro bajo, volví una y otra vez a soñar que somos inmortales, y, amigos, ahora descanso -viva- en paz. Hay días que parecen un enjambre de avispas, pero hay días en que el sol dora todas las cosas, incluidos los bordes de mi cuerpo y mi alma.

Y hay noches cuando la luna canta para mí y para ustedes.

Mil besos

Mora

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