De cómo me convertí en bruja; Por Mora Torres


De cómo me convertí en bruja

Publicado el 5 de Diciembre de 2012 por Mora Torres

Vi aves comer aves sobrantes de la cena de humanos, vi el pasto dorado adonde los polluelos picoteaban la carne de su madre… (El miedo en la infancia). Convertirme en bruja fue una opción natural (Brujería: un aprendizaje ancestral).

En algún tiempo preferí la escritura (Historia de la escritura).  Mientras yo escribía, alguien dormía (Historia del sueño y su estudio), y no era el más hermoso de los hombres ni la mujer más fascinante: sólo era mi amor amado por su cabello de ceniza; por su pálida alma que estaba siempre junto a mí, y amada por lo que no sabía de su dormir, en ese momento en que extraviaba la llave de su voz y el corazón de su mirada (Romeo y Julieta).

Pero ella todavía está conmigo y sus ojos dorados se ponen verdes los días de tormenta (La eternidad o el cambio).

De cómo me convertí en bruja (cuento, señores, es sólo un cuentito)

La máquina producía imágenes, ríos de diamantes, de tótems, de máscaras africanas, animales extraños, elefantes adornados para festivales hinduistas, el Ganges y sus creyentes y sus cenizas; la máquina producía también al conde Drácula y su corte de bellas paliduchas, y cosas comunes y corrientes como comidas en el parque, como vientos que soplaban y se llevaban cosechas, como lluvias que volvían y devolvían la cosecha.

En el caso de las máquinas egipcias, acertar significaba que las cuatro estatuas de Nefertiti se convertían en fuegos artificiales, después en polvo, después desaparecían, y si el lugar donde esas imágenes habían estado era ocupado por otras que coincidían con el cuadro general en cierto orden predeterminado -por ejemplo si salían desde la izquierda dos serpientes y había quedado una del cuadro original en el centro, se marcaba otro puntaje, mucho más alto, que se iba sumando al anterior. Pero a la vez, como de nuevo habías acertado, una a una las tres serpientes se hacían otra vez fuegos artificiales y luego polvo y luego nada, y quedaban los cuadrados vacíos que se iban rellenando con otras imágenes. Aunque ahora quizá no salía nada que respondiera a la exigencia del juego; y así fue: salió una máscara acá, lejos, una momia, mucho más lejos, un unicornio; es decir nada.

Y tenías que volver a tirar y empezar una rueda larguísima en la que esa palabra nada se había impuesto y nunca coincidía nada, y cuando coincidía parecía milagro y te hechizaba de modo que te volvía el aliento para apostar de nuevo y que todo volviera a suceder, casi siempre navegando hacia esa nada infinita.

Muchas veces ella había sentido al Diablo mirándola desde atrás cuando jugaba, pero esta vez lo sentía pesar mucho sobre su hombro derecho, fuerte, como si la estuvieran apretando. Se tocó con la mano izquierda y no había nada ni nadie, o quizá el Maligno se había hecho fuegos artificiales, luego polvo, después nada…

 

Y con nada encaró la salida.

Desde la puerta del Casino, cada media hora salía un micro llevando gratis a los jugadores que de otro modo habrían terminado rodando en un hipotético barril. Los llevaba hacia varias paradas donde podrían elegir su colectivo para llegar a casa: todos, seguramente, habían guardado los centavos del boleto de colectivo. Pero ella no, aunque subió al micro de los desesperados; en alguna parada la dejaría, más cerca que el casino.

El ambiente era de cemento; veía siluetas y pisaba gente hasta que encontró un lugar al lado de un perfil. Era un perfil de mayordomo de la aristocracia, o de chofer de clase alta, quizá, aunque de pronto lo miró de frente y era un porteño un poco gardeliano, antiguo, que le habló.

Le dijo buenas noches y algo relacionado con la suerte; le señaló la noche que congelaba el vidrio de la ventanilla pero también le dijo que mirara la luna…

Ella no escuchó mucho, aunque comprendió que el caballero buscaba tal vez una aventura otoñal, u otoñales caricias.

Todos los pasajeros menos el mayordomo criollo que le había tocado de acompañante parecían desnudos, pero más todavía: el micro era una ambulancia si uno lo miraba bien, y había quejidos que rompían el silencio.

Gardel sonreía otra vez de perfil. Ella pensó en el diablo. Eran las tres de la mañana y tendría que volverse caminando sola por una avenida muy oscura, y pensaba que quizá preferiría hacerlo caminando con el Diablo, o con Gardel, pero que no le había seguido la conversación, lamentablemente, y entonces no tenía esperanzas. Eran unas treinta cuadras.

Llegaron a la parada final. Y al bajar, el hombre le preguntó: ¿Toma un colectivo o prefiere que la alcance en un taxi?

Una inocente propuesta, se dijo a sí misma. Aunque dudó tanto que la mirada del hombre se cansó de esperar sus ojos como respuesta y abrió la puerta de un taxi estacionado allí.

Una vez adentro del coche el terror la atragantó. Apenas si pudo indicar su dirección y continuó tosiendo.

“¿Estás bien?”, preguntó el porteño.

Ella se dijo que si conseguía seguir tosiendo hasta llegar a la puerta de su casa no necesitaba ni siquiera decirle gracias al honorable y festivo caballero. Algo la ayudó a seguir tosiendo.

El hombre, el mayordomo porteño, se bajó con ella del taxi y la vio abrir la puerta del edificio cada vez más ahogada, y cerrar detrás de sí la puerta cada vez más repuesta, y fue hacia el ascensor sospechando que Gardel la miraba dejar de toser desde la puerta vidriada.

Cuando se desvestía pensó que algo debía hacer para recuperar lo perdido, y cuando se sacó el corpiño y vio la vieja piedra morada o violeta que le colgaba desde el cuello supo qué. Esa piedra traía un manantial: la cara de su tía abuela entregándosela, pero además cada día de su infancia, cuando recibía entrenamiento en magia blanca de esa misma, sabia tía, maestra de brujas.

Sacó la piedra de la cadenita: la plata que la engarzaba estaba opaca, sucia a propósito, porque no le quería quitar la noble pátina que le traía el recuerdo de la ausente.

Al despertarse vio otra vez la piedra y se le ocurrió que ya no estaba tan mal, que sólo tenía que ponerse activa y recordar paso a paso las lecciones de médium de la tía Casimira.

Trajo las cartas y hasta la vieja bola de cristal.

A las cartas las estudió un poco más; cuando miró la bola de cristal de inmediato la sintió vacía.

Su primera clienta era una mujer de cara muy redonda y muy blanca, por lo que sin vacilar la asoció con la luna.

Envío

Juntemos todas las historias de navidad que podamos para los próximos y felices días. Mi nieta Lola va a hacer un festival, y tiene cuentos como “La niñita que iluminó la noche”, de Bradbury, que no será específicamente de navidad pero es tan mágico como si lo fuera. Besos y besas (?)

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