Síntomas – El de la libertad


Síntomas – El de la libertad

Publicado el 2 de Enero de 2013 por Mora Torres

Entre nosotros existen muchos síntomas que se agudizan según la época del año, según la edad y según el clima (Borderline).

El año nuevo (Cómo prepararse para un año nuevo) es ideal para despertar el síntoma del deseo de eternidad, pero a ése ya lo hemos mencionado hace muy poco (Borges y la eternidad en construcción).

La navidad suele hacer aparecer virtudes de bondad hace tiempo dormidas, lo cual es bastante insólito, ya que la mayor parte de los que padecen esta sintomatología no son creyentes (El Ateísmo de Albert Camus).

En cuanto a otras enfermedades curiosas, hay una que comienza lentamente y se resuelve a veces en tragedia, y es el mal de querer ser libre (La Libertad).

Digo “mal” ante la imposibilidad que por el solo hecho de haber nacido tenemos los humanos de ser libres como los pájaros (Asambleas de pájaros), inocentes como los perros, hábiles para sobrevivir como los animales salvajes.

Acá les dejo un relato muy breve de algo que le sucedió a una muchacha -el síndrome de libertad suele darse en individuos jóvenes (La Adolescencia) aunque esta patología aparece también, muy raramente, en los ancianos (El viejo en la historia).

La libertad

El primer síntoma fue una lluvia sin corazón que asoló el pueblito y se llevó algunos objetos, algunas maderas que naufragaron, el esqueleto del perro que estuvo seis años enterrado en el jardín.

El segundo, la fiebre, por las noches, entre las pesadillas.

Las pesadillas eran asombrosas y provenían de la misma fuente de los días que estaba atravesando. Había llegado a los veinte años saturada de historias de terror; el lugar donde vivía, el jardín, el bosque, el pueblito mismo, entero, era un antiguo cementerio; y cada paso que daba removía cenizas y fantasmas.

 

No creía en los fantasmas, pero todo estaba cubierto de esas historias y jamás dejó de pensar que quizás entre sus pensamientos se había alojado uno. O que quizás entre tantas historias alguien había dado vida a un fantasma verdadero. O que había quedado uno vivo entre los muebles heredados.

Pero para cuando apareció el tercer síntoma ella ya estaba dispuesta a acostarse y morir; la muerte no era nada del otro mundo, solía pensar -y lo raro es que a esto lo pensaba con más fuerza cada vez que en el pueblo nacía alguien.

Ella se enteraba de cómo nacían y morían en el pueblo por medio de vecinos o simplemente de gente que pasaba por la calle de tierra de su casa, y se había interesado sobre todo en la muerte desde chica.

Primero se estremeció, aunque no entendía bien cómo se muere.

Le explicaron, pero pasó bastante tiempo hasta que entendió que el cuerpo de un muerto no es como los otros cuerpos, no sólo por la quietud y el silencio sino por un vacío más importante; alguien también trató de resumirle, a esa edad infantil, la cuestión del alma, pero pasó todavía más tiempo hasta que entendió que el muerto tiene un cuerpo perfectamente vacío, desprendido.

El tercer síntoma fue aquel dolor terrible en el estómago, pero por más dispuesta que estuviera a acostarse y morir, no atinó a hacerlo.

El padre la llevó al médico de una ciudad más grande próxima al pueblito, y después de estar un tiempo en el hospital y de muchos estudios, le dijeron que iba a morir aproximadamente en mayo.

Y era setiembre, empezaba el tiempo tibio, los dolores se fueron calmando, la fiebre desapareció, y a pesar del empeño del médico y del padre, algo le decía que ahora no iba a morir. Al menos se sentía mejor; también con ganas de escapar.

Por momentos pensaba que aquellos síntomas no habían sido de enfermedad sino de ganas de ser libre.

No era esclava de ninguna persona y mucho menos de su padre; o quizá sí, de todo el pueblo.

Decidió levantarse y salir, pasó por la escuela que aunque funcionaba todavía, tenía el encanto de las ruinas. Elena, una compañera que ya no vivía en el pueblo, bajaba en ese momento las escaleras de las ruinas y llevaba un papel en la mano: era un pasaje de regreso.

Se abrazaron; había ocho años de distancia desde la última vez.

¡Tan flaquita y hermosa como siempre, Ana! -le dijo Elena.

Ella miró el pasaje sostenido entre el dedo pulgar y el dedo índice, en las manos de uñas pintadas de Elena; lo tomó, lo miró, dijo como la más graciosa de las bromas: ¿Me llevás?

Una pelea de perros se armó detrás de las dos que conversaban, no alcanzó a oír lo que decía Elena, pero a los tres días estaba junto a ella y su familia en Buenos Aires, en un edificio increíblemente alto parecido de todos modos a una cárcel, y ella que había buscado la libertad, plegó sus alas para siempre y se quedó mirando un balconcito del edificio de enfrente donde una mujer ya vieja cosía ropa doce horas al día, como las doce uvas que comían en su pueblo al tocar las campanas de año nuevo.

Envío

Para todos, mis abrazos y buenos deseos; para Cecilio mis abrazos y buenos deseos más especiales que nunca, que envuelvan a toda su familia.

Mora

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