El odio a la música


El odio a la música

Publicado el 23 de Enero de 2013 por Mora Torres

Escribe Pascal Quignard:

“La morada de los ruidos y sonidos (El Nuevo Paisaje Sonoro) delimita en el espacio una delgada película circular celeste, cuyo espesor es inferior a la centésima parte del radio de la tierra. Este envoltorio incluye: 1) la superficie de las tierras que emergieron de las aguas; 2) una fracción de profundidad de los mares; 3) la región aérea que rodea a estos dos elementos.

“El conjunto de sonidos propios de los vientos, volcanes, océanos y la vida que surgió en las tierras que emergieron de las aguas es de una diversidad tal que impuso un canto específico a todos los oyentes del mundo (Un mundo sin fronteras).

“La morada de las voces animales en el mundo es delgada.

“La morada de las lenguas humanas en el mundo es minúscula. (Diccionario Chayma).

(…)

“El fascismo se vincula al altoparlante. Se multiplicó con ayuda de la ‘radio-fonía’. Luego fue relevado por la ‘tele-visión’ (Fascismo y nazismo).

(…)

“La música, desde la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en un sonido no deseado, un noise (en francés en la traducción al español), para retomar una antigua palabra de nuestra lengua.

“Incluso los reservorios de silencio que constituían los espacios de oración en el mundo occidental, particularmente las iglesias y las catedrales cristianas de rito católico, fueron dotados de bandas sonoras que buscan acoger al visitante y evitarle la angustia del silencio y también, lo que es más paradójico, arrancarlo de la posibilidad de la plegaria” (Camino de la sangre hacia la luz).

 

El ruido, el sonido, la música

Me gustaba mucho ese libro… ése que se llama Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, de Diderot. Me gustaba, digo.

Hasta que comprendí que el problema no son las imágenes, las visiones, el color o la forma.

Las imágenes que se recuerdan o se olvidan, las que por distracción se pierden, las que iluminan un segundo nuestro tiempo, como flashes.

Las imágenes no invaden demasiado violentamente nuestro espacio; uno puede soplarlas, hacer que el viento se las lleve.

El recuerdo mismo no nos provee imágenes exclusivas, el recuerdo nos trae y nos lleva por perfumes y voces entre esos claroscuros; las imágenes no son lo más nítido sino, quizás, algún sonido, una música que se empeña en taladrarnos, o tal vez en ladrarnos simplemente.

El problema no es la visión: nacimos en un mundo de ruidos, estamos parados frente a un abismo de palabras, de ritmos, de truenos, de estampidas, en “soledad sonora”, que no es precisamente la de San Juan de la Cruz.

¿Que la música calma hasta a las fieras?

Sospecho que no las calma, que les hace otra cosa que no sé, pero que no las calma.

Tal vez yo creía de verdad que la música tranquiliza a los humanos porque los hace dejar de pensar, los sumerge en lugares sin pensamiento, y como las fieras no piensan, tampoco tiene sentido que el sonido las calme. Yo creía tal vez ingenuamente que los animales no piensan y que los hombres sí, y que la música apagaba el infierno de sus ideas.

¡Pobres animalitos, pobres seres humanos!

No es que ninguno piense: es que tienen miedo. Algunas veces los segundos se ponen a pensar en la manera de apagar ese miedo y piensan de verdad: religiones, filosofía, mitologías y fraudes. Rituales de tambores que hacen llover sobre el alma un suave rocío de anestesia.

Animales y hombres tienen miedo de cosas que no ven, que escuchan sin entender en el caótico sonido.

Cuando un niño nace lo primero que percibe no es la luz: es el ruido. Sería menos poético de todos modos si las madres “dieran a ruido” y no dieran a luz.

De allí en más el niño cae hondamente más y más en el zigzag del ruido, o del sonido, o las palabras, o la música.

La música, sin embargo, parece blandir orgullosamente un cartel que dice: “Silencio”. Como si detrás de ella hubiera que buscar el silencio, se pudiera encontrar el silencioso tesoro, el botín de las cosas sin ruido que es el más apreciado por los que buscan la verdad, aun cuando verdad sea una palabra y suene, y haga ruido.

La música es apenas un remedio que alivia por segundos los síntomas, y la enfermedad es mortal. Los síntomas son la confusión, el caos, el terror, la hipocresía. La enfermedad es la vida.

Pero a mí me gusta sobre todo vivir.

Para vivir mejor, se trata de desmalezar palabras y sonidos, justo el centro mismo de mi querido oficio, o apenas hobbie, de escritora.

Ordenar y limpiar

Cuando los ruidos brotan en racimo hasta de las junturas de las baldosas de la casa, se puede hacer un poco de silencio con un procedimiento sencillo: ordenar y limpiar.

Para esto se necesita de un ruido infernal antes de acceder al paraíso descartable.

Elsa y yo decidimos hacerlo: ella se ocupa de los ruidos mayores; corta el pasto alrededor de la casa con una máquina de sinfonía mayor.

Yo entro y ordeno papeles, cenizas, servilletitas de papel.

La última vez decidí un orden más profundo, y tomé algunas valijas que merodeaban por la casa.

Abrí la primera, era una que me había traído mi hija cuando vino a visitarme con Lola y su marido. Contenía libros nuevos que un amigo me enviaba desde Buenos Aires.

Frené un poco el ritmo de mis labores porque empecé a leer tapas y contratapas, con gula.

Y aunque me había hecho el propósito de sólo leer tapas y contratapas y seguir trabajando, ¡lo encontré! Y ya no pude seguir poniendo orden.

Era el libro que habían escrito para mí, y justo lo había hecho Pascal Quignard, uno de mis autores modernos preferidos. Se llama El odio a la música.

Quignard explica que “La frase Odio a la música quiere expresar hasta qué punto la música puede volverse odiosa para quien la amó sobre todas las cosas”.

Quignard escribe entre tantas cosas, unas breves instrucciones para cuando muera:

Sobre mi muerte

Nada de música ni antes, ni durante, ni después de la incineración.

Ni siquiera una cigarra suspendida en una jaula.

Si entre los asistentes alguno llora o se suena la nariz, todos se sentirán molestos, y la molestia será tanto mayor al no estar disimulada por la música. Me disculpo ante quienes me sobrevivan por la incomodidad en que los habré colocado, pero prefiero esta molestia a la música.

Ningún tarabustis.

No se observará ningún rito. No se elevará ningún canto. No se pronunciará palabra alguna. Ninguna reproducción de lo que sea o de quien sea. Nada de abrazos, de gallos desplumados, de religión, de moral.  Ni siquiera los gestos convencionales.

Me abran dicho adiós sólo quienes callen.

Envío

Para todos mis amigos, mando esta bocanada de palabras. No les prohíbo nada en absoluto, no los sumo en silencio alguno, José, Joise, Carlos y todos los que sin nombre leen, para que estemos juntos. Y hagamos algo de ruido con un beso.

Mora

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