Síntomas


De la gran Escritora Argentina Mora Torres:

Enlace a la Monografía original: http://blogs.monografias.com/editorial/2013/11/20/sintomas/?utm_source=Newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=20-nov-13

Síntomas

Publicado el 20 de Noviembre de 2013 por Mora Torres

                         Mora Torres

Vine a vivir a Buenos Aires hace 20 años y la amo, pero llevo el acento y los recuerdos de Santa Fe, mi ciudad, que tiene tanta historia, jazmines y calor y donde nació también la Constitución de la Argentina. Escribía ya en la panza de mi madre, decía mi papá, y sigo intentándolo, no voy a deponer nunca la pluma, aunque moleste mucho.
Dos veces me dieron el premio del Fondo Nacional de … (ver perfil completo)

Esta santa que enhebra hilos blancos para coser un vestidito de fiesta, es ella (Todos santos en Sorata). Entre sus dedos pasaron los días, comiéndose entre sí (Abandono de la tercera edad en la familia).

Sus dedos escribieron también cantos de amor, de muerte, de frío (Amor).

Ella estuvo en todas partes, fue un puñado de piedras arrojadas pero además una enorme roca plantada en el desierto (El libro del desierto).

Ahí llegaron los visitantes amorosos.

Se pregunta otra vez qué es el amor. No quiere ser moralista ni sabia ni decir ingenuamente que el amor es este vestidito que está cosiendo para su nieta (Los valores humanos).

No son los pelos blancos los que le impiden la falsedad, ni ninguna costumbre de no mentir.

Es como si naciera recién que quiere saber qué es el amor para llevárselo a la tierra de la noche, o de la nada, cuando muera (“El gesto de la muerte”…).

Y escribe entonces un largo un inútil tratado para estudiar lo que fue el amor en ella, más allá de su vida amorosa (Autobiografía: la experiencia personal en la elaboración literaria).

Antes reflexiona de dónde viene, quién es, ella misma quién es. Extraño no saberlo con certeza.

Si todo tiene que estar en orden ha pensado muchas veces que si Van Gogh vestido con su traje de viejo de la bolsa, el que solía usar a menudo, llamara a su puerta, no le abriría (La vida amorosa de Vincent Van Gogh). Y es porque nació en un prolijo y simétrico pueblo donde los pecados son motas de polvo y la virtud tan solo significa que cada uno ocupe su lugar.

Y los hogares son pequeños paraísos organizados y las calles forman manzanas perfectamente cuadradas de cien por cien.

Nació en un pueblo donde es muy difícil luchar contra cualquier costumbre, por buena o mala que sea, donde ninguna experiencia nueva enseña, y cree que desde que abrió los ojos trató de aprender sus secretos de permanencia y estabilidad, pero jamás los descifró.

Una vez vio a alguien caminar con su ropa de campesino por las calles más céntricas del pueblo, con pantalones desteñidos y la camisa rota, y era el señor del pueblo -el señor más rico y poderoso del pueblo, el dueño- que disimulaba. Fingía ser leproso, menesteroso, indigente, para que nadie lo asaltara, para que nadie le pidiera limosna.

Pero eso fue hace mucho, antes de hace mucho, cuando ella era sólo una niña pequeña.

Tardaría mucho tiempo en crecer y en decirles, como les dice ahora, a sus amigos más íntimos: planté un árbol, escribí un poema y no tuve un hijo, pero saqué a una monja del convento.

Se llamaba Asunción, sor Asunción, y ella la convenció primero por amor; una vez sometida a su amor, Asunción se “convirtió” al ateísmo. Había llegado a los treinta años y estaba desde los quince entre los muros.

La conoció cuando fue a estudiar a la ciudad de Córdoba, que quedaba bastante cerca de su pueblito, y se ofreció como celadora en un colegio privado, católico.

Los católicos siempre le dieron miedo. Su padre era hijo de un ministro luterano que había llegado con la gran inmigración y ella había nacido en Isla Amable, en la casa de sus abuelos en ese pueblo que estaba recordando, que consistía en algunos hogares bastante sólidos y amplios y luego estaba el campo, a unos pocos cientos de metros, como quien se cría en un jardín.

Ella, mientras cose, tiene a su lado una caja con postales antiguas que eran de su abuela Amelia cuando era muy joven. La abuela le dijo un secreto mientras miraban las postales, una vez.

El teatro

En los días en que era niña ella se había hecho un esquema mental de los que se llamaban pecados capitales, porque a pesar de tanta falta de fe que había en el pueblo había tenido contacto con cuestiones religiosas por medio de los libros y la Biblia de su abuelo.

Para ser sincera tendría que decir que lo que más la atraía era el pecado; no la espantaba sino que la atraía, y que sus primeros deseos reunían arte y religión: quería representar los pecados capitales en algún escenario, y para eso creó un pequeño teatro con unos amigos tan valientes como ella.

Hay que ver como ven los ojos de un niño, y cómo cada mañana el cielo se mezclaba con sus mayores alegrías, en ese paisaje que ella imaginaba el más colorido del mundo y entre cristales luminosos.

Se sentía adentro de una joya y como si cada pétalo o cada pestaña o cada herraje fueran parte de alguna historia singular. El teatro quedaba en un garaje bien ordenado.

Pero un día empezaron los síntomas adversos.

Síntomas

El primer síntoma fue una lluvia sin corazón que asoló el pueblito y se llevó algunos objetos, algunas maderas que naufragaron, el esqueleto del perro que estuvo seis años enterrado en el jardín.

El segundo la fiebre, por las noches, entre las pesadillas.

Las pesadillas eran asombrosas y provenían de la misma fuente de los días que estaba atravesando. Había llegado a los veinte años saturada de historias de terror; el lugar donde vivía, el jardín, el bosque, el  campo, el pueblito mismo era un antiguo cementerio y cada paso que daba, cada pisada, removía cenizas y fantasmas.

No creía en los fantasmas pero todo estaba cubierto de esas historias, y jamás dejó de pensar que quizás entre sus pensamientos se había alojado un fantasma. O que había quedado uno vivo entre los muebles heredados.

Pero para cuando apareció el tercer síntoma ella ya estaba dispuesta a acostarse y morir; la muerte no era nada del otro mundo, solía pensar -y lo raro es que a esto lo pensaba cada vez que en el pueblo nacía alguien.

Ella se enteraba cómo nacían y morían en el pueblo por medio de vecinos o simplemente de gente que pasaba por la calle de tierra, y se había interesado sobre todo en la muerte desde chica.

Primero se estremeció, aunque no entendía bien cómo se muere.

Le explicaron, pero pasó bastante tiempo hasta que entendió que el cuerpo de un muerto no era como los otros cuerpos no sólo por la quietud y el silencio sino por un vacío más importante; alguien también trató de resumirle a esa edad esa cuestión del alma, pero pasó todavía más tiempo hasta que entendió que el muerto tiene un cuerpo perfectamente vacío. desprendido.

El tercer síntoma fue aquel dolor terrible en el estómago, pero por más dispuesta que estuviera a acostarse y morir, no atinó a hacerlo.

El padre la llevó al médico de una ciudad más grande próxima al pueblito, y después de estar un tiempo en un hospital y de muchos estudios, le dijeron que iba a morir aproximadamente en mayo.

Pero llegó septiembre, empezaba el tiempo tibio, los dolores se fueron calmando, la fiebre desapareció y a pesar del empeño del médico y del padre, algo le decía que ahora no iba a morir: ahora sentía ganas de escapar.

Por momentos pensaba que aquellos síntomas no habían sido de enfermedad sino de ganas de ser libre. Pero ella no era esclava de ninguna persona y mucho menos de su padre o del médico; o quizá sí, de todo el pueblo.

Decidió levantarse y salir, compró un pasaje a la ciudad de Córdoba, se inscribió en medicina y consiguió un trabajo de celadora en el Colegio de las Hermanas de la Cruz con Espinas, las monjas espinosas como les decían.

Y de allí a los brazos de Asunción por un tiempo.

Pero la historia de sus amores, de todos sus amores, no fue fácil. Asunción creyó primero en su amor, después en su doctrina, se convenció de todo lo que ella le había enseñado y explicado con tanto esfuerzo, y salió del convento para caer en los brazos de un ex cura. Así es como agradece el amor.

Ella sí había buscado su Libertad. Aun casándose con un buen partido, aun con sus buenos hijos y sus nietos, ella luchó por… pero, además de tratar de entender qué era el amor, debía urgentemente, tal vez antes del amor, entender lo que era la Libertad.

Fue lo último que se le ocurrió antes de plegar sus alas y su labor.

Moriría igual que como hubiera muerto cuando enfermó del estómago: una cama igual, el mismo silencio.

Mora

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