El líder psicópata


El líder psicópata — Las crónicas del Otro Mundo

“Al principio, sonríe y saluda a todo el que encuentra a su paso, niega ser tirano, promete muchas cosas en público y en privado, libra de deudas y reparte tierras al pueblo y a los que le rodean y se finge benévolo y manso para con todos […] Suscita algunas guerras para que el pueblo […] Y para que, pagando impuestos, se hagan pobres y, por  verse forzados a dedicarse a sus necesidades cotidianas, conspiren menos contra él […] Y también para que, si sospecha de algunos que tienen temple de libertad y no han de dejarle mandar, tenga un pretexto para acabar con ellos entregándoles a los enemigos […] Y así el tirano, si es que ha de gobernar, tiene que quitar de en medio a todos éstos hasta que no deje persona alguna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemigos.”

Creo que casi todos podríamos reconocer en esta cita a algunos de los personajes históricos que en algún momento del pasado, condujeron a la humanidad hacia un punto de inflexión terrible, hacia una época de calamidad de la que todavía hoy nos avergonzamos. Quizás, incluso si eres de aquellos que no sesgan su razón por ideas partidistas o sectarias, puedas reconocer en ella a algunos de los políticos que copan hoy en día las primeras planas en los medios de comunicación. Y es que a pesar de que dicha cita pertenece a un escrito de Platón, Politeia, de hace más de 2.500 años, parece que en el fondo, la naturaleza del ser humano no ha cambiado demasiado desde entonces.

Todo aquello en lo que crees, todo aquello que consideras que es justo y necesario, tarde o temprano termina siendo corrompido y radicalizado por un particular tipo de personas, cuyo comportamiento la ciencia todavía no se ha atrevido a catalogar como de patológico. Estos individuos, que por lo general suelen ser bastante hábiles en el manejo de las relaciones humanas, se mimetizan con el entorno social que les rodea tratando de pasar desapercibidos, buscando copiar la actitud de sus semejantes, alineándose con determinadas tendencias o ideas que en un determinado momento, pueden considerar como beneficiosas para sus intereses. Si bien estas ideas nacen con el objetivo del bien común, y en un principio pueden resultar útiles y productivas para la sociedad, con el paso del tiempo, la adhesión de estos individuos a dicha causa hace que esta comience a convertirse en algo tóxico, dañino. Pronto comienza su particular cruzada contra todos aquellos que no se muestran favorables, señalándolos con el índice acusador, haciendo uso de un discurso hiriente y jocoso, tratando con iniquidad y menosprecio a todos los que se atreven a contradecir a esa nueva corriente de pensamiento, dogma o credo que han decidido secuestrar, como si sus palabras —que no tienen más valor que las del insulto— fueran una verdad perentoria, de esas ante la que no caben medias tintas.

Da igual que se trate de una ideología política, un movimiento social o una creencia religiosa, estos individuos se dedicarán a envenenar los preceptos de esta causa hasta convertirla en una aberración. En cuestión de poco tiempo crean su propio ejército de zombis, de lacayos inconscientes que le dan la razón solamente para no verse señalados por el nuevo líder de la causa, pero este no es un líder como cualquier otro, se trata de un líder psicópata, y como tal, tiene su propia idiosincrasia. A pesar de su fervor, de su discurso agresivo, estos individuos no entienden en absoluto la idea que con tanto ímpetu parecen defender en público, incluso, si la experiencia te ha hecho generar una cierta habilidad para reconocerlos, es fácil darse cuenta de su cómica actuación, y que todos esos aspavientos, todas esas blasfemias que vociferan con tanto ahínco no es más que una burda interpretación de sus sentimientos, ya que en realidad, no les importa en absoluto aquello que proclaman con tanta vehemencia. Una vez finaliza su teatrillo, se retiran a una esquina oscura y con el rostro entrecortado por la sombra de su dicotomía moral, puede verse como el frío brillo de sus ojos relampaguea con destellos terribles: el obsesivo reflejo de una ambición desmedida.

“El psicópata  muestra  la  más  absoluta  indiferencia  ante  los  valores  personales y es incapaz  de  comprender  cualquier  asunto  relacionado  con  ellos.  No  es  capaz  de interesarse lo más mínimo por cuestiones que han sido abordadas por la literatura o  el  arte,  tales  como  la  tragedia,  la  alegría  o  el  esfuerzo  de  la  humanidad  en progresar. También le tiene sin cuidado todo esto en la vida diaria. La belleza y la fealdad, excepto  en un  sentido  muy  superficial, la  bondad,  la  maldad, el  amor,  el horror y el humor no tienen un sentido real, no constituyen una motivación para él. También es incapaz de apreciar qué es lo que motiva a otras personas. Es como si fuera ciego a los colores, a pesar de su aguda inteligencia, para estos aspectos de  la  existencia  humana.”

Cleckley, 1941

La mayoría solemos pensar que la psicopatía viene determinada por algún tipo de disfunción cerebral, una tara en los procesos cognitivos que regulan la conducta, pero el psicópata no es ningún enfermo, y sus capacidades mentales no están mermadas en ningún aspecto: simplemente podríamos decir que carecen de todo aquello que nos hace humanos. Para algunos, este comportamiento podría ser solo la manifestación circunstancial de un gen: el gen egoísta, que condiciona al individuo poseedor de dicha mutación, a actuar exclusivamente en beneficio propio. Una ventaja evolutiva que le permitiría progresar sobre una población de individuos altruistas de los que se aprovecharía como un parásito. Por otro lado, para los más  esotéricos, la falta de ese humanismo justifica la existencia de un “alma moral”, una esencia que completa la estancia del cuerpo haciendo que seamos capaces de sentir emociones, empatía, más allá de los procesos químicos y hormonales que condicionan nuestro cuerpo, siendo los psicópatas un claro ejemplo de ese recipiente vacío carente de esencia, de alma.

Y este comportamiento, que algunos pueden pensar que es excepcional, es más común de lo que parece, de hecho, solo en España hay más de un millón de “psicópatas puros” y entre cuatro y cinco millones de “psicópatas normalizados o integrados”, entre narcisistas, trepas, maquiavélicos o malvados, según el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares Iñaki Piñuel. Por lo tanto, por probabilidad, por su agudeza mental y por su gran capacidad para la manipulación, no es de extrañar que muchos de estos individuos tarde o temprano terminen  alcanzando el poder. Una vez en él, haciendo uso de su particular parasitismo, el líder psicópata iría transformando el ejercicio democrático en un ejercicio de auto beneficio,  envenenando todos los órganos de gobierno, fagocitando aquellos elementos que pueda considerar como peligrosos para sus intereses “hasta que no deje persona alguna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemigos”.

El nuevo líder se ve finalmente triunfador con nuestra connivencia, instaurado en su particular gobierno psicópata, pero obvia que si bien la selección natural le ha dado el don de la indolencia, este don también resulta ser su maldición, puesto que, a pesar de su éxito, no es más que un cascarón vacío, ahuecado por la laboriosa acción de un ejército de termitas que debieron comenzar a devorarlo desde ese mismo día en que hizo posesión del cetro, quizás aprovechando aquel instante en que subió al atril para dar su falaz discurso, colándose por sus zapatos, abriéndose camino en su interior, ensanchando todavía más todo ese vacío que atesora, todo ese espacio vacuo que siempre estuvo ocupado por la ambición. Mientras, las manos de estos dirigentes se vuelven cada vez más y más pesadas, incapaces de señalar a otra cosa que no sea su propio bolsillo. Un estertor ronco debe escucharse cada vez que tratan de proferir una nueva mentira, hastiados, colmados por la opulencia que han conseguido. Con el tiempo, sentados en su sillón, con los labios agrietados y resecos de tanto mentir, sus cuerpos se vuelven pesados como el plomo. El pecho se debe encoger, mientras miran de soslayo hacia un punto incierto de las tinieblas que ellos mismos han creado, incapaces de comprender todo el dolor que han causado, incapaces de sentir absolutamente nada. Su piel va adquiriendo lentamente un tono metalizado, como si estuvieran bañados en cromo, y sin que se den cuenta, son transmutados en una efigie o una  estatua con la que serán recordados, venerados por algún esbirro que gozó de su protección. Pero para el resto solo será eso: un monumento al horror.

a través de El líder psicópata — Las crónicas del Otro Mundo

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