El Príncipe de la Paradoja

LITERATURA

¿Sabes quién es el príncipe de la paradoja? Grande en todos los sentidos, desde su vasta y brillante obra literaria, hasta el tamaño de su persona. Entérate de más aquí:

Chesterton

El Príncipe de la Paradoja

  

¡Qué grande es Chesterton! Grande en todos los sentidos, desde su vasta y brillante obra literaria, hasta el tamaño de su persona, superior al del ser humano promedio.

Y es difícil escribir una semblanza que abarque su personalidad, sus acciones y sus palabras. Pero nadie mejor que un enamorado de la literatura chestertoniana —con todo y sus paradojas y exageraciones— para ofrecernos un retrato de este escritor. Con ustedes… ¡el monumental Chesterton!

«Chesterton usa la paradoja con un solo propósito, no para ser gracioso, no para parecer inteligente, no para confundir o ser contradictorio. Él usa la paradoja como un resquicio de verdad. La verdad es siempre paradójica. Leer a Chesterton es lo más divertido, pero lo más serio que puedes hacer.»

Dan Ahlquist

A veces, sueño que viene en auxilio de 
la humanidad el más bizarro de los superhéroes jamás imaginado. Como música de fondo, se escucha a The Beatlescantando «Help!», cuando en el sueño traspasa la bruma el gigante salvador.

Ciento cuarenta kilos de peso no impiden que corra por las calles como si levitara a escasos centímetros del suelo; los casi dos metros de estatura que mide
le permiten ondear con brío la capa que cubre su invariable vestimenta de tres piezas, confeccionadas en elegante tweed escocés.

La corbata anudada sobre un cuello antiguo y almidonado más parece un moño que un triángulo al cuello.

A pesar del vértigo con el que irrumpe en sueños, el Príncipe de la Paradoja no pierde el ceño fruncido y
la insinuación crónica de una sonrisa que se dibuja
feliz bajo los quevedos que pellizcan su nariz, al filo
de un poblado bigote nevado con canas. Es un gordo entrañable y me salva de todos los abismos de la madrugada con una voz tipluda, sus manos invisibles sobre los párrafos con los que receta el más puro sentido común —el menos común de los sentidos— para desenmarañar todo enredo, tribulación o pendencia.

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SuperChesterton

Señor del sarcasmo, maestro de la meditación racional, el Príncipe de la Paradoja nació en Londres, Inglaterra, en 1874 y —al igual que su célebre coterráneo que deambula de whisky en whisky— sigue tan campante. Se llamaba Gilbert Keith Chesterton, aunque gustaba deambular bajo el enigma de sus siglas, subrayar para la posteridad el peso de su apellido y desfacer entuertos y librar honrosas batallas con el apodo de El Príncipe de la Paradoja.

Polígrafo prolífico, polifacético e incansable polemista, Chesterton era al mismo tiempo un corpulento duende capaz de hipnotizar a una legión de niños en medio de un cumpleaños y, al día siguiente, volverse él mismo 
el infante distraído, un entrañable despistado 
que llegó a enviar un telegrama a su esposa, inquiriendo: «Estoy en Market Harborough. ¿En dónde debería estar?», pues nunca llevaba bitácora específica de sus actividades, citas o pendientes.

Tanta liviandad para tan grande peso: era tan serio como su propia risa, incólume y humorista, polémico y querido. Sobre todo, leído.

Superhéroe Chesterton escribió más de cien libros, contribuyó con textos en otras dos centenas de títulos, firmó cientos de poemas, cinco novelas ejemplares
 y doscientos cuentos literarios.

Conoce a Wells y su tiempo en una máquina

Además, escribió alrededor de cuatro mil ensayos en periódicos, durante treinta años consecutivos en su columna del Illustrated London News y trece años de columna semanal de la más pura agua del azar en el Daily News.

Es más, editó su propio periódico semanal y muchos de sus mejores párrafos los escribió en andenes de estaciones donde perdía constantemente su tren, o en bancas de apacibles parques por donde SuperChesterton se dejaba perder los rumbos de sus días.

El impacto de sus obras

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Uno de sus libros removió de raíz el ateísmo de 
C. S. Lewis y lo condujo al cristianismo creyente; una de sus novelas inspiró la independencia de Irlanda 
que enarbolara Michael Collins; uno de sus ensayos motivó los empeños de Mahatma Gandhi para su nada violento movimiento por la liberación de la India del dominio colonial británico, y más de uno de sus ensayos han despertado razones e inquietudes en no pocos pensadores de prestigio.

Sus novelas han destilado admiración, filiación y continuidad en prosas de altos vuelos: de Borges a García Márquez, de Hemingway
a Orson Welles, pasando por W. H. Auden y Agatha Christie.

Todos chestertonianos en cuanto quedamos inoculados por su ingenio, imantados por su magia verbal, pues como dijo T. S. Eliot, «Chesterton merece el reclamo permanente de nuestra lealtad». Todos chestertonianos en cuanto el enrevesado paisaje de nuestra realidad incomprensible, nos obliga a soñar 
la llegada milagrosa de un Príncipe Pensador que
 viene al rescate entre el hielo seco que envuelve sus párrafos perfectos.

Dice Alberto Manguel que «al 
leer a Chesterton nos embarga
 una peculiar sensación de 
felicidad», no dejaba de
 destilar en sus lectores una savia 
reconfortante para la reflexión y
 los contrastes.

Este texto tiene como propósito invitarte a su lectura, lo conoceras mejor así, pero antes, termina por cautivarte de su personalidad en este artículo que encontrarás en Algarabía 78.

Fuente:

https://algarabia.com/literatura/el-principe-de-la-paradoja/

 

 

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Antoine de Saint-Exupéry, el aviador soñador

 Antoine de Saint-Exupéry, el aviador soñador

El autor de El Principito nació tal día como hoy de 1900.

 María 

Antoine de Saint-Exupéry

Nacido en una familia aristocrática de la ciudad de Lyon, Antoine de Saint-Exupéry pasó una infancia feliz. No fue un alumno destacado en su juventud. Fracasó en la escuela naval, luego estudió artes y arquitectura, y finalmente se hizo piloto tras realizar el servicio militar en 1921, en Estrasburgo.

Saint-Exupéry solía volar en la ruta postal Toulouse-Dakar. En varias ocasiones, el piloto debió negociar con fuerzas marroquíes que habían tomado a aviadores caídos como prisioneros. Gracias a esta labor, el gobierno francés lo condecoró con la medalla de la Legión de Honor.

Saint-Exupéry inició su carrera como escritor el año que fue enviado a Argentina como piloto. Su primer novela corta se tituló El Aviador y fue publicada en una revista literaria. Alcanzó el reconocimiento público en 1931, cuando escribió Vuelo nocturno, una obra en la que plasmó sus experiencia como piloto y directo de la aerolínea argentina. Con esa novela ganó el Prix Femina, un afamado galardón literario en Francia.

Durante su vida, el piloto francés se estrelló en numerosas ocasiones. La más conocida es la del 30 de diciembre de 1935, cuando cayó en el desierto del Sahara. Él y el mecánico aviador André Prévot sobrevivieron milagrosamente a la colisión, pero se quedaron rápidamente sin agua. Sus suministros les duraron sólo un par de días; debido al intenso calor del desierto, sufrieron alucinaciones y estuvieron al borde de la muerte. Fueron rescatados por un beduino al cuarto día de su desventura.

Le Petit Prince, en español, El principito, fue sin lugar a dudas su libro más famoso. Un narración poética ilustrada –por el propio autor en su primera edición– en el cual relata su infortunio ya que quedó varado en medio del desierto, donde conoce al principito, un niño proveniente de un pequeño asteroide que con el tiempo se vuelven amigos.

Fue escrito durante la estancia de 27 meses de Saint-Exupéry en Estados Unidos, donde se exilia en 1940 con la idea de convencer al gobierno norteamericano de que apoyase a Francia en su lucha contra los nazis, luego del armisticio entre ambos países.

Pocos meses después de la publicación de El Principito en Estados Unidos (en Francia debió ser publicado oficialmente en 1946, después de su liberación de Alemania), Saint-Exupéry fue llamado a una misión militar de las Fuerzas Francesas Libres. Su salud estaba ya muy deteriorada a raíz de los anteriores accidentes aéreos que había sufrido.

nacías, Antoine de Saint-Exupéry, y contigo nació la belleza, la inocencia y la magia. Tu desaparición fue un misterio, pero sabemos que estás en todas las rosas y corazones. Me pregunto si todas las estrellas se iluminan porque tú estás en ellas.

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Pablo Neruda Dijo: frases de amor y algo más

7cCUdFnu_bigger  Pablo Neruda Dijo.

Me gusta un poco el desorden y el caos; las camas ligeramente desordenadas, el cabello revuelto por el viento, las carcajadas disonantes que rompen el silencio.

#PabloNeruda

En ese minuto te habrás ido tan lejos que yo cruzaré toda la tierra preguntando si volverás o si me dejarás muriendo.

#PabloNeruda

¿Por qué se suicidan las hojas cuando se sienten amarillas?

#PabloNeruda

Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!

#PabloNeruda

Si cada día cae dentro de cada noche,

 existe un pozo donde la claridad está aprisionada.

Necesitamos sentarnos en el borde del pozo de la oscuridad

y pescar la luz caída con paciencia.

#PabloNeruda

Las lágrimas que no se lloran, ¿esperan en pequeños lagos?, ¿o serán ríos invisibles que corren hacia la tristeza?

#PabloNeruda

Y si no das más, tan solo encuentra lo que hay en tus manos, piensa que dar amor nunca es en vano. Sigue adelante sin mirar atrás.

#PabloNeruda

La timidez es una condición ajena al corazón, una categoría, una dimensión que desemboca en la soledad.

#PabloNeruda

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.

#PabloNeruda

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

#PabloNeruda

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.

#PabloNeruda

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Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos.

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye como tú lo desees y hacia donde tú quieras.

Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños.

El vino mueve la primavera, crece como una planta de alegría. Caen muros, rocas, se cierran los despeñaderos, nace el canto.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca.

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#PabloNeruda

¿Quién escribe tu nombre en cartas de humo entre las estrellas del sur? Oh, déjame recordarte cómo eras antes de que existieras.

#PabloNeruda

Te amo de esta manera porque no conozco otra forma de amar sino esto, en el que no hay yo ni tú, tan íntimo que tu mano sobre mi pecho sea mi mano, tan íntimo que cuando me quedo dormido tus ojos se cierran.

#PabloNeruda

Si nada nos salva de la muerte, al menos el amor debería salvarnos de la vida.

#PabloNeruda

 Pablo Neruda : Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

La canción desesperada: Otras letras acerca del querer

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.

El río anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba.

Es la hora de partir, oh abandonado!

Sobre mi corazón llueven frías corolas.

Oh sentina de escombros, ¡feroz cueva de náufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos.

De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejanía.

Como el mar, como el tiempo. ¡Todo en ti fue naufragio!

Era la alegre hora del asalto y el beso.

La hora del estupor que ardía como un faro.

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,

turbia embriaguez de amor, ¡todo en ti fue naufragio!

En la infancia de niebla mi alma alada y herida.

Descubridor perdido, ¡todo en ti fue naufragio!

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.

Te tumbó la tristeza, ¡todo en ti fue naufragio!

Hice retroceder la muralla de sombra,

anduve más allá del deseo y del acto.

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,

a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura,

y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas,

y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.

Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme

en la tierra de tu alma, ¡y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,

el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,

aún los racimos arden picoteados de pájaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros,

oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo

en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina.

Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ése fue mi destino y en él viajó mi anhelo,

y en él cayó mi anhelo, ¡todo en ti fue naufragio!

Oh sentina de escombros, en ti todo caía,

qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste

de pie como un marino en la proa de un barco.

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.

Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

Pálido buzo ciego, desventurado hondero,

descubridor perdido, ¡todo en ti fue naufragio!

Es la hora de partir, la dura y fría hora

que la noche sujeta a todo horario.

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.

Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba.

Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!

 

”Cómo llenarte, soledad…” por Luis Cernuda

Poetas Hispanos

POESÍA

”Cómo llenarte, soledad…” por Luis Cernuda

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Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.

Luis Cernuda

http://poetashispanos.net/magazine/como-llenarte-soledad-2/

NUESTRO CEREBRO ESTÁ HECHO PARA AMAR LA POESÍA (INCLUSO ANTES DE ENTENDERLA)

NUESTRO CEREBRO ESTÁ HECHO PARA AMAR LA POESÍA (INCLUSO ANTES DE ENTENDERLA)

MARZO 28, 2018 POR FAENA ALEPH

http://www.faena.com/aleph/es/articles/nuestro-cerebro-esta-hecho-para-amar-la-poesia-incluso-antes-de-entenderla/

Un estudio científico demuestra que el cerebro humano asimila la música del discurso poético antes de comprender su significado literal.

La poesía genuina puede comunicar antes de ser entendida.

—T.S. Eliot

Siempre supimos que la poesía es dueña de un poder inconmensurable y misterioso. Y a pesar de que, para muchos, esta clase de expresión requiere conocimientos previos para ser entendida a cabalidad, basta con leer una pieza lírica poderosa para que nuestras emociones e imaginación se vean sacudidas, por decir lo menos. Esto tiene ahora una explicación.

Recientemente, el psicólogo Gillaume Thierry de la Universidad de Bangor en el Reino Unido realizó un estudio que demostró por primera vez de manera científica que la poesía, más específicamente su cualidad musical, es captada por el cerebro humano de manera inconsciente, antes de que su significado literal sea asimilado. Esto implica que las propiedades rítmicas y armónicas del discurso poético estimulan partes inconscientes de nuestra mente, y no sólo eso, también implica la existencia (tantas veces descrita por tantos poetas) de una estrecha relación entre la intuición y esta forma de arte.

El estudio de Thierry, publicado en el diario Frontiers in Psychology, registró las respuestas electrofisiológicas cerebrales de un grupo de sujetos cuando estos fueron expuestos aleatoriamente a una forma poética tradicional galesa conocida como Cynghanedd. Todos ellos eran hablantes nativos del galés que no tenían conocimiento de dicha poesía. El procedimiento implicó que los participantes escucharan oraciones enteras de un poema y posteriormente indicaran si el segmento era aceptable o no (en términos auditivos). Sin ser capaces de explicar el porqué de sus respuestas, la gran mayoría calificó como aceptables aquellas oraciones que seguían las reglas de dicha forma lírica.

En términos generales, a través del estudio se entendió que los cerebros de los sujetos estudiados detectaban cuando ciertas repeticiones de consonantes o vocales en el poema debían estar ahí o no, es decir, anticipaban lo que seguía de manera inconsciente, como si las reglas poéticas fueron parte de un inconsciente arquetípico —todo esto segundos antes de entender lo que las palabras del poema significaban.

Durante la prueba, Thierry y su equipo también estudiaron lo que en psicología se conoce como el “potencial relacionado con evento” o ERP de los participantes; este término podría definirse como la respuesta cerebral (en términos fisiológicos) ante un evento sensorial específico, en este caso la poesía. Así, se descubrió que en los sujetos estudiados el ERP se daba fracciones de segundo después de escuchar la última palabra del enunciado, sólo cuando éste incluía las repeticiones de consonantes y los patrones de acentuación característicos de los Cynghanedd, y no cuando el fragmento no tenía dichas características. Es curioso que estas respuestas cerebrales se dieron, incluso, cuando los participantes no podían identificar qué fragmentos seguían las reglas y cuales no, o cuáles eran aquellos que los estimulaban.

“La poesía es un tipo particular de expresión literaria que transmite sentimientos, pensamientos e ideas acentuando las restricciones métricas, la rima y la aliteración”, explica Thierry y esto refleja que el sonido, por sí mismo, es portador de un significado implícito. El estudio también recuerda la magia inexplicable que tiene la poesía y nos recuerda por qué aprenderla y enseñarla es tan importante. Finalmente,  los resultados de estas pruebas indican que la mente human puede ser inspirada y estimulada, incluso cuando la fuente del estímulo es desconocida, lo que explica por qué nuestro cerebro ama la poesía, incluso antes de poder explicarla.

Imagen: Reading a Letter from the Front, Takeuchi KeishuPublic Domain.

 

El “San Manuel Bueno, mártir” de Unamuno: vivir en la duda

https://elvuelodelalechuza.com/ 

El “San Manuel Bueno, mártir” de Unamuno: vivir en la duda

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En el pensamiento de Miguel de Unamuno, el conflicto se apodera de todo, incluso de nuestras palabras, de nuestra sintaxis y de nuestras normas de expresión. A no tardar mucho se estrenará la película de Alejandro Amenabar sobre Unamuno. Seguro que la cinta traerá mucha polémica y los dimes y diretes más destemplados invadirán las redes y los espacios culturales. Quisiera antes de que estalle la tormenta centrarme en la que considero obra cumbre del bilbaíno inmortal, o salmantino eterno: San Manuel Bueno, mártir.

Esta pequeña pero intensa nivola viene a recoger lo que Unamuno trató de exponer durante décadas. Bien que puede servir de epílogo a su obra toda, de resumen o conclusión. En sus novelas, a través de sus personajes, don Miguel expone de manera directa y concreta los muchos pensamientos que le atenazaban. Nunca vio con buenos ojos la tendencia a la abstracción en la filosofía. En su obra literaria es donde se sentía mejor exponiendo sus reflexiones. En las novelas cobraban vida esos pensamientos, mejor que enlazar una parrafada tras otra.

El Unamuno de El sentimiento trágico de la vida y de La agonía del cristianismo es un pensador intenso y abigarrado, hasta apocalíptico por la desesperación tremenda que destila; pero el de NieblaSan Manuel o El Cristo de Velázquez es un hombre descarnado que muestra el interior de su alma.

El bueno de don Manuel no quiere formar parte de la élite eclesiástica. Quiere ser fondo, base y suelo de la misma y atender allí a los del fondo, a los del suelo, a los de la base. Se puede extender y concretar la fe en Cristo sin una élite de dignatarios, y sobre todo, sin dogmas ni lógicas teológicas. Son las necesidades básicas y concretas del hombre, como el alimento y la ropa, también el trabajo, lo básico de la vida humana –la redundancia aquí es importante–. También son básicos el afecto, la atención, la escucha, el compromiso y el cariño a las buenas gentes, que se hacen mejores personas cuando son tratadas con educación, respeto, sensibilidad y afecto.

No usa el cura los sermones para alimentar la fe de los feligreses del pueblo; tampoco para atacar a los supuestos contrarios del cristianismo. Prefiere centrarse en los problemas cercanos y cotidianos de los habitantes de su villa y hacer todo lo posible para que convivan pacífica y soportablemente. No se trata de atizar con la culpa; se trata de responsabilidad, de hacerles partícipe de la corresponsabilidad que todos tienen para con todos por el hecho de compartir una vida, una existencia. Y no se trata, finalmente, de hacer milagros, de que todo sea misterio, sino de ayudar y de aportar activamente a la comunidad.

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Y es que el cura párroco de Unamuno predica con el ejemplo. Lo que la gente ve, lo que el pueblo siente, es que está acompañado y no se siente atacado por un inquisidor, un moralista o un dogmático puntilloso de la palabra escrita, de la palabra muerta. El cura no pontifica, es un hombre de acción que se faja día a día con su gente. Un cura que no se esconde detrás del púlpito o del latín. Sabe sacrificarse por los demás, y no de palabra, sino con hechos concretos. Un cura que se arremanga y echa una mano en el campo; que está a favor del médico y su ciencia; del maestro y su enseñanza, ayudando a que ambos realicen su labor en las mejores condiciones posibles.

Don Manuel, como don Miguel –quizás porque sean una y la misma persona–, hace bueno aquello del primum vivere, deinde philosophari. Y claro está, don Manuel es una eminencia, una autoridad en su pueblo. Y como nos explicará Gadamer algunas décadas después, no es una autoridad de sumisión, sino una autoridad de reconocimiento: el prestigio moral de don Manuel está cimentado en que hace siempre el bien y lo correcto para las gentes de su pueblo. La gente capta con meridiana claridad que el cura está con ellos, que es parte de ellos, y que sólo quiere lo bueno para ellos. Claro está que el pueblo no sabe lo que late en el interior del alma del mártir, eso sólo lo sabe la dulce Ángela:

“Lo primero –decía– es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es todo. Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera”.

La gente es lo primero, va antes que todo lo demás. No hay uno sin los demás. No hay vida propia si los demás no viven. Nadie es una isla y aunque tengamos una cuota de individualidad personal irrenunciable, ésta no puede ser si no es participando de una cuota social. Y en el caso de nuestro cura la cuestión se hace radical: don Manuel antepone el bien de su gente antes que el suyo propio. Y dice: “¿Cómo voy a salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?”, o “Yo no puedo perder a mi pueblo para ganarme el alma”.

Aquí enlazamos con otra de las constantes unamunianas sobre el tema religioso, no exenta de polémica. La religión como servicio a la gente está íntimamente relacionada a la religión como consuelo del pueblo. La gente tiene que creer por tranquilidad y consuelo, por estabilidad psíquica personal y grupal. Creer en creencias infantiles e ingenuas, de buenos y malos, de cielos e infiernos procura felicidad y esperanza al común de los mortales. Tienen que creer en este sentido, porque este sentido es estabilidad, es cordura y salud mental individual y colectiva. El pueblo ha de creer en lo absurdo tranquilizador y dejar que los héroes quijotescos se enfrenten a los demonios y a los dioses de la verdad verdadera.

Su sacrificio está justificado, piensa el cura, piensa Unamuno. Mantener este statu quo tiene un precio, porque el orden no viene porque sí, y ese pago no tiene que hacerlo todo el pueblo. Es el servicio que hacen los héroes para con el resto de las personas, es el papel de los mártires dentro del mundo, el papel del párroco y también, en cierta medida, el papel de los hermanos Carballino.

Los héroes y los mártires no mantienen esta ilusión por crueldad, no mantienen este engaño por beneficio propio. Don Manuel –don Miguel– tiene razones de peso para apoyar la idea de la religión como consuelo. La filosofía despierta y la religión consuela: hay aquí una típica relación trágica y agónica unamuniana. La filosofía nos muestra, descarnada, el problema de la inmortalidad y la religión trata de consolar la profunda pesadumbre y desesperación que proporciona este descubrimiento.

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El cura no tiene fe, no cree en lo que predica. Está vaciado, desfondado por dentro y tiene miedo, a morir, a no resucitar, a que la gente sepa lo que él sabe. Esa es su verdad, ese es su miedo: que no hay nada después de esto. La muerte es el fin y nada más que el final de todo. Esta es la razón de peso, este es el latido interior del buen párroco. Por esto entienden don Miguel y don Manuel que hay que ayudar al moribundo, consolándolo. Y esa mentira es piadosa, no cruel: Unamuno da más importancia a la intención bondadosa del que miente que a la mentira en sí, que está completamente justificada. La sociedad está moribunda. En cierto sentido, sólo nacemos para morir.

Nacemos moribundos, con el tiempo en nuestra contra, sin garantías de inmortalidad. La vida es un camino golgótico, que no quede duda. Y el curita párroco de Valverde de Lucerna trata a todos los mortales como moribundos, con delicadeza y dulzura. Unamuno entiende que la gente, el común de los mortales, no quiere saber que va a morir y pide realmente que se le mienta. El episodio de Lázaro (“el progre” que vuelve de las Américas) y su comunión confirma todo esto: el hermano no se confiesa porque crea, sino para contentar a la sociedad viva y moribunda, para apaciguarla, para que no sufra, para que viva tranquila al comprobar que es cierto eso de que dos más dos siguen siendo cuatro.

Hay aquí, en la obra toda de Unamuno, una revuelta, un revolcón, un giro de esos copernicanos: uno no se convierte y luego cree; es al contrario. Hay que obligarse a creer para poder convertirse. Don Manuel no cree, él quiere creer, pero no le sale, en su interior no cree en absoluto. Pero le ha sido encomendada una misión, el mismo Dios en el que no cree le ha encomendado cuidar de un grupo de personas. Y él se ha comprometido con ese Dios en el que no cree a cuidarlos. ¡Y por Dios que los cuidará y consolará!

La verdad rotunda de la muerte segura y de la inseguridad incierta de la inmortalidad; la verdad de que nacemos para morir es tremenda y, así lo entiende Unamuno –y su don Manuel–, insoportable para la mayoría de las personas:

“–¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella.

–Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan.

–Déjalos, pues, mientras se consuelen. Vale más que lo crean todo, aun cosas contradictorias entre sí, a que no crean en nada”.

Hay dos reinos en este mundo, en este de aquí: el del más acá del consuelo y la mentira piadosa, el mundo que necesita de la presencia constante de la religión; y el del más allá, el de la verdad, el de la filosofía agónica y desesperada. Y es el papel de los héroes, de los mártires y los santos encajar los golpes de la existencia y que su vida sin tacha sirva de ejemplo al resto, les sirva para que acepten la cara más amable del sentido de la vida.

“Y hasta nunca más ver, pues se acaba este sueño de la vida…”

Cinco poemas para recordar a Lorca

ABC CULTURA

El poeta, fusilado en los primeros compases de la Guerra Civil, está reconocido como uno de los mayores expnentes de las letras españolas. ABC comparte cinco poesías imprescindibles para entender al autor granadino.

Cinco poemas para recordar a Lorca

1. Lorca, una vida

Cuando Federico García Lorca perdió la vida, ante un pelotón de fusilamiento en el camino granadino que lleva de Víznar a Alfacar, las letras españolas se quedaron sin uno de sus grandes referentes. Para ese momento el creador había legado una prolija obra entre la que se contaban poemas, obras de teatro o canciones.

A día de hoy, ya 120 años después de su nacimiento, el poeta sigue siendo igual de recordado que siempre. Buena prueba de ello son los distintos homenajes que recibió este fin de semana en la Feria del Libro. Ahora, en ABC, recordamos 5 de sus poemas. Creaciones imprescindibles para entender la obra y la personalidad del difunto autor.

2. Largo espectro de plata conmovida

Largo espectro de plata conmovida. Para escribir como lo hacía Federico García Lorca sólo cabe haberse embebido de los clásicos como muestra y demuestra en este soberbio soneto.

Largo espectro de plata conmovida…

Largo espectro de plata conmovida

el viento de la noche suspirando,

abrió con mano gris mi vieja herida

y se alejó: yo estaba deseando.

Llaga de amor que me dará la vida

perpetua sangre y pura luz brotando.

Grieta en que Filomela enmudecida

tendrá bosque, dolor y nido blando.

¡Ay qué dulce rumor en mi cabeza!

Me tenderé junto a la flor sencilla

donde flota sin alma tu belleza.

Y el agua errante se pondrá amarilla,

mientras corre mi sangre en la maleza

mojada y olorosa de la orilla.

3. Al oído de una muchacha

Al oído de una muchacha. Es muy complicado crear tanta y tan sencilla belleza en tan pocos versos, solo siete.

No quise.

No quise decirte nada.

Vi en tus ojos

dos arbolitos locos.

De brisa, de risa y de oro.

Se meneaban.

No quise.

4. El poeta habla por teléfono con el amor

El poeta habla por teléfono con el amor. Por supuesto que Federico García Lorca fue una gran conocedor de las vanguardias, como queda claro en este título tan original. Pero en él, como en pocos, se cumple la frase clásica: «Lo que no es tradición, es plagio».

Tu voz regó la duna de mi pecho

en la dulce cabina de madera.

Por el sur de mis pies fue primavera

y al norte de mi frente flor de helecho.

Pino de luz por el espacio estrecho

cantó sin alborada y sementera

y mi llanto prendió por vez primera

coronas de esperanza por el techo.

Dulce y lejana voz por mí vertida.

Dulce y lejana voz por mí gustada.

Lejana y dulce voz amortecida.

Lejana como oscura corza herida.

Dulce como un sollozo en la nevada.

¡Lejana y dulce en tuétano metida!

5. Lucía Martínez

Lucía Martínez. Hay que ser un genio para llamar a un poema con tan sólo un nombre y un apellido. Y cantarle así, con el corazón henchido, a cualquier chica del pueblo.

Lucía Martínez.

Umbría de seda roja.

Tus muslos, como la tarde,

van de la luz a la sombra.

Los azabaches recónditos

oscurecen tus magnolias.

Aquí estoy, Lucía Martínez.

Vengo a consumir tu boca

y a arrastrarte del cabello

en madrugada de conchas.

Porque quiero y porque puedo.

Umbría de seda roja.

6. Oda a Walt Whitman

Por el East River y el Bronx

los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,

con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.

Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas

y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,

ninguno quería ser el río,

ninguno amaba las hojas grandes,

ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough

los muchachos luchaban con la industria,

y los judíos vendían al fauno del río

la rosa de la circuncisión

y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados

manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,

ninguno quería ser nube,

ninguno buscaba los helechos

ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga

las poleas rodarán para tumbar el cielo;

un límite de agujas cercará la memoria

y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,

Nueva York de alambres y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?

¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?

¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,

he dejado de ver tu barba llena de mariposas,

ni tus hombros de pana gastados por la luna,

ni tus muslos de Apolo virginal,

ni tu voz como una columna de ceniza;

anciano hermoso como la niebla

que gemías igual que un pájaro

con el sexo atravesado por una aguja,

enemigo del sátiro,

enemigo de la vid

y amante de los cuerpos bajo la burda tela.

Ni un solo momento, hermosura viril

que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,

soñabas ser un río y dormir como un río

con aquel camarada que pondría en tu pecho

un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,

hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,

porque por las azoteas,

agrupados en los bares,

saliendo en racimos de las alcantarillas,

temblando entre las piernas de los chauffeurs

o girando en las plataformas del ajenjo,

los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan

sobre tu barba luminosa y casta,

rubios del norte, negros de la arena,

muchedumbres de gritos y ademanes,

como gatos y como las serpientes,

los maricas, Walt Whitman, los maricas

turbios de lágrimas, carne para fusta,

bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos

apuntan a la orilla de tu sueño

cuando el amigo come tu manzana

con un leve sabor de gasolina

y el sol canta por los ombligos

de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,

ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,

ni la saliva helada,

ni las curvas heridas como panza de sapo

que llevan los maricas en coches y terrazas

mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,

toro y sueño que junte la rueda con el alga,

padre de tu agonía, camelia de tu muerte,

y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite

en la selva de sangre de la mañana próxima.

El cielo tiene playas donde evitar la vida

y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.

Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo

por vena de coral o celeste desnudo.

Mañana los amores serán rocas y el Tiempo

una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero,

ni contra los solitarios de los casinos

que beben con asco el agua de la prostitución,

ni contra los hombres de mirada verde

que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos

gotas de sucia muerte con amargo veneno.

Contra vosotros siempre,

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de la Habana,

Jotos de Méjico,

Sarasas de Cádiz,

Ápios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,

abiertos en las plazas con fiebre de abanico

o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno.

¡No haya cuartel! ¡Alerta!

Que los confundidos, los puros,

los clásicos, los señalados, los suplicantes

os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson

con la barba hacia el polo y las manos abiertas.

Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando

camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.

Duerme, no queda nada.

Una danza de muros agita las praderas

y América se anega de máquinas y llanto.

Quiero que el aire fuerte de la noche más honda

quite flores y letras del arco donde duermes

y un niño negro anuncie a los blancos del oro

la llegada del reino de la espiga.

Fuente y enlace a la publicación original:

http://www.abc.es/cultura/libros/abci-cinco-poemas-para-recordar-lorca-201806050304_noticia.html