EL LOBO ESTEPARIO

EL LOBO ESTEPARIO

Hermann Hesse

Sinopsis

INTRODUCCIÓN

Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario. No hay por qué examinar si su manuscrito requiere un prólogo introductor; a mí me es en todo caso una necesidad agregar a las hojas del lobo estepario algunas, en las que he de procurar estampar mi recuerdo de tal individuo. No es gran cosa lo que sé de él, y especialmente me han quedado desconocidos su pasado y su origen. Pero de su personalidad conservo una impresión fuerte, y como tengo que confesar, a pesar de todo, un recuerdo simpático.

El lobo estepario era un hombre de unos cincuenta años, que hace algunos fue a casa de mi tía buscando una habitación amueblada. Alquiló el cuarto del doblado y la pequeña alcoba contigua, volvió a los pocos días con dos baúles y un cajón grande de libros, y habitó en nuestra casa nueve o diez meses. Vivía muy tranquilamente y para sí, y a no ser por la situación vecina de nuestros dormitorios, que trajo consigo algún encuentro casual en la escalera o en el pasillo, no hubiésemos acaso llegado a conocernos, pues sociable no era este hombre, al contrario, era muy insociable, en una medida no observada por mí en nadie hasta entonces; era realmente, como él se llamaba a veces, un lobo estepario, un ser extraño, salvaje y sombrío, muy sombrío, de otro mundo que mi mundo. Yo no supe, en verdad, hasta que leí éstas sus anotaciones, en qué profundo aislamiento iba él llevando su vida a causa «de su predisposición y de su sino, y cuán conscientemente reconocía él mismo este aislamiento como su propia predestinación. Sin embargo, ya en cierto modo lo había conocido yo antes por algún ligero encuentro y algunas conversaciones, y el retrato que se deducía de sus anotaciones, era en el fondo coincidente con aquel otro, sin duda algo más pálido y defectuoso, que yo me había forjado por nuestro conocimiento personal.

Por casualidad estaba yo presente en el momento en que el lobo estepario entró por vez primera en nuestra casa y alquiló la habitación a mi tía. Llegó a mediodía, los platos estaban aún sobre la Mesa, y yo disponía de media hora antes de tener que volver a mi oficina. No he olvidado la impresión extraña y muy contradictoria que me produjo en el primer encuentro: Entró por la puerta cristalera, después de haber llamado a la campanilla, y la tía le preguntó en el corredor, medio a oscuras, lo que deseaba. Pero él, el lobo estepario, había levantado olfateaste su cabeza afilada y rapada, y, oliendo con su nariz nerviosa en derredor, exclamó, antes de contestar ni de decir su nombre: “¡Oh!, aquí huele bien.” Y al decir esto, sonreía, y mi tía sonreía también, pero a mí se me antojaron más bien cómicas estas palabras de saludo y tuve algo contra él.

—Bien —dijo—; vengo por la habitación que alquila usted

Sólo cuando los tres subimos la escalera hasta el doblado, pude observar más exactamente al hombre. No era muy alto, pero tenía los andares y la posición de cabeza de los hombres corpulentos, llevaba un abrigo de invierno, moderno y cómodo, y, por lo demás, vestía decentemente, pero con descuido, estaba afeitado y llevaba muy corto el cabello, que acá y allá empezaba a adquirir tonalidades grises. Sus andares no me gustaron nada en un principio; tenía algo de penoso e indeciso, que no armonizaba con su perfil agudo y fuerte, ni con el tono y temperamento de su conversación. Sólo más adelante observé y supe que estaba enfermo y que le molestaba andar. Con una sonrisa especial, que entonces también me resultó desagradable, pasó revista a la escalera, a las paredes y ventanas, y a las altas alacenas en el hueco de la escalera; todo ello parecía gustarle y, sin embargo, al mismo tiempo le parecía en cierto modo ridículo. En general, todo el individuo daba la impresión como si llegara a nosotros de un mundo extraño, por ejemplo de países ultramarinos, y encontrara aquí todo muy bonito, sí, pero un tanto cómico. Era, como no puedo menos de decir, cortés, hasta agradable, estuvo en seguida conforme y si objeción alguna con la casa, la habitación y el precio por el alquiler y el desayuno, y, sin embargo, en torno de toda su persona había como una atmósfera extraña y, al parecer, no buena y hostil. Alquiló la habitación, alquiló también la alcoba contigua, se enteró de todo lo concerniente a calefacción, agua, servicio y orden doméstico, escuchó todo atenta y amablemente, estuvo conforme con todo, ofreció en el acto una señal por el precio del alquiler, y, sin embargo, parecía que todo ello no le satisfacía por completo, se hallaba a sí propio ridículo en todo aquel trato y como si no lo tomara en serio, como si le fuera extraño y nuevo alquilar un cuarto y hablar en cristiano con las personas, cuando él estaba ocupado en el fondo en cosas por completo diferentes. Algo así fue mi impresión, y ella hubiera sido desde luego muy mala, a no estar entrecruzada y corregida por toda clase de pequeños rasgos. Ante todo era la cara del individuo lo que primero me agradó. Me gustaba, a pesar de aquella impresión de extrañeza. Era una cara quizá algo particular y hasta triste, pero despierta, muy inteligente y espiritual y con las huellas de profundas cavilaciones. Y a esto se agregaba, para disponerme más a la reconciliación, que su clase de cortesía y amabilidad, aun cuando parecía que le costaba un poco de trabajo, estaba exenta de orgullo, al contrario, había en ello algo casi emotivo, algo como suplicante, cuya explicación encontré más tarde, pero que desde el primer momento me previno un tanto en su favor.

Antes de acabar la inspección de las dos habitaciones y de cerrar el trato, había transcurrido ya el tiempo que yo tenía libre y hube de marcharme a mi despacho. Me despedí y lo dejé con mi tía. Cuando volví por la noche, me contó ésta que el forastero se había quedado con las habitaciones y que uno de aquellos días habría de mudarse, que le habla pedido no dar cuenta de su llegada a la Policía, porque a él, hombre enfermizo, le eran insoportables estas formalidades y el andar de acá para allá en las oficinas de la Policía, con las molestias correspondientes. Aún recuerdo exactamente cómo esto me sorprendió y cómo previne a mi tía de que no debía pasar por esta condición.

Precisamente a lo poco simpático y extraño que tenía el individuo, me pareció que se acomodaba demasiado bien este temor a la Policía, para no ser sospechoso. Expuse a mi tía que no debía acceder de ningún modo y sin más ni más a esta rara pretensión de un hombre totalmente desconocido, cuyo cumplimiento podía tener para ella acaso consecuencias muy desagradables. Pero entonces supe que mi tía le había prometido ya el cumplimiento de su deseo y que ella en suma se habla dejado fascinar y encantar por el forastero; ella no había tomado nunca inquilinos, con los que no hubiera podido establecer una relación amable y cordial, familiar, o mejor dicho, como de madre, de lo cual también habían sabido sacar abundante partido algunos arrendatarios anteriores. Y en las primeras semanas todo continuó así, teniendo yo que objetar más de cuatro cosas al nuevo inquilino, mientras que mi tía lo defendía en todo momento con calor.

Como este asunto de la falta de aviso a la Policía no me gustaba, quise por lo menos enterarme de lo que mi tía supiera del forastero, de su procedencia y de sus planes. Y ella ya sabía no pocas cosas, aunque él, después de irme yo a mediodía, sólo había permanecido en la casa muy poco tiempo. Le había dicho que pensaba pasar algunos meses en nuestra dudad, para estudiar en las bibliotecas y admirar las antigüedades de la población. En realidad, no le gustó a mi tía que alquilase el cuarto sólo por tan poco tiempo, pero evidentemente él la había ganado para sí, a pesar de su aspecto un tanto extraño. En resumen, el departamento estaba alquilado, y mis objeciones llegaran demasiado tarde.

—¿Por qué dijo que olía aquí tan bien? —pregunté.

A esto me contestó mi tía, que algunas veces tiene muy buenas ideas:

—Me lo figuro perfectamente.

En nuestra casa huele a limpieza y orden, a una vida agradable y honrada, y eso le ha gustado. Parece como si ya hubiese perdido la costumbre y lo echara de menos.

—Bien —pensé—: a mí no me importa. Pero —dije— si no está acostumbrado a una vida ordenada y decente, ¿cómo vamos a arreglarnos? ¿Qué vas a hacer tú si es sucio y lo mancha todo, o si vuelve a casa borracho todas las noches?

—Ya lo veremos—dijo ella riendo, y yo lo dejé estar.

Y en efecto, mis temores eran infundados. El inquilino, si bien no llevaba en modo alguno una vida ordenada y razonable, no nos incomodó ni nos perjudicó, aún hoy nos acordamos de él con gusto. Pero en el fondo, en el alma, aquel hombre nos ha molestado y nos ha inquietado mucho a los dos, a mi tía y a mí, y dicho claramente, aún no me deja en paz De noche sueño a veces con él, y en el fondo me siento alterado e inquieto por su causa, por la mero existencia de un ser así, aun cuando llegué a tomarle verdadero afecto.**

Un carrero trajo dos días después las cosas del forastero, cuyo nombre era Harry Haller, Un baúl muy hermoso de piel me hizo una buena impresión, y otro gran baúl aplastado, de camarote, hacía pensar en largos viajes anteriores, por lo menos tenia pegadas etiquetas amarillentas de hoteles y sociedades de transporte de diversos países, hasta transoceánicos

Después llegó él mismo, y empezó la época en que yo conocí poco a poco a este hombre singular. En un principio no hice nada por mi parte para ello. Aun cuando Haller me interesó desde el primer momento en que lo vi, no di durante las primeras semanas paso alguno para encontrarlo o trabar conversación con él. En cambio, y esto tengo que confesarlo, es verdad que desde un principio observé un poco al individuo; a veces durante su ausencia entré en su cuarto, y por natural curiosidad, me dediqué al espionaje.

Ya he consignado algunos detalles del aspecto exterior del lobo estepario. A primera vista daba, desde luego, la impresión de un hombre superior, nada vulgar y de extraordinario talento; su rostro, lleno de espiritualidad, y el juego extremadamente delicado e inquieto de sus rasgos reflejaban una vida anímica interesante, excesivamente agitada, enormemente delicada y sensible. Cuando se hablaba con él y él—lo que no siempre sucedía—traspasaba los límites de lo convencional y, dejándose llevar de su singular naturaleza, decía palabras personales y propias, entonces uno de nosotros no tenía más remedio que subordinársele, él había pensado más que otros hombres, poseía en asuntos del espíritu aquella serena objetividad, aquella segura reflexividad y sabiduría que sólo tienen las personas verdaderamente espirituales, a las que falta toda ambición y nunca desean brillar, ni convencer a los demás, ni siquiera tener razón.

De la última época de su estancia aquí recuerdo una expresión en ese sentido, que ni siquiera llegó a pronunciar, pues consistió simplemente en una mirada. Había por entonces anunciado una conferencia en el salón de fiestas un célebre filósofo de la Historia y crítico cultural, un hombre de fama europea, y yo había logrado convencer al lobo estepario, que en un principio no, tenía gana ninguna, de que fuera a la conferencia. Fuimos juntos y estuvimos sentados el uno al lado del otro. Cuando el orador subió a la tribuna y empezó su discurso, defraudó, por la manera presumida y frívola de su aspecto, a más de cuatro oyentes, que se lo habían figurado como una especie de profeta. Cuando empezó a hablar, diciendo al auditorio algunas lisonjas y agradeciéndole que hubiese acudido en tan gran número, entonces me echó el lobo estepario una mirada instantánea, una mirada de crítica de aquellas palabras y de toda la persona del orador, ¡oh, una mirada inolvidable y terrible, sobre cuya significación podría escribirse un libro entero! La mirada no sólo criticaba a aquel orador y pulverizaba al hombre célebre con su irresistible ironía; eso era en ella lo de menos. La mirada era mucho más triste que irónica, era insondable y amargamente triste; su contenido era una desesperanza callada, en cierto modo irremediable y definitiva, y en cierto modo también convertida ya en forma y en hábito. Con su desolado resplandor iluminaba no sólo la persona del envanecido conferenciante y ridiculizaba y ponía en evidencia la situación del momento, la expectativa. y la disposición del público y el título un tanto pretensioso del discurso anunciado —no, la mirada del lobo estepario atravesaba penetrante todo el mundo de nuestro tiempo, toda la fiebre de actividad y el afán de arrivismo, la vanidad entera y todo el juego superficial de un espiritualismo fementido y sin fondo—. ¡Ay!, y por desgracia la mirada profundizaba aún más; llegaba no sólo a los defectos y a las desesperanzas de nuestro tiempo, de nuestra espiritualidad y de nuestra cultura: llegaba hasta el corazón de toda la humanidad, expresaba elocuentemente en un solo segundo la duda entero de un pensador, de un sabio quizá, en la dignidad y en el sentido general de la vida humana.

Aquella mirada decía: “¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!” Y toda celebridad; toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos…

Con esto me he anticipado demasiado y, contra mi propósito y mi deseo realmente, he dicho en el fondo ya lo esencial sobre Hallar, cuando en un principio fue mi idea sólo ir descubriendo poco a poco su imagen, a medida que refería mi paulatino conocimiento con él.

Ya que me he adelantado de este modo, es preciso seguir hablando de la enigmática “extravagancia” de Haller y dar cuenta en detalle de cómo yo presentí y llegué poco a poco a conocer los fundamentos y la significación de esta extravagancia, de este extraordinario y terrible aislamiento. Así es mejor, pues quisiera dejar a mi propia persona todo lo más posible en segundo término. No quiero publicar mis confesiones, ni contar novelas o entregarme a la sicología, sino sencillamente contribuir como testigo presencial con algún detalle al retrato del hombre singular que dejó estos manuscritos del lobo estepario.

Al verlo ya por primera vez, cuando entró por la puerta vidriera de la casa de mi tía con la cabeza levantada como los pájaros y alabando el buen olor de la casa, me llamó en cierto modo la atención lo típico de este hombre, y mi primera e ingenua reacción contra ello fue de aversión. Me daba cuenta (y mi tía, que, en contraposición a mí, no es en absoluto una intelectual, notaba exactamente lo mismo), me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo, de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter, y me defendía contra él con el instinto del hombre sano. Esta repulsa fue sustituida en el transcurso del tiempo por simpatía, que tenía por base una gran compasión hacia este grave y perpetuo paciente, de cuyo aislamiento y de cuya muerte interna yo era testigo presencial. En este periodo fui teniendo conciencia cada vez más clara de que la enfermedad de este hombre no dependía de defectos de su naturaleza, sino, por el contrario, únicamente de la gran abundancia de sus dotes y facultades disarmónicas. Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento, que él, en el sentido de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí propio, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones y de personas, nunca se excluía a sí, siempre era él mismo el primero contra quien dirigía sus flechas, era él mismo el primero a quien odiaba y negaba…

Aquí tengo que intercalar una observación sicológica. A pesar de que sé muy poco acerca de la vida del lobo estepario, tengo, sin embargo, gran fundamento para creer que fue educado por padres y maestros amantes, pero severos y muy religiosos, en aquel sentido que hace del “quebranto de la voluntad” la base de la educación. Ahora bien, esta destrucción de la personalidad y quebranto de la voluntad no dieron resultado en este discípulo; para ello era él demasiado fuerte y duro, demasiado altivo y espiritual. En lugar de destruir su personalidad, sólo se consiguió enseñarlo a odiarse a sí mismo. Contra sí, contra este objeto inocente y noble, dirigió ya toda su vida el Tenia entero de su fantasía, la fuerza toda de su capacidad de pensamiento. Pues en esto, y a pesar de todo, tenía un sentido eminentemente cristiano y de mártir, ya que toda causticidad, toda crítica, toda malicia y odio de que era capaz los desataba ante todo, y en primer término, contra su propia persona. Por lo que se refería a los demás, a cuantos lo rodeaban, no dejaba de hacer constantemente los intentos más heroicos y serios para quererlos, para hacerles justicia, para no causarles daño, pues el “ama a tu prójimo” lo tenía tan hondamente inculcado como el odio a sí mismo. Y de este modo, fue toda su vida una prueba de que sin amor de la propia persona es también imposible el amor al prójimo, de que el odio de uno mismo es exactamente igual, y en fin de cuentas produce el mismo horrible aislamiento y la misma desesperación, que el egoísmo más rabioso.
Pero ya es hora de que deje a un lado mis ideas y hable de realidades. Lo primero, pues, que logré saber del señor Haller, en parte por mi propio espionaje, en parte debido a observaciones de mi tía, se refería a su manera de vivir. Que era un hombre de ideas y de libros y que no ejercía ninguna profesión práctica, se echaba pronto de ver. Estaba en la cama mucho tiempo; a veces se levantaba poco antes de mediodía, y tal y como estaba, con su traje de dormir, salvaba los pocos pasos desde la alcoba al gabinete. Este gabinete, un sotabanco grande y amable, con dos ventanas, tenía ya a los pocos días un aspecto completamente diferente a la época en que había estado habitado por otros inquilinos. Se iba llenando de multitud de cosas, y con el tiempo se llenaba cada vez más. En las paredes aparecían cuadros colgados, o dibujos clavados, a veces imágenes recortadas de revistas, que cambiaban con frecuencia. Un paisaje meridional, fotografías de una pequeña ciudad campesina de Alemania, evidentemente el pueblo natal de Haller, pendían allí, y entre ellas brillantes acuarelas de colores, de las cuales no supimos hasta más tarde él mismo las había pintado. Luego el retrato de una señora joven y guapa, o el de una jovencita. Durante una temporada estuvo colgado en la pared un buda siamés, fue sustituido por una reproducción de la Noche, de Miguel Ángel; luego, por un retrato del mahatma Gandhi. Los libros no sólo llenaban el gran armario—librería, sino que estaban por todas partes, sobre las mesas, en el elegante escritorio antiguo, en el diván, sobre las sillas, en el suelo, libros con señales de papel entre sus hojas, que continuamente iban cambiando. Los libros aumentaban de día en día, pues no sólo se traía grandes cantidades de las bibliotecas, sino que recibía con mucha frecuencia paquetes por correo. El hombre que habitaba este cuarto podía ser un erudito. Con ello venía bien el humo de tabaco que todo lo envolvía, y las puntas de cigarros y los ceniceros que se veían por doquier. Una gran parte de los libros no era, sin embargo, de contenido científico. La inmensa mayoría eran obras de los poetas de todos los tiempos y países. Una temporada estuvieron sobre el diván, donde él pasaba a menudo acostado días enteros, los seis gruesos tomos de una obra titulada Viaje de Sofía, de Memel a Sajonia, de fines del siglo XVIII. Una edición completa de Goethe y otra de Jean Paul eran al parecer muy usadas, lo mismo Novalis, y también Lessing, Jacobi y Lichtenberg. Algunos tomos de Dostoiewski estaban llenos de papeles cuajados de notas. En la mesa grande, entre los numerosos libros y escritas, había con frecuencia un ramo de flores; allí solía hallarse también una caja de pinturas, la cual, sin embargo, estaba siempre llena de polvo; al lado, los ceniceros, y, para no dejar de decirlo tampoco, toda clase de botellas y de bebidas. Había una botella recubierta de una funda de paja, llena generalmente de vino tinto italiano, que él se procuraba en una tienda de la vecindad; a veces se veía también una botella de Borgoña, así como otra de Málaga, y una gruesa botella de kirsch vi vaciarse casi por completo en muy poco tiempo, desaparecer luego en un rincón de la habitación y cubrirse de polvo, sin que el resto del contenido siguiera mermando. No he de justificarme del espionaje a que me dedicaba, y he de confesar también abiertamente que en los primeros tiempos todos estos signos de una vida, aunque llena de inquietudes espirituales, pero muy desordenada y sin freno, me produjeron aversión y desconfianza. No soy sólo un hombre burgués y de vida regular; soy además abstemio y no fumador, y aquellas botellas en el cuarto de Haller me gustaban aún menos que todo el pintoresco desorden restante.

Lo mismo que con el sueño y el trabajo, vivía el forastero también de una manera muy desigual y caprichosa por lo que se refiere a las comidas y bebidas. Muchos días ni siquiera salía a la calle y, fuera del desayuno, no tomaba absolutamente nada; con frecuencia encontraba mi tía como único resto de su comida una corteza de plátano en el suelo. Pero otros días comía en restaurantes, unas veces en buenos y elegantes, otras en pequeñas tabernas de los suburbios. Su salud no debía ser buena; aparte de la dificultad en las piernas, con las que a veces le costaba gran trabajo subir la escalera, parecía sufrir algunos otros achaques, y una vez dijo de pasada que ya desde hacía años ni digería ni dormía bien. Yo lo achacaba principalmente a su bebida. Más adelante, cuando alguna vez lo acompañé a alguno de sus cafetines, fui testigo a menudo de cómo ingería los vinos de prisa y caprichosamente; pero verdaderamente borracho no llegué a verlo jamás, ni nadie tampoco lo ha visto.

Nunca olvidará nuestro primer encuentro personal. No nos conocíamos más que como suelen conocerse vecinos de cuarto en una casa de alquiler. Una tarde volvía yo a casa de mi trabajo y encontré, para mi asombro, al señor Haller sentado en el descansillo de la escalera, entre el primero y el segundo pisos. Se había sentado en el último escalón y se hizo un poco a un lado para dejarme pasar. Le pregunté si se había puesto malo, y me ofrecí a acompañarlo hasta arriba del todo.

Haller me miró, y hube de observar que lo había despertado de una especie de estado letárgico. Lentamente empezó a sonreír, esa su sonrisa bella y lastimosa, con la que me ha atormentado tantas veces; luego me invitó a sentarme a su lado. Le di las gracias y dije que no tenía costumbre de sentarme en la escalera, ante la vivienda de los demás.

—Es verdad —dijo, y sonrió más—; tiene usted razón. Pero espere todavía un momento; no quiero dejar de enseñarle por qué he tenido que quedarme sentado aquí un poco.

Y diciendo esto señalaba al espacio delante del cuarto del primer piso, donde vivía una viuda. En el pequeño espacio con el suelo de parquet, entre la escalera, la ventana y la puerta de cristales, había adosado a la pared un gran armario de caoba, con viejas aplicaciones de metal, y delante del armario, en el suelo, sobre dos pequeños soportes, habla dos plantas en grandes macetas, una azalea 5 una araucaria. Las plantas hacían bonitas y estaban siempre muy limpias y magníficamente cuidadas; esto ya me había llamado a mí la atención agradablemente.

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Los mamíferos que sorprendieron a Darwin finalmente encuentran un hogar

Los mamíferos que sorprendieron a Darwin finalmente encuentran un hogar

Por 11 de julio de 2017.

 Los fósiles de “Macrauchenia patachonica”, como se ilustran en la reconstrucción de este artista, desconcertaron a Darwin. Estos extraños mamíferos desaparecieron hace casi 12.000 años. CreditJorge Blanco.

Enlace a la publicación original del New York Times: https://www.nytimes.com/es/2017/07/11/mamiferos-darwin-macrauchenia-macrauquenia/?mc=adglobal&mcid=facebook&mccr=ES&subid=LALs&subid1=TAFI 

Se parecía a muchos animales distintos y, al mismo tiempo, no lucía como ningún otro.

De lejos, se podría pensar que era un camello grande y sin joroba. Las piernas altas y robustas que terminaban en pies de rinoceronte soportaban un peso corporal similar al de un auto pequeño. Su cuello se estiraba como el de una jirafa antes de dar paso a una cara parecida a la de un antílope Saiga tatarica. De esta cara se extendía una protuberancia carnosa, similar a la nariz de un tapir o la trompa de un elefante miniatura.

Cuando Charles Darwin encontró por primera vez sus fósiles en el sur de la Patagonia durante su viaje en el Beagle, quedó desconcertado. Envió especímenes a Richard Owen, un paleontólogo inglés, quien supuso que el animal era una bestia gigantesca, parecida a una llama, y le puso por nombre macrauquenia, que significa llama grande.

Desde entonces, muchos investigadores han intentado fijar la ubicación de los macrauquenias en el árbol de la vida. Sus especulaciones han diferido muchísimo, pues han agrupado a estas bestias extintas con animales tan variados como los elefantes y los cerdos hormigueros o los camellos y los hipopótamos.

Ahora, 180 años después del descubrimiento de Darwin, los científicos han confirmado que los macrauquenias eran parientes lejanos de los caballos, rinocerontes y tapires, miembros de un grupo conocido como perisodáctilos, o Perissodactyla. En un estudio publicado recientemente en Nature Communications, los investigadores calcularon que los macrauquenias divergieron de los Perissodactylahace 56 a 78 millones de años.

Un grupo que “básicamente no tenía hogar ya encontró su espacio”, dijo Michael Hofreiter, profesor de Ciencias Genómicas de la Universidad de Postdam en Alemania y autor del estudio.

Los macrauquenias eran herbívoros que vagaban por los espacios abiertos y cubiertos de hierba de toda América del Sur antes de desaparecer junto con otras especies de megafauna al final de la última era de hielo, hace casi 12.000 años. A lo largo de los años, paleontólogos y excavadores han encontrado un buen número de fósiles de macrauquenia, pero el estudio de huesos y dientes ha sido engañoso porque los animales tenían una mezcla de rasgos, dijo Ross MacPhee, curador del American Museum of Natural History de Manhattan, otro de los autores del estudio.

Para tener un mejor entendimiento, Hofreiter, MacPhee y sus colegas recurrieron al ADN. El equipo logró encontrar un hueso de dedo del pie que estaba en una cueva en el sur de Chile y tenía suficiente ADN de macrauquenia para poder realizar estudios.

Para reconstruir secuencias de ADN antiguo, los científicos suelen utilizar como andamio el genoma de un pariente vivo y estrechamente relacionado. Pero los macrauquenias no tienen parientes vivos cercanos.

En vez de eso, los investigadores compararon alrededor de 20.000 fragmentos de ADN mitocondrial obtenido de su muestra ósea con los genomas mitocondriales de caballos, rinocerontes, tapires y llamas salvajes.

Hofreiter comparó el proceso con armar un rompecabezas en estas condiciones: no cuentas con la imagen final que se está construyendo, pero tienes varias imágenes que son algo similares para ayudarte a colocar las piezas en su lugar.

Los investigadores reconstruyeron alrededor del 80 por ciento del genoma mitocondrial de los macrauquenias. Hasta ahora, dijo Hofreiter, “nadie había reconstruido una secuencia de ADN antigua en la que el pariente más cercano fuera tan lejano”.

Al comparar este mitogenoma con los de muchos mamíferos, su equipo pudo ubicar a los macrauquenias como hermanos de los Perissodactylaen el árbol evolutivo. Los nuevos hallazgos confirmaron los de un estudio de 2015, en el que un grupo de científicos (incluyendo a Hofreiter y a MacPhee) estudiaron a los macrauquenias a través de proteínas antiguas.

El hecho de que “dos enfoques totalmente diferentes concluyeran lo mismo es muy convincente”, dijo Matthew Collins, un bioarqueólogo de la Universidad de York en el Reino Unido. Collins, uno de los autores del estudio de 2015, no participó en la investigación actual.

En el futuro, conforme las herramientas para estudiar el ADN antiguo sigan mejorando, los científicos podrán desbloquear las secuencias genéticas de más especies extintas que habitaban en climas cálidos, donde el ADN se degrada rápidamente, dijo MacPhee.

“Eso marcará una gran diferencia en la manera en que entendemos el pasado”, dijo.

Dulce Optimismo — antoniadis 9

   

Dulce Optimismo  21 de Jun. de 2017

Afronté aquella visita con un espíritu impregnado de dulce optimismo. Tras muchas conversaciones telemáticas, muchos likes, muchas fotografías con mensaje, muchas poesías dedicadas sotto voce, alguno de los dos dio el primer paso.

“¿Porqué no quedamos a tomar un café algún día?” “Por supuesto, cuando quieras”

Dos años después de ese intento de cita, me sorprendió enormemente que ella diera el primer paso para vernos. Me refiero a que propuso día, hora, alternativa de lugar y, como último mensaje, que si no acudía a verla, lo mejor que podría hacer es no volver a proponerlo nunca. Lo entendí como una de esas situaciones de la vida tipo on/off, aquellas en las que solo caben dos alternativas, te arriesgas al ridículo, a que ella piense que física o intelectualmente estés por debajo del nivel esperado, a los silencios incómodos, a las repeticiones de las conversaciones en las redes, a que tu sentido del humor pierda agudeza in situ. En suma, a que una relación que se sostiene francamente bien en la distancia, se desmorone en unos pocos minutos.

Pensaba en ello mientras que contestaba afirmativamente a su propuesta. Y el motor principal, la razón esencial para aceptar, es que ella se arriesgaba a lo mismo y aún así había aceptado el riesgo. Luego supe que el riesgo no era tal.

Ella había propuesto un escenario muy particular para nuestro primer encuentro. Un lugar público, desde luego, pero enormemente representativo y singular: La Plaza de Zocodover, en el centro histórico de Toledo, donde el acceso en automóvil es poco menos que imposible, salvo que tu vehículo disponga de ADN o lubricante toledano. Eso garantizaba varias cosas. En primer lugar, debía recorrer unos cuantos kilómetros hasta la ciudad, lo que corroboraría mi supuesto interés en la cita. En segundo lugar, debía ascender hasta la Plaza, situada en la parte alta de la ciudad, lo que aseguraba que el interés era de cierta magnitud.

Me causó cierto grado de extrañeza el resto de los requisitos. Que ella aparecería más tarde, me pareció aceptable pero injusto. Que yo dejase una poesía en una de las mesas del bar entre las servilletas, tal como si se escondiese la llave del tesoro, me pareció simpático a secas. Que llevase una rosa roja entre las páginas de un libro singular, me pareció que rayaba el exotismo.

Yo contraataqué con las mías. Debía llevar puesto aquel bombín que me pareció tan gracioso en su foto de perfil del blog. Debía encadenarse a la pata de la mesa con unas esposas adquiridas en uno de esos extraordinarios locales donde uno encuentra lo que de verdad desea, y no me refiero a una pastelería. También solicité que llevase unas gafas negras de pasta, pero por incordiar, fundamentalmente.

Toledo_-_Placa_de_Zocodover_-_panoramio

Enseguida comprendí porqué había elegido la Plaza de Zocodover. Porque se llega absolutamente exhausto, y con escasa capacidad de respuesta para casi cualquier cosa. Había decidido debilitarme para luego vaya usted a saber qué tendría pensado. Empecé a pensar que mi anfitriona era una especie de maléfica devoradora de incautos blogueros, pero el cansancio y el paisaje me llevaron en volandas a una de las terrazas que formaban parte consustancial del entorno. Solicité café y oxígeno. solo obtuve lo primero. Oteé el singular escenario. Sonreí. No se parecía a un circo romano, desde luego, lo que me tranquilizaba en cierto modo. De hecho, no podría haber sido elegida de forma más simbólica. Tanto los romanos como los árabes utilizaban la explanada de la Plaza como una especie de “tierra de nadie” previa al acceso a la ciudad amurallada. Profético, sin duda.

Repasé las condiciones. La rosa roja la obtuve fácilmente, estaba en un pequeño vaso encima de la mesa, a modo de centro floral. Poesía. No llevaba a mano ninguna, habría que redactarla sobre la marcha.

“Y si estuvieras escondida entre las juntas del empedrado

Esperando mi presencia para reírte con mis torpes pasos

Yo, resbalando en cada una de las losas de la plaza

Tú, riéndote en la sombra, con la ternura de una amante”

Dejé escrito este pequeño poema, insertado al azar entre el pequeño bloque de servilletas, pagué mi consumición y paseé por la Plaza. Todo dependía de ella.

El recorrido por la Plaza, sazonado por unas gotas de nerviosismo indisimulado, me permitió admirarla en su plenitud. La sensación de confort, familiaridad y quietud presidían el paseo, aunque flotaba en el ambiente una especie de aroma a batalla, a guerrero, a carromatos y tiendas de nómadas, artesanos, agricultores, que se acercasen buscando protección y comercio. La Plaza , de forma mágicamente triangular estaba abierta al mundo, pero desde una especie de balcón, exactamente como el balcón de un ático, con la dosis exacta de habitabilidad y dejadez como para que se percibiese acogedora y lujosa simultáneamente. Los hombres, las mujeres, los escasos niños de esa hora del mediodía, circulaban de modo sosegado, tranquilos en su quehacer, atravesando la plaza sin prisa, debatiendo los principales acontecimientos de la actualidad o riendo de forma coral con los vecinos de siempre. Los bares presentaban un grado de ocupación razonable, y las terrazas de los mismos, aforo completo. Muchas veces pensamos que la felicidad no tiene precio, y yo digo que en ese momento la felicidad se cotizaba a 1,50€ la media hora, el tiempo en el que podías tomarte un café al ritmo justo, el que te permitía degustarlo sin que te echasen de la terraza por acaparador.

250px-Alcázar_de_Toledo_-_01 Me dirigí hacia el vértice sur, el  más próximo al majestuoso Alcázar, escenario de tantas y tantas historias de heroísmo y crueldad a partes iguales. Pensé en salir de la Plaza para admirarlo, cuando me llamó la atención un reflejo plateado procedente de la pata de la mesa de terraza donde había disfrutado de mi primer café, del escenario de nuestro encuentro, que a esas horas ya empezaba a parecerme hipotético más que real.

Presidiendo el reflejo, me pareció vislumbrar una especie de figura achatada. El bombín. No pude determinar con más detalle qué había entre el bombín y el reflejo, por lo que se veía muy conveniente acercarse. Ella tenía la ventaja del dominio de los tiempos, y yo tenía la ventaja de poder salir corriendo. Estábamos casi empatados, salvo que ella no estaba atada a las esposas, solo las había colocado para satisfacer mi condición del encuentro, pero sin obstáculos para levantarse, darme un bofetón o cualquiera de las cosas que pudiera suceder en ese tipo de encuentros, en los que yo era absolutamente novato. No la culpaba. El grado de compromiso adquirido con la colocación de ese juguetito, podría haber resultado excesivo para un primer encuentro.

Me dirigí hacia el reflejo, hacia ella. Ya estaba allí, no podía volver atrás. Me obligué a mantener los ojos fijos en el horizonte. Me parecía de muy mala educación desviarlos hacia determinados sectores anatómicos; Además podría ser muy mal interpretado. De cuando en cuando los bajaba al empedrado para no acabar en Urgencias Traumatológicas. El punto de inflexión se presentó a unas pocas decenas de metros. A partir de allí, no pude despegar los ojos de su mirada. No exactamente porque tuviese los ojos bonitos, que los tenía, sino porque transmitía la combinación de sensaciones que, a priori, permitían esperar que aquella descabellada cita pudiese transformarse en un evento vital destacado.

Percibí en su mirada timidez, ansiedad, cariño, confort, esperanza, sosiego. Percibí colores, tonalidades y texturas. Percibí deseo contenido, romanticismo incurable, llanto cronificado. Percibí amor por la vida. El impacto de la luz en aquellos ojos color azabache transformaba la realidad como el papel fotográfico, incorporando pequeños pedazos irrefrenables de nosotros mismos. Es difícil engañar al fotógrafo experto. Es difícil mentir a una mujer ilusionada. Por ello, al poner rumbo hacia el faro de sus ojos, imploré al cielo que los míos transmitieran todas las tonalidades de las convulsiones que estaba provocando en mi alma, imploré a los hados, a los dioses, a los lares, a los ángeles y arcángeles, que no me abandonasen en ese crítico momento, que me arrepentía de todas las ocasiones en las que maldije la vida, en las que cínicamente criticaba el acervo de mi existencia, incluso aquellas en las que predije el peor de los futuros para el mío. Solo anhelaba transmitirle en mi mirar el enorme impacto que había causado en mi vida, con sólo atravesar las graníticas losetas dela Plaza Zocodover.

(continuará)

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Dulce Optimismo (IV)

1 de Jul. de 2017
Porque de lo acontecido a posteriori, ni al Tajo hago responsable, aunque puso el marco para el lienzo, aunque puso el influjo eéreo, aunque, como moderno celestino, pocas opciones dejó. Solo ella, solo yo, solo nosotros, fuimos responsables. En mi caso, por ingenuo, o por osado. Por no hacer caso de las señales. En el suyo por acción, porque me deseó y no pudo refrenarse, aunque nadie mejor que ella conocía sus mochilas, sus cadenas, sus condenas.  Y, a pesar de eso, me quiso.

Dulce Optimismo (y V)

Creo que dejé sin acariciar medio centímetro de su cuerpo. No de su cabello, ni de sus rizos, ni de esas pestañas desafiantes, a esos párpados acompañados de las más finas arrugas que pudieran dibujarse. No fue su mejilla, ni sus pómulos, ni su cuello, porque en esas zonas fui cuidadosamente preciso. Quizá quedó ese medio centímetro en las curvas de sus rodillas, aunque lo dudo, porque exploré esas y todas las curvas, muy cuidadosamente. Acaricié sus pechos, areolas y pezones como si no hubiera un mañana. Recorrí sus glúteos sus caderas, su monte de venus. Ahora que lo pienso, ese medio centímetro quizás debí dejarlo para la siguiente ocasión. Ahora sé que no habrá próxima vez, pero en aquel entonces no podía saberlo.

Dos años después de ese intento de cita, me […]

a través de Dulce Optimismo — antoniadis 9

¡Augurio!! 🤗💑🎈💐🌺🌷🌹🌸💗💓❤️💖💝😍😘😘😘

 Pilar Astray Chacón

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Se alza un viento que mece las palabras

cada vez que te nombro

amurallándose el mar en mil matices

sobre las barandillas del recuerdo

Cada vez que te nombro

cada beso que en sueño me has dejado

difumina el contorno de mis lagos

iluminando mis noches

Presagio de soles sobre mi cintura

tejiéndote las alas

que has de vestir en este encuentro

Qué es poesía (extracto y video)

Meteoritos

Poesía, fuego, piedra.

viernes, 7 de julio de 2017.

Hola buenas tardes, hoy les comparto con mucho gusto un poema maravilloso que estoy seguro les va a encantar; meditando sobre el mensaje implícito me complace comprobar que va ganando terreno la lírica en las conversaciones cotidianas; la poesía desplazando a la no poesía en el foro de los debates existenciales de todos los días repartiendo espléndidamente felicidad y alegría en los corazones de ponentes, escuchas y lectores…Gracias!!!  Jesús Torres Navarro.

http://joseicaria.blogspot.mx/2017/07/que-es-poesia-extracto.html 

José Icarara

“Para acabar de una vez por todas con el falso debate entre la poesía y la no poesía…7 diferencias”

Qué es poesía (extracto)

La verdadera poesía es de un blanco puro, decididamente sobreexpuesto o, por el contrario, dramáticamente oscura, tirando a negro. Podría ser monocroma, o ajustada a una gama más o menos amplia de colores. Y, por qué no, una rutilante feria de neón, contra el cielo azul tungsteno de la noche.

La no poesía es incolora. O de tonos pastel.

La verdadera poesía sabe a pan caliente ‒recién horneado– con aceite, a vino blanco, a orujo, al chocolate con churros de la infancia, la poesía sabe -¿lo recuerdas?- como el primer beso.

La no poesía es insabora. O sabe a palomitas de Cinemas Yelmo.

La verdadera poesía suena como el canto de los pájaros, tras la lluvia, como su risa, como su voz, como el dodecafónico ensayo de los miembros de la orquesta, justo antes del concierto. Como el silencio de Miles Davis, mientras imagina la música en su cabeza.

La no poesía es monocorde. O un éxito de Radio Kiss Fm.

La poesía huele como el campo en primavera, como el cuero nuevo o el café recién hecho, como el interior de un solitario ascensor impregnado de un perfume igual que el suyo, y te sientes sin fuerzas para oprimir ningún botón…Pero, de repente, los presionas todos, decidido a pasar (mientras se cierran las puertas) la postrera noche juntos.

La no poesía es inodora. O huele a pelusilla del ombligo de una infanta.

La verdadera poesía tiene siempre los senos y el culo alto, posee la sabiduría de los dedos que distinguen un melón maduro [magreándolo en la base, la poesía eriza inopinadamente la piel, como un demorado beso en el cuello.

La no poesía es lisa. Y blanda, como la espuma de las tripas de un sofá.

La verdadera poesía se mueve como las olas, gira en círculo (o en espiral) por el espacio infinito, y baila siempre el tango, con geométrica y cortante precisión.

La poesía baila también como ese amigo tuyo que, a última hora de la noche, se arroja a la pista, y todo el mundo duda entre reír o imitar su desinhibida falta de sentido del ridículo.

La no poesía camina como Chiquito de la Calzada.

La verdadera poesía se ajusta a las proporciones de la perspectiva áurea, es bella y es fea, a veces una beldad, a veces una carroña, a veces, ni siquiera tiene forma. Poesía eres tú cuando eres tú, o mejor, un autre.

La no poesía escribe siempre en papel pautado.

La poesía te despierta a las tantas de la noche, y hará que te resfríes persiguiendo el inaprehensible It, de Jack Kerouack, mientras intentas mantener el ritmo hasta la última estrofa.

(…)

Puedes escuchar el poema completo en el enlace siguiente: https://youtu.be/l–uZnSAHjs?list=PLq953fDoPkbrLkhuhZTSQCaJqB0hu0i4c 

 

Biografías: Milcíades Arevalo o la Sociedad de la Imaginaciòn.

Milcíades Arevalo o la Sociedad de la Imaginación.

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Milcíades Arevalo

Por. Antonio Acevedo Linares

El escritor colombiano Milcíades Arévalo nació en Zipaquirá hace ya más de cinco décadas. Su vida como escritor e imaginero ha transcurrido principalmente en Bogotá, ciudad de la que escribe y alimenta su literatura. Ha sido también marinero, empleado bancario, vendedor de libros, publicista, corrector de estilo, periodista, dramaturgo, guionista, fotógrafo y editor, y aunque estudió algún tiempo en la Pedagógica, Español y Literatura y en la Universidad Incca, Filología e Idiomas se considera autodidacta por naturaleza. Escribe cuentos y novelas, crónicas periodísticas, entrevistas y reseña de libros etc., porque le gusta y porque antes que ser escritor vive la vida en todo su esplendor. Fundó en 1973 la revista de la Sociedad de la Imaginación, Puesto de Combate, donde ha dado a conocer a los nuevos escritores y poetas colombianos. Ha publicado cuentos en inglés, portugués, francés e italiano, muchos de los cuales han aparecido publicados en antologías y revistas de Colombia y en el exterior como Casa de las Américas, y a la vez ha sido jurado en concursos de cuento, novela, teatro y poesía. Ha publicado los libros: A la orilla del Trópico (Relatos, l978), Ciudad sin Fábulas (Cuentos, 1981); La sed de los huyentes (Cuentos, 1985), El Oficio de la Adoración (Cuentos, 1988 y 2003); Inventario de Invierno (Novela, 1995) y Cenizas en la Ducha (Novela, 2001). Entre sus libros inéditos se cuentan: El héroe de todas las derrotas (Novela); El caballo del viento y la muchacha desnuda (Cuentos medievales); Galería de la Memoria (Crónicas) La loca poesía (Antología poética en preparación) entrevistas con poetas y escritores, El oficio de la escritura, en preparación y una antología de cuentos de autores que han pasado por la revista a lo largo de 40 años. Esta es una vieja entrevista que se realizó en una de las tantas pasadas Ferias Internacional del Libro en Bogotá en el siglo pasado.

¿Cómo se inicio en la literatura? ¿Qué autores lo fascinaron, cuáles fueron sus primeras lecturas?

Generalmente casi todos los escritores dicen que nacieron con esa gracia divina, o que estudiaron en los Andes, en Harvard y en otras universidades. Cuando me lo preguntan a mí sencillamente digo que no lo soy, porque el que verdadero escritor puede pasarse la vida escribiendo y nunca se dará cuenta de eso. Uno escribe todos los días, aunque no escriba una sola línea. La vida es la página en blanco que hay que llenar. Para mí la literatura ha sido participación de algo que me gusta y que me parece maravilloso hacerlo a través de las páginas de Puesto de Combate, una revista literaria en la que creo más que en mí mismo, así no tenga quien la defienda ni la apoye.

Los primeros libros que leí, cosa rara en un chico, fueron El QuijoteLa BibliaLa Divina ComediaPratoliniMoraviaCamusKafka y una que otra novelita de amor impetuoso. Sucede que cuando yo era chico y estudiaba donde los curas, frecuentemente me sacaban de clase por no tener saco, ni corbata ni mucho menos devocionario. A mí eso me aburrió tanto que en vez de terminar el bachillerato me fui para la finca de mi papá y me dediqué a sembrar flores. Mientras el huerto florecía, yo aprovechaba para leer los libros que mi hermano tenía en su biblioteca. Indudablemente me fascinaron tanto que toda la vida no he hecho otra cosa bien que comprar libros, que muchas veces termino regalándoselos a esos muchachos y muchachas que sueñan llegar a escribir algún día, con la advertencia que tienen que escribir mejor que mis autores favoritos.
¿Cómo ha sido su relación con el periodismo? ¿Qué aporta a la literatura?

He hecho periodismo en varias publicaciones, y también en la revista que dirijo. Le he aportado a la literatura todo lo que sé y he tenido olfato para descubrir entre la multitud a los verdaderos escritores y les he dado alas a cientos de muchachos y muchachas que tienen mucho que decir y no tienen donde hacerlo. Si no hubiese sido así hoy no conoceríamos los poemas eróticos de Orietta Lozano ni tampoco habríamos conocido a Raúl Gómez Jattin a quien encontré en Cereté comiendo mango viche y tirándole piedrecitas al río. En fin…

¿Su obra cuentística y novelística ha estado signada por lo autobiográfico o es sólo imaginación.

Estoy seguro de que todos los escritores, así lo nieguen, toman de su propia vida hechos que les ocurrieron, por la sencilla razón de que quien escribe una obra debe ponerle todo el encanto, toda la magia, toda la vida y la pasión necesaria que vive el hombre cotidiano para hacer creíble la historia, el cuento o la novela que le sucedió a alguien en particular. Por otra parte, para ser escritor hay que tener mucha imaginación y haber vivido la vida en todo su esplendor. Por eso yo siempre estoy diciendo que el que no tenga imaginación ni haya vivido lo suficiente, mejor que se dedique a otra cosa. Yo he vivido en muchas partes, he conocido infinitos rostros, he recorrido muchos caminos, he navegado muchos ríos y mares, pero siempre he estado ligado a la tierra. Solo me sostiene mi imaginación.

¿Se puede vivir de la literatura en Colombia?

¿Qué escritor vive de la literatura en Colombia? Para que los libros no terminen agonizando en la bodega de una editorial colombiana, hay que irse lejos, a otro país para poder triunfar como García MárquezEfraím Medina, etc. Aquí nadie lee ni mucho menos compra libros. Los únicos que viven de la literatura son los académicos y los críticos.

¿Cómo ha sido su relación con la poesía en su escritura y su relación con los poetas en la vida?

He sido tan influido por la poesía que eso se me nota en todo lo que escribo. Los verdaderos poetas significan mucho para mí, pero no me gustaría parecerme a ellos. Más de uno me ha golpeado por decirle que la poesía estaba en todas partes, menos en sus poemas.

¿Cómo evalúa su actividad periodística de dar a conocer a los nuevos escritores en la revista Puesto de Combate?

Sin duda ha sido muy valiosa, de lo contrario no los conocerían ni en su casa.

¿Para qué se escribe?

Para saber lo que no sé, para saber de dónde vengo y para dónde voy, para dejar un testimonio del mundo que viví…

¿La literatura nos salva de qué?

La literatura nos salva de la muerte.

Finalmente, Maestro Milciades, ¿a qué proyectos literarios está dedicado últimamente?

Más que literarios son de vida: ir a tenderme en la playa olvidado del mundo y de mí, editar las últimas entregas de Puesto de Combate, terminar de escribir una novela, una obra de teatro, un libros de crónicas, un guión, unos ensayos; seleccionar unos cuentos, unos poemas, ¿qué se yo?

¿Es usted feliz siendo escritor?

Como soy lo más atípico de un escritor, eso me permite ser feliz.

La actividad más fervorosa de Milciades Arévalo aparte de la de ser escritor es la de activista cultural que durante más de treinta años ha publicado la revista literaria Puesto de Combate, un quijote de nuestro tiempo que ha creído en la literatura colombiana donde muchos poetas y escritores han dado a conocer sus primeros textos literarios, entre los que recuerda a Raúl Gómez Jattìn y Orietta Lozano. Su casa en el barrio La Candelaria ve pasar todos los días un hombre a veces bajo la lluvia con sus libros bajo el brazo que entre sus premios, distinciones y trabajos culturales que ha tenido se destacan: Segundo y Tercer Premio, Concurso de Cuento Gobernación del Quindío, años 1980 y 1981.Segundo y Primer Premio, Fundación Testimonio (Pasto), años 1984 y 1985. Premio de Novela “Ciudad de Pereira”, con el Libro “La Casa del Fuego y de la Lluvia”, 1985. Distinción y Reconocimiento “Por la divulgación de la Literatura Colombiana”. Cámara Colombiana del Libro, Bogotá 1989. Segundo Premio de Novela “Ciudad de Pereira”, con el libro “Inventario de Invierno”, 1991. Beca Ministerio de Cultura. Modalidad Periodismo Cultural, 1994. Beca “Banco de Propuestas Artísticas”. Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1998. Director Editorial Revista Mosaico II del Instituto de Cultura Hispánica de Bogotá, de Febrero de 1982 a Diciembre de 1985.Asesor Cultural de la Casa de la Cultura de Montería, de Junio de 1988 a Junio de 1989. Organizador de los Encuentros Internacionales de Revista de Literatura y Suplementos Culturales. Feria Internacional del Libro de Bogotá, de 1988 a 1991. Director del Taller de Literatura “Libro Vía” de la Alcaldía Mayor de Bogotá durante los años 1991 y 1992. Director de Arte y Creativo de la Agencia de Publicidad Sancho, de Febrero 1992 a Junio de 1996. Asesor Literario de Post Grado. Universidad Sur Colombiana, años 1998 y 1999. Columnista del diario La Prensa de Bogotá, de febrero de 1991 a mayo de 1996.

Fotos de esta entrevista tomadas del facebook personal de Milcíades Arévalo.

Milcíades Arevalo

Aves en Acción

 PUBLICADO POR

Leticia Roncero

Yo trabajo con el equipo de la Comunidad en Flickr y participo en el blog de Flickr.

“Fue un placer. Pensé que estaba viendo el canal del descubrimiento al aire libre.”Totalmente autodidacta, Salah aprendió acerca de la fotografía de naturaleza de tutoriales de Internet y los grupos interactivos, más impactfully a través de Flickr, donde encontró a diferentes grupos de fotógrafos afines dispuestos a proporcionar retroalimentación. Pero él quería tomar su fotografía un paso más allá. “A…

a través de Birds In Action — Flickr Blog

Aves en Acción

 Salah Baazizi es un 46 años de edad, ingeniero de software y aves fotógrafo con sede en el Condado de Orange, California. Originario de Argelia, se interesó por la vida al aire libre Hace aproximadamente una década, después de una visita a loshumedales de Bolsa Chica – una reserva en la ciudad de Huntington Beach – donde vio a muchas especies de aves diferentes que hacen cosas increíbles: rayadores se deslizan por encima de la agua, pelícanos bombardeo en picado para los peces, gaviotas haciendo acrobacias aéreas, rapaces que demuestran sus habilidades de caza feroz contra los roedores, peces y reptiles.

“Fue un placer. Pensé que estaba viendo el canal del descubrimiento al aire libre “.

Octogull did it again!

Elegant Dispaly

Completamente autodidacta, aprendió acerca de Salah fotografía de la naturaleza de tutoriales de Internet y los grupos interactivos, más impactfully a través de Flickr, donde encontró a diferentes grupos de fotógrafos afines dispuestos a proporcionar retroalimentación. Pero él quería tomar su fotografía un paso más allá. “Para poder pasar a un nivel más avanzado, que tenía que desarrollar algunas técnicas únicas y habilidades físicas que sólo se podrían lograr en el campo”, explicó.

Jewel!

Salah dice habilidades y la observación son muy importantes en las aves fotografía de acción, como el comportamiento animal es impredecible. “El impulso se acumula cuando se alimentan las aves o interactúan entre sí, y estar dispuesto a hacer clic en el botón del obturador en el momento adecuado puede conducir a una gran oportunidad para tomar fotos”, explicó. “A veces una gran oportunidad se presenta y las habilidades son de primordial importancia. Al igual que en cualquier juego o deporte, la memoria muscular se activa para entregar la adecuada coordinación con el cerebro con el fin de lograr algo único.”Algunas imágenes, sin embargo, son el resultado de la pura suerte, y no tiene ningún problema en admitir tales. “Pura suerte, siempre es bienvenido.”

Tangled!

Special Treat

Los charranes elegantes son las especies de aves favoritas de Salah, porque todo lo que hacen – volar, la pesca, el apareamiento, la lucha – lo hacen con gracia. “Le debo todos mis conocimientos a estas aves.” 
Tira con una réflex digital Canon serie 7D y una lente L 400mm F5.6 primo. “Yo prefiero disparar de mano y evitar cualquier accesorio en mí mismo, mientras que fotografiar pájaros.”

Least Tern Courting/Mating Series 10/10

Portrait of an Elegant Tern

Elegant Tern Hovering [Explored best position #27]

Los humedales de Bolsa Chica es uno de sus lugares preferidos por vida al aire libre. “Cada estación ofrece una gran variedad de aves migratorias, y algunos vienen en abundancia. La mayoría de las garzas son residentes y tienden a ser más activos durante la temporada de cría-primavera; Golondrinas de mar por lo general regresan en grandes cantidades para la cría en abril. Patos, somormujos, pelícanos, aves playeras y aves rapaces nos visitan durante el invierno “.

Colors

Brown Pelican

Salah es parte de la Birdshare (Laboratorio de Ornitología de Cornell) y la revista Audubon grupos ornitología en Flickr. Echa un vistazo a su Galería de Flickr (bmse) para la inspiración! Y si usted es un entusiasta de la fotografía de aves que pasa a vivir en California, no deje de visitar la Reserva Ecológica Bolsa Chica , San Joaquín santuario de fauna , AVES del Condado de Orange , o San Jacinto Wildlife Areagrupos de Flickr!