¿En qué nos quieren convertir?

Luis García Montero

Luis García Montero 

Publicada el 07/10/2018

¿En qué nos quieren convertir?

Buena parte de la poesía contemporánea fundó sus cimientos en el respeto a la sabiduría del pueblo. El amor popular que llevaron a la literatura poetas como García Lorca y Alberti tenía antecedentes claros en su maestro Antonio Machado. Descendiente de Demófilo, muchas veces acudió en su prosa y su verso a las complicidades de lo popular. Los años vividos en una Restauración fundada en el descrédito de las instituciones políticas exigían buscar en los sedimentos de la vida real un consuelo ante las mentiras oficiales.

Las intervenciones de Juan de Mairena ante los alumnos no dudaban al elevar el tono en este sentido: “Es muy posible que, entre nosotros, el saber universitario no pueda competir con el folklore, con el saber popular. El pueblo sabe más, y sobre todo, mejor que nosotros. El hombre que sabe hacer algo de un modo perfecto -un zapato, un sombrero, una guitarra, un ladrillo- no es nunca un trabajador inconsciente, que ajusta su labor a viejas fórmulas y recetas, sino un artista que pone toda su alma en cada momento de su trabajo”.

Ya en los años de la Guerra Civil, en la revista la Hora de España, Machado publicó una carta a David Vigodsky en la que volvía a declarar su amor al pueblo: “En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos –nuestros barinas– invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud”.

De don Antonio podemos heredar con honestidad su sospecha ante las banderitas sonoras, la brújula que lo llevó a ponerse del lado de los más débiles en cualquier conflicto y el respeto al trabajo bien hecho. La vocación profesional fue un ámbito imprescindible para la formación de una conciencia cívica comprometida con la sociedad. Lo que no sé es si hoy estamos legitimados para confiar en lo popular como sedimento y refugio ante la crispación, las mentiras, la demagogia y la falta de escrúpulos de algunos líderes capaces de vender a su madre por un puñado de votos en el espectáculo ruidoso de la política. La tristeza es que esos líderes tienen rebaños.

El poder ha conseguido que el rencor de sus víctimas se ponga a su servicio.

El cultivo de la telebasura y los mundos virtuales han sustituido el sedimento vital de la experiencia que se condensaba en el folklore. Los códigos del consumo han devorado la decencia solidaria de los pobres, de la gente explotada por la injusticia. Ahora fluye una dinámica de clientes insatisfechos en sus demandas. Y, además, las degradaciones laborales, el deterioro de la dignidad del trabajo en favor de los empleos baratos, impiden esa aspiración al bien hacer y a la sabiduría artesanal de la que hablaba Machado.

¿En qué nos están convirtiendo? Cuando las cloacas potencian la crispación y la suciedad, se genera en las redes sociales y en las conversaciones una complacencia mezquina con el insulto, la calumnia y la falta de respeto. Parece que las audiencias aumentan cuando en una tertulia política toman la palabra determinados personajes que no conocen la decencia profesional y se dedican a colaborar con mafiosos y empresarios sin escrúpulos. No se trata de que sean periodistas de izquierdas, de derechas o de centro: son personas sin decencia que manchan las cabeceras periodísticas. Los directores que aceptan a estos indecentes se comportan también de manera indecente.

¿Soluciones? Creo que no están en el marco gubernamental, sino en el tejido cívico. El poder corruptor de la mentira no puede combatirse con la falta de libertad. La represión es capaz de dejar sin palabra a un sinvergüenza, pero a costa de abrir otros espacios a la mentira y la injusticia con el sacrificio de la conciencia crítica. Por eso no veo otra salida que la exigencia de la propia responsabilidad profesional de los periodistas. Que su oficio no se convierta en un vertedero es un reto imprescindible para la democracia, es decir, para una sociedad en la que la convivencia dependa de la verdad y de la libertad.

Ahora que nos están convirtiendo a todos en cloaca, quizá sea ingenuo llamar a la decencia profesional. Pero que tengamos a la realidad en contra no es un argumento definitivo para olvidarnos de nosotros mismos.

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Walt Whitman. Homenaje

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Es considerado el gran representante del verso libre y del canon norteamericano. Su poesía ha sido fuente de inspiración para autores posteriores. Aquí puedes leer 5 poemas de Walt Whitman.

Una hoja de hierba

Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.

Descubro que en mí,
se incorporaron, el gneiss y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas,
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase,
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.

 

Una araña paciente y silenciosa

Una araña paciente y silenciosa,
vi en el pequeño promontorio en que
sola se hallaba,
vi cómo para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.

       Y tú, alma mía, allí donde te  encuentras,
circundada, apartada,
en inmensurables océanos de espacio,
meditando, aventurándote, arrojándote,
buscando si cesar las esferas
para conectarlas,
hasta que se tienda el puente que precisas,
hasta que el ancla dúctil quede asida,
hasta que la telaraña que tú emites
prenda en algún sitio, oh alma mía.

 

¡Oh yo, vida!
¡Oh yo, vida! Todas estas cuestiones me asaltan,
Del desfile interminable de los desleales,
De ciudades llenas de necios,
De mí mismo, que me reprocho siempre, pues,
¿Quién es más necio que yo, ni más desleal?
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
Despreciables, de la lucha siempre renovada,
De los malos resultados de todo, de las multitudes
Afanosas y sórdidas que me rodean,
De los años vacíos e inútiles de los demás,
Yo entrelazado con los demás,
La pregunta, ¡oh, mi yo!, la triste pregunta que
Vuelve: “¿Qué hay de bueno en todo esto?”
Y la respuesta:
“Que estás aquí, que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama y que quizás
Tú contribuyes a él con tu rima”.

 

Me celebro y me canto a mí mismo

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo asuma tú también habrás de asumir,
Pues cada átomo mío es también tuyo.
Vago al azar e invito a vagar a mi alma.

Vago y me tumbo sobre la tierra,
Para contemplar un tallo de hierba.

Mi lengua, cada molécula de mi sangre formada por esta tierra y este aire.
Nacido aquí de padres cuyos padres nacieron aquí y
Cuyos padres también aquí nacieron.
A los treita y siete años de edad, gozando de perfecta salud,
Comienzo y espero no detenerme hasta morir.

Que se callen los credos y las escuelas,
Que retrocedan un momento, conscientes de lo que son y
Sin olvidarlo nunca.
Me brindo al bien y al mal, me permito hablar hasta correr peligro.
Naturaleza sin freno, original energía.

Con estrépitos de músicas vengo
Con estrépitos de músicas vengo,
con cornetas y tambores.
Mis marchas no suenan solo para los victoriosos,
sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron,
por los barcos que se hundieron el la mar,
y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes
vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas
grandes de la Historia.

Poesía en Zenda

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85 aniversario de la República; Educación y república

 No sólo de pan vive el hombre.
Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan;
sino que pediría medio pan y un libro.
Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan.
Federico García Lorca

85 aniversario de la República; Educación y república

 Por Agustín Moreno en 13 abril, 2016

Niisones_Pedagogicas_Alpujarras Una imagen de las Misiones Pedagógicas llevadas a cabo en Las Alpujarras en 1934. Dos niños contemplan por primera vez la proyección de una película. / Captura del documental ‘Misiones Pedagógicas’.

La educación ha sido tradicionalmente un privilegio del poder político, económico y religioso. No tenía como objetivo la educación general de la población, sino la formación de las élites dirigentes. A lo largo de casi toda la historia de España fue una minoría con suficientes recursos económicos la que pudo estudiar. La educación pública con carácter universal es un concepto reciente. La mayoría de la población no tenía acceso a la educación o ésta se realizaba con un currículo muy devaluado (leer, escribir, las cuatro reglas y el catecismo).

Antes de la Segunda República, sólo sería destacable la labor de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos y otros intelectuales progresistas, para impartir una enseñanza no confesional, basada en las nuevas corrientes pedagógicas, en la libertad de ciencia, la tolerancia y el contacto con Europa. Con la influencia de la ILE se emprendieron importantes reformas en los terrenos jurídico, educativo y social, y se crearon organismos, como la Junta de Ampliación de Estudios, para ampliar y modernizar el sistema escolar. Pero la tasa de analfabetismo ascendía al 65% de la población. Bartolomé Cossío, a finales del siglo XIX, constataba la existencia de una población infantil escolarizable de más de cuatro millones, mientras el sistema escolar existente sólo daba atención a dos millones.

Con la Segunda República, las ideas de los liberales democráticos, republicanos y socialistas abrieron la posibilidad de expandirse en la educación. Durante el bienio reformista (1931-1933) se produjo una importante apuesta presupuestaria en el ámbito educativo, tanto para la creación de espacios escolares dignos, la atención a la formación y salario de los maestros y otras muchas iniciativas que vinculaban la educación con la cultura.

Documental ‘Misiones Pedagógicas 1934-1936’, de Gonzalo Tapia. / caralvariz (YouTube)

Estos dos años fueron únicos en la preocupación gubernamental por la educación pública; no en vano se consideraba la educación el motor del cambio social en España. Como decía don Gregorio, el maestro de La lengua de las mariposas: “El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro: si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro” (ver arriba).

Los principios de la Segunda República en materia de educación la consideraban una función esencial del Estado (pública), laica, obligatoria y gratuita (especialmente en la primaria). Debía tener un carácter activo, creador y también social: la escuela debía integrarse en la sociedad y tener una mayor conexión entre los padres. Defendía la coeducación, la renovación metodológica y pedagógica. Se facilitó el acceso a los más pobres con una política de becas.

Toda una revolución en aquella época y una auténtica Edad de Oro de la pedagogía española y también de la cultura. Fue muy brillante la experiencia de las Misiones Pedagógicas (ver documental), que llevaban bibliotecas, cine, museo ambulante, teatro, audiciones musicales, etc. a las aldeas más remotas y a lomos de caballería cuando no podían llegar las camionetas.

Fragmento de la película ‘La lengua de las mariposas’. / AcaciaFilmsSL (YouTube)

La prioridad fue la atención a la escuela primaria, ya que se pensaba que era la piedra angular del edificio. Se planteó la construcción de 27.000 escuelas para escolarizar a toda la población infantil que no asistía a la escuela. En la etapa del bienio progresista (1932-33) hubo un fuerte impulso reformador en el terreno educativo, esfuerzo inversor, formación y dignificación del magisterio; aunque con problemas de financiación, por la crisis económica consecuencia del crack de 1929. El bienio conservador (1934-35) supuso un frenazo a las reformas anteriores.

El franquismo acabó con aquel proyecto modernizador y auténticamente revolucionario por su apuesta por la formación y educación de la ciudadanía. Fue brutal la represión: encarcelamientos, depuraciones y asesinatos. Muchos maestros fueron fusilados sin formación de causa. Era tal la animadversión del fascismo hacia su labor que se produjeron situaciones con tanta carga simbólica como la de disparar a la escuela al no poder hacerlo sobre el maestro por haber escapado a tiempo, como se puede ver en el documental ‘La escuela fusilada’.

Cuando en vez de llegar la paz, llegó la victoria, la Ley de Instrucción Primaria de 1939 volvió a una educación concebida como un derecho de la familia, de la Iglesia y del Estado. Su ideología se basó en el nacional-catolicismo, y fue de carácter confesional y patriótico, haciendo hincapié en la unificación lingüística de todo el territorio español. Se trataba de hacer no una “escuela pública”, sino una escuela estatal como medio de propaganda del régimen.

Los poderosos cambios económicos y sociales producidos en los años 60 obligaron a una reforma educativa en profundidad, que se plasmó en la ley General de Educación de 1970. En los más de treinta años del actual período democrático se ha desarrollado una profusa legislación educativa. Se ha  aumentado la inversión educativa de forma notable y potenciado su carácter público. Pero a la vez se desarrolló una segunda red privada-concertada que es una bomba de relojería para el sistema. Las más importantes normas legales en la etapa democrática actual han sido la LODE, la LOGSE (1990), la LOPEG. Ya en el siglo XXI, las últimas  leyes son la LOE y la LOMCE, esta última sin ningún consenso social ni político.

Lo destacable del periodo democrático es el reconocimiento del derecho a la educación como un derecho social, que los poderes públicos están obligados a prestar. La escolarización se ha universalizado, se ha ampliado la cobertura en Educación infantil, se ha extendido hasta los 16 años la educación obligatoria, y ha crecido la población atendida en las etapas educativas postobligatorias: Bachillerato, Formación Profesional y las distintas modalidades de rango universitario.

Este repaso a las políticas educativas debe ayudar a tomar conciencia de la fragilidad que el sistema público de enseñanza tiene en España, ante la ofensiva neoliberal y privatizadora. Si no se detiene, el gran retroceso en la inversión educativa y las reformas legales conservadoras, crearán un futuro incierto para la educación al no estar asegurado ni su carácter público, ni su calidad, pudiendo quedar reducida a un subsistema devaluado y residual.

La importancia que hay que dar a la educación y a la cultura queda reflejada en la actitud de la Segunda República y en las palabras de Federico García Lorca, al inaugurar una biblioteca en Fuente Vaqueros (Granada) en Septiembre 1931: “Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. ¡Libros! ¡Libros! (…) Que el lema de la República debe ser: “Cultura”. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Podremos valorar el retroceso que se ha producido en algunos campos en relación a la escuela de la República cuando vemos que, 85 años después, aumenta el alumnado de religión en bachillerato frente a otras asignaturas como Cultura Científica o Francés. La escuela pública de todos y para todos que necesitamos será posible con el proyecto de regeneración democrática que debe ser la Tercera República.

 

Sobre la vida y las tumbas

Luis García Montero

Comparto este excelente artículo esperando que, como a mi, a ustedes también los lleve a la reflexión; ni perdón ni olvido para los culpables de crímenes del pasado mucho menos honores para ellos ¡basta ya de infamias! es el momento de rescatar la verdad exigen en España…no solo me uno indignado a su causa sino que propongo a mis hermanos mexicanos que hagamos causa común con ellos y exijamos también que aquí se rescate la memoria histórica, es necesario reescribir la historia de México; nuestros verdaderos héroes son las victimas y sus deudos de los gobiernos represores de los últimos casi 100 años ¡honor y reconocimiento para ellos y deshonra y castigo para los culpables!

Jesús Torres Navarro.

Sobre la vida y las tumbas

     Publicada el 26/08/2018.

Luis García Montero

Hay un poema de Ángel González, titulado “Camposanto en Colliure”, en el que se cuenta una visita a la tumba de Antonio Machado. Era plena posguerra, pero ya había síntomas del desarrollismo desequilibrado de los años sesenta. El turismo, las primeras industrias fijadas en el norte y los inmigrantes que salían a Europa desde las zonas más pobres de España empezaban a mover dinero y a rescatar a la nación de la extrema pobreza. “Pasan trenes, nocturnos, subrepticios, / rebosante de humana mercancía”, escribió Ángel.

A nosotros no nos resultará difícil comparar la humana mercancía de los emigrantes españoles de los años 60 con algunas declaraciones políticas que acaban de identificar los barcos repletos de personas como cargamentos de carne humana. Pero a Ángel González aquel movimiento de fronteras le recordaba entonces el final de la guerra: una multitudinaria emigración política que salía de su país para evitar la muerte. Ante la tumba de Machado, escribió: “Se paga con la muerte / o con la vida, / pero se paga siempre una derrota“.

Bien sabía el poeta asturiano que la vida puede ser una condena. La ejecución de su hermano mayor en la Guerra Civil fue una desgracia mortal, pero seguir con vida supuso también una condena para él, su madre y sus hermanos.

La figura del caudillo Francisco Franco supone un caso muy llamativo en el siglo XX. Lo peor, como explicó la filósofa María Zambrano, no fue que pusiese en marcha un golpe de Estado contra la democracia española, sino que después de fracasar no dudase en vender su país a Hitler y Mussolini, a la Alemania nazi y la Italia fascista, para desatar una guerra y conseguir el poder a cambio de convertir a España y a sus habitantes en un campo de pruebas del exterminio bélico.

Esa crueldad traicionera se convirtió en guía de vida cuando mantuvo la furia represiva durante los años largos de su dictadura. España dejó de ser un país normal cuando se mantuvo el franquismo después de la Segunda Guerra Mundial. Que una figura histórica como Franco no esté enterrada en una tumba familiar, sino en un lugar de Estado, es una de las mayores infamias que ha tenido que soportar por unas razones o por otras la democracia española.

Cuando oigo a alguien defender a Franco o poner problemas para la exhumación de sus restos, me acuerdo de una travesura de Juan de Mairena, autor de la tragedia Padre y verdugo dedicada con simpatía a Jack el destripador. “Qué padre tan cariñoso pierde el mundo. Esto exclama Jack, momentos antes de ser ahorcado”. El drama trágico fue abucheado porque el público no estaba en condiciones de comprender la intención de Mairena. Confieso que yo tampoco alcanzo a comprender a nadie, de ningún partido democrático, ni de la derecha ni de la izquierda, que pueda oponerse a que los huesos de un dictador tan cruel pasen a la memoria íntima de su familia y dejen de ocupar un espacio de Estado, después de 80 años de su victoria y de 43 años de su muerte.

En el poema “El Dios íbero”, Antonio Machado escribió: “ni el pasado ha muerto, / ni está el mañana –ni el ayer– escrito”. Eso de confundir el cierre de las heridas con el olvido es una de las mayores sinrazones que pueden arrojarse sobre la vida pública y los sentimientos privados. La sacralización y la impunidad de la injusticia es tan corrosiva como el negarse a vivir el duelo de nuestros muertos hasta alcanzar una convivencia en la serenidad de la memoria. El futuro de una democracia, los caminos que hace al andar, depende de la manera que tenga de entender su pasado.

Francisco Ayala escribió al final de la Guerra Civil un “Diálogo de los muertos”. Recuerda mucho al discurso de Azaña “Paz, piedad, perdón”. Después de la contienda, todas las víctimas se ponen a hablar bajo tierra y meditan sobre los motivos de aquella violencia. Pero ese diálogo era imposible mientras las víctimas fuesen confundidas con los verdugos. La tumba de Luis Cernuda está en México, testimonio de su exilio y de su desprecio por los vencedores. La tumba de María Lejárraga está en Buenos Aires, testimonio de las injusticias del olvido. La tumba de Pedro Salinas contempla el mar de Puerto Rico. La tumba de García Lorca es un extenso campo de exterminio en el que se ejecutaron entre Víznar y Alfacar a más de 2.500 granadinos.

Cada vez que he ido a visitar todas estas tumbas, igual que ante la tumba de Machado, he sentido vergüenza de que Francisco Franco estuviese enterrado en el Valle de los Caídos. Escribo este artículo para decirle a mis muertos que parece que las cosas se van a arreglar, que esta vez sí, que su casa, su verdadera casa, estará en poco tiempo sosegada.

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http://luisgarciamontero.com/2018/08/26/sobre-la-vida-y-las-tumbas/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+LuisGarciaMontero_com+%28Luis+Garc%C3%ADa+Montero+%3A+P%C3%A1gina+web+oficial%29 

https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2018/08/25/sobre_vida_las_tumbas_86113_1023.html

 

Un optimismo con sentido común y el conocimiento, la opinión y la cloaca

Un optimismo con sentido común

Luis García Montero

Luis García Montero

19 agosto 2018

– Dame cretinos optimistas –decía un político a Juan de Mairena–, porque ya estoy hasta los pelos del pesimismo de nuestros sabios. Sin optimismo no vamos a ninguna parte.
– ¿Y qué me diría usted de un optimismo con sentido común?
– ¡Ah, miel sobre hojuelas! Pero ya sabe usted lo difícil que es eso.

En este diálogo entre el famoso personaje de Antonio Machado y un político de su tiempo se dicen verdades a medias. El político tradicional quiere sin duda movilizar a su país y necesita gente optimista. Pero son más útiles para él los necios dispuestos a comulgar con ruedas de molino que las personas con lucidez deseosas de fijar un sentido común alternativo. Así que en su miel sobre hojuelas hay una trampa que amarga el significado.

También podríamos aplicarle la misma prevención a Mairena. Parece reivindicar el optimismo, pero utiliza el espejo de su político para insinuar que bajo la piel del entusiasta hay un engañado. De ahí los juegos con nuestro estado de ánimo cuando decimos que un optimista es un pesimista mal informado o que un pesimista es un optimista inteligente. Este ir y venir, tan propio de ese escéptico bien intencionado que fue Juan de Mairena, o de ese ser receloso y buscador de esperanzas que se llamó Antonio Machado, merece una reflexión en el mundo de hoy.

Desde hace varias semanas escribo sobre palabras como verdad, bondad, política, hospitalidad, libertad, conocimiento y opinión. Mis consideraciones y los comentarios de los lectores de infoLibre no invitan a un consuelo inocente, sino a un conflicto. Hablar de bondad no supone dividir el mundo entre buenos y malos, sino responsabilizarnos de nuestros propios actos cada vez que actuamos o de nuestra palabras cuando opinamos. Hablar de verdad no supone la ingenuidad de apostar por una evidencia sin fisuras con vocación de dogma. La historia nos tiene muy avisados: los buenos son con frecuencia una amenaza cumplida en los relatos contados por los vencedores y el sentido común puede  legitimar con un peso de siglos las costumbres más injustas.

Volver a las palabras originales de la democracia para asumir sus conflictos, no sus falsos consuelos, me parece un buen camino en un momento en el que el pensamiento reaccionario impone políticas de odio y miedo como mecanismo de captación de voluntades. No es que haya primeros síntomas, es que la enfermedades del racismo y las identidades totalitarias vuelven a ser un griterío cadavérico en Europa. Por eso creo conveniente acentuar la reflexión ética sobre nuestras actitudes, y para ello nada mejor que reconocer que la ilusión democrática se cimienta en una serie de antinomias que nos hacen responsables últimos de nuestras decisiones. Quien nos lo quiere dar todo hecho, nos engaña con sus certezas.

El concepto de ciudadanía nació para hacernos iguales ante la ley. Un ciudadano es una abstracción, alguien que borra su identidad particular para igualarse con los demás. Todos somos iguales ante la ley. ¿Todos somos iguales? ¿Todas? Abrir el interrogatorio nos recuerda en el mundo de las abstracciones que existe identidad, es decir, la historia hecha individuo. Los ricos, los pobres, los hombres, las mujeres, los blancos, los negros, los gitanos, los homosexuales, los heterosexuales, ¿somos iguales ante la ley y la sociedad de la que depende nuestra ley? No se trata de negar el valor de una abstracción racional que busca la igualdad, pero tampoco debe negarse la existencia de identidades en el relato social. De ahí que sea necesario aceptar el conflicto, la antinomia entre dos principios que entran en contradicción, para responsabilizarnos éticamente de los equilibrios, los desequilibrios y las decisiones.

El optimismo con sentido común que propongo al hablar de bondad y verdad en democracia no pretende una resolución ingenua de los problemas en nombre de la condición humana; pero sí intenta afirmar que los seres humanos con convicciones democráticas estamos en condiciones de dar la batalla ante los que quieren imponer un pesimismo irracional basado en el odio, las consignas del miedo y el falseamiento de las estadísticas y los hechos.

¿De qué estoy hablando?, señor Martínez, preguntaría ahora Juan de Mairena a uno de sus alumnos para centrar el tema de la clase. Quizá el señor Martínez, avispado, podría contestar que se estaba hablando de los políticos que quieren pesimistas cretinos para sembrar a la vez odio y votos. Y quizá Mairena seguiría entonces meditando sobre aquellos líderes que nos hacen peores personas para solucionar con proclamas totalitarias la antinomia en la que descansa el concepto de ciudadanía.

El conocimiento, la opinión y la cloaca

Luis García Montero.

Consejo de Maquiavelo: No conviene irritar al enemigo.

Consejo que olvidó Maquiavelo: Procura que tu enemigo nunca tenga razón.

Juan de Mairena acudió a la memoria de Maquiavelo para hablar con sus alumnos sobre la acción política de tendencia progresista en España. Acostumbrado a la prepotencia de los señoritos, dispuestos siempre a considerar el país como una propiedad particular, juzgaba oportuno avisar de las cóleras desatadas por el corazón reaccionario, más testicular que pensativo, cada vez que siente amenazados sus privilegios seculares. Las iluminaciones del demagogo de taberna tienen su compañero de furias en el rencor del mandarín que ve peligrar su trono.

La convivencia democrática necesita respetar las normas, el tono, las fuentes y los jardines de las plazas públicas. El espacio público es connatural a la libertad de los individuos que comprenden lo que significa haber nacido en una sociedad y en una lengua materna, dos herencias que no pueden utilizarse como una propiedad privada. El ser individual que nos constituye tiene una dimensión colectiva no sólo inevitable, sino afortunada, para las personas que se toman en serio palabras como amor, verdad,bondad y poesía.

Cada cual sabe sus pasiones, sus caprichos y sus intereses, pero salir a lo público supone un esfuerzo por educarse, dialogar, llegar a acuerdos. Sentir la inquietud del conocimiento y la opinión. Conviene no olvidar esta inquietud del conocimiento y la opinión en el juego democrático, porque son palabras mayores que merecen respeto y cuidados. La ciudadanía exige igualdad de derechos, pero no debe confundir el valor del conocimiento con la opinión. Sería muy temerario que un enfermo se pusiese a discutir con un médico de medicina, aunque el médico hará bien en escuchar con atención al enfermo cuando habla de su cuerpo y sus dolores.

Esta inquietud entre el conocedor, que medita lo que opina la gente desde su propia experiencia, y el opinante, que se interesa por los que han estudiado en profundidad una ciencia, una historia o un conflicto, podría ser el suelo de la llamada opinión pública, un acuerdo mayoritario en el que las opiniones y el conocimiento buscan un equilibrio a la hora de presentarse en sociedad. Lo público no es una suma de voces individuales, sino la configuración de un contrato para la convivencia.

La opinión pública, como las instituciones públicas, se edifica como bien común. Entre el elitismo del sabio y la voluntad democrática de igualdad, levantamos las instituciones como punto de encuentro capaz de prevenir tanto la tecnocracia exclusiva como el fanatismo sin escrúpulos.

Machado prevenía en 1934 de una situación que no resulta extraña a la sociedad de hoy. Aunque uno se empeñe en no tratar a nadie como enemigo y en darle agua a cualquiera que tenga sed, la temperatura de las redes sociales, que empapan con demasiada frecuencia los medios de comunicación más reaccionarios, tienden a corromper el agua y a convertir la opinión en cloaca. No ya el conocimiento, sino el derecho sagrado a la opinión, se humillan en una catarata de calumnias, mentiras programadas, insultos, realidades virtuales y desprecios. El orgullo del analfabeto se funde en las cloacas con la mala educación de los bravucones, felices de que le rían las gracias los cinco descerebrados que apuran en manada el mal olor de las alcantarillas.

Una sociedad que confunde la opinión pública con las cloacas pone las cosas muy cuesta arriba a los esfuerzos del conocimiento, el respeto a la opinión y la fraternidad democrática.

Para evitar que las calles y las plazas se conviertan en un vertedero propicio a las ratas, conviene recordar los dos consejos machadianos. Importa ser prudente, prever las reacciones del enemigo y cuidar las apariencias tanto como los propósitos. Estas botas de pasos prudentes son un equipaje decisivo para quien está dispuesto a no quedarse quieto. Pero, sobre todo, importa entender el consejo que se le olvidó a Maquiavelo: que el enemigo nunca tenga razón.

El problema grave de la cloaca es que nos empuja a perderle el respeto a la opinión pública, nos acostumbra al cinismo del espectáculo de un mundo amotinado, nos envuelve en el humo de las mentiras y puede hacer que perdamos el sentido de nuestra propia verdad. El primer objetivo de los malvados es convertirnos en uno de ellos.

El poder de la manada, por Vicente Adelantado Soriano | Letralia, Tierra de Letras

En uno de sus acostumbrados diálogos, el español Vicente Adelantado Soriano discurre sobre el sentido de la justicia en el ser humano.
— Leer en letralia.com/articulos-y-reportajes/2018/08/07/el-poder-de-la-manada/

El poder de la manada

 • Martes 7 de agosto de 2018.

“La gran muchedumbre” (1963), de Antonio Saura (detalle) “La gran muchedumbre” (1963), de Antonio Saura (detalle)

Pues el hacer daño a la gente en nada se distingue de cometer una injusticia.
Platón, Diálogos (“Critón”).

Aquella tarde no tenía ganas de hacer nada. Estaba agotado. Tras la comida, me fui a mi habitación y me tumbé en la cama. Me dormí profundamente, en parte agobiado por el calor, y en parte porque había abusado la noche anterior de mis horas de lectura. Me despertaron unos golpecitos dados en la puerta al cabo de unas horas: doña Paquita estaba preocupada por mí. Le dije que me esperara en la salita. Me duché, me vestí, y me fui a reunirme con ella.

—Le he interrumpido a usted el sueño. Le ruego que me perdone, pero estaba un poco intranquila.

¿Usted cree —dijo mirándome a los ojos— que el ser humano va cambiando a lo largo de la vida, metamorfoseándose, o que siempre permanece igual a sí mismo?

—No se preocupe. Ha hecho bien en despertarme; de lo contrario no podría dormir esta noche.

—¿Estaba usted cansado?

—Estaba agotado. Anoche me empeñé en terminar la historia de Dafne y Apolo, y luego me engolfé buscando ramificaciones del mito.

—¿Forma parte de las metamorfosis, no? Tendría usted faena para rato.

—Sí, señora. Es la primera de la serie…

—Es interesante eso de las metamorfosis y de los cambios. ¿Usted cree —dijo mirándome a los ojos— que el ser humano va cambiando a lo largo de la vida, metamorfoseándose, o que siempre permanece igual a sí mismo? ¿O que hace falta un milagro, digamos, para cambiar al hombre?

—¡Vaya por Dios! Me acaba usted de sacar de la cama y ya me está lanzando de cabeza a la piscina. Vale. Vamos a ello. Mire, esta mañana, y aunque el tema ya me aburre, he leído un buen artículo sobre todas las salvajadas que algunos energúmenos escriben a raíz de cualquier acontecimiento, muertes sobre todo, en las necias redes sociales, y en cuanto lugar, protegidos por el anonimato, pueden.

—Sí, yo también he leído algo. Si no me equivoco ha sido a raíz de la muerte de un torero vasco, cogido por un toro, en una plaza francesa.

—Efectivamente. Así es. Las salvajadas que se han escrito, en favor del toro y en contra de la persona, el torero, y el magnífico artículo que he leído, me han traído a las mientes un diálogo de Platón. No lo tengo aquí; voy a citar de memoria. Al parecer el hombre, recién creado —cuenta Platón—, al principio no formaba sociedad; cada uno iba por donde su instinto lo llevaba, con lo cual era presa fácil de depredadores, animales y del mismo hombre. Entonces Zeus, a petición de Prometeo, les infundió el amor por la convivencia, para que así pudieran protegerse los unos a los otros.

—¿Y les dio también sabiduría para que se protegieran los unos de los otros?

—Por lo visto en aquel momento no lo pensó. De hecho, en cuanto los hombres se vieron en las ciudades se atacaron igual que lo hacían antes en los descampados. Entonces Zeus ordenó a Hermes que les diera el sentido moral y el sentido de la justicia. Ante lo cual preguntó Hermes si ese sentido se lo daba a todos los hombres, o sólo a unos pocos, como unos pocos eran médicos, otros zapateros, etc. No, Zeus dijo que a todos por igual.

—¿Cree usted, como parece deducirse de esa narración, que todas las personas tenemos un sentido innato de la justicia o del bien y del mal?

—Yo creo que sí. Creo que un niño sabe distinguir perfectamente lo que está bien de aquello que no lo está… El otro día, si lo recuerda, le hablé de una película que también viene ahora como anillo al dedo, El pequeño salvaje.

—Sí la recuerdo. La historia de la integración en una sociedad de alguien que se ha criado lejos de ella, en un bosque.

—Efectivamente. Recuerde que para que el niño no se escape y vuelva a dormir al bosque, el doctor lo somete a unos terribles baños de agua caliente con el fin de ablandar su piel. No queda ahí la integración en sociedad. Un día el doctor, su educador, comete una manifiesta injusticia con él: le da una orden, el niño la cumple, pero el doctor lo castiga como si no la hubiera cumplido, o lo hubiera hecho mal. El terrible enfado del niño le da a entender, inmediatamente, que tiene ese sentido de la justicia, de lo que está bien y de lo que está mal.

—Si eso es así, ¿por qué se pierde ese sentido? ¿Cree usted que el vivir en sociedad nos hace más justos y menos débiles? Yo, no sé, lo dudo.

—No estoy muy seguro. Yo tampoco lo sé. Es posible que la sociedad actúe, a veces, de freno de los instintos. De vez en cuando se suele tropezar uno con personas amables que ceden el paso, saludan, y se comportan de forma educada.

—De vez en cuando. Cada vez más de vez en cuando.

Todo queda reducido a una serie de ritos vacíos y falsos por cuanto somos incapaces de lograr que ellos sean la manifestación de algo nuevo.

—Es posible que tenga razón. No lo sé. Si nos vamos a la narración de Platón, yo creo que Hermes no infundió bien, con maestría, ese sentido de la justicia y de la moral.

—¿Qué quiere decir? ¿Que el hombre lo lleva como si fuera un adorno o un barniz? ¿Como si fuera una medalla o un abalorio?

—Sí. Algo de eso hay.

—Corríjame si me equivoco. ¿Quiere usted decir que Hermes hizo con el hombre lo que muchos hombres hacen consigo mismos? Leen, citan; pero nada de cuanto han leído o citado ha penetrado en su interior: es una lanza, algo que se arroja y que sólo sirve para eso. Para herir al otro, pero no para el cabal conocimiento de uno mismo.

—Creo que sí. O dicho con palabras de Séneca: desde que han aparecido los doctos, se echa en falta a los buenos. Doctos o pedantes, que, tal vez, venga a ser lo mismo. Pero no gente con un verdadero sentido de la justicia.

—Si sólo fuera cuestión de los doctos… Me acabo de acordar de algo que me sucedió hace muchos años, y que también viene ahora como anillo al dedo. ¡Dios mío, lo tenía totalmente olvidado! Es por eso de vivir en sociedad… De recién casada, algunos fines de semana mi marido y yo íbamos al chalet de mis suegros. Mis suegros eran creyentes; y yo, sin problemas, los sábados por la tarde, me iba con ellos a misa. Hasta que un día sentí un asco infinito: cuando íbamos a salir de casa, en la televisión, si no recuerdo mal, comenzaron la retransmisión de un partido de fútbol. Participaba un jugador que, poco antes, había sido operado de cáncer de testículos. Al parecer le habían extirpado uno de los testículos. Pues bueno, toda aquella chusma, a grito pelado, comenzó a corear que le faltaba un huevo riéndose, mofándose y saltando de contento y alegría. Yo no salía de mi asombro. No me creía lo que estaban gritando todos aquellos bestias. Pero lo que más me molestó fue que mi suegro, vestido para ir a misa, siguiera esas risas y esas burlas, las encontrara graciosas y se riera él mismo. ¿Me entiende lo que quiero decir?

—Sí. Creo que sí. Que si rascamos un poco el barniz siempre aparece el gentil.

—O que todo queda reducido a una serie de ritos vacíos y falsos por cuanto somos incapaces de lograr que ellos sean la manifestación de algo nuevo. ¿Qué hacía aquel hombre en misa cuando hacía cinco minutos se estaba mofando de un semejante porque tenía una enfermedad y había sido operado? ¿Dónde estaba aquel amor al prójimo y al que sufre?

—En ningún sitio. Y visto lo visto, quizás la bestialidad sea más innata en el hombre que el sentido de la justicia. Recuerdo que, trabajando en el instituto, cuando bajaban los alumnos al salón de actos para asistir a cualquier evento, y se apagaban las luces de la sala, dicho salón se venía abajo con los gritos, los silbidos y las patadas. Era un espectáculo: la oscuridad y la manada los ponía a todos a salvo. Era como si se hubiera dado la orden de que cada cual hiciera el bestia todo cuanto pudiera y un poco más. Lo mismo que sucede con el fútbol o cuando van todas las personas uniformadas o cuando no hay que rendir cuentas. Como en la guerra, por ejemplo.

—¿Y estos energúmenos —me pregunté— no se dan cuenta de que eso mismo, u otra enfermedad cualquiera, les puede pasar a ellos mismos, o a sus hijos? No creo que entonces les hiciera mucha gracia que nadie se riera de ellos o les cantara las verdades.

—Los animales, al parecer, no piensan en el futuro. Sólo existe lo inmediato. Y lo inmediato es reírse de alguien aprovechando lo que haga falta. Necesitan dar un escape a sus miserables vidas. Es penoso. Lamentable. Para echarse a correr. Y lo más gracioso de todo esto es la impunidad: una salvajada cometida a oscuras, o arropada por la masa, queda impune. Y a veces los castigos todavía son más injustos.

Las manadas suelen ser peligrosas. Y muy aptas para los débiles y demagogos.

—No lo entiendo. ¿Qué quiere decir?

—Es muy sencillo. Y no me voy a salir de Metamorfosis: en estas transformaciones que se hacen en el libro de Ovidio, con la finalidad, a veces, de salvar a una ninfa, siempre es la ninfa, víctima inocente, quien carga con la culpa que no ha cometido, en tanto el culpable se queda igual. Le vuelvo a decir que la mitología es una fuente inagotable de enseñanzas. Una ninfa, Dafne, no quiere tener relaciones con nadie, a nadie da esperanzas, a nadie engaña; pero Apolo la desea, y corre tras ella para violarla. Dafne pide ayuda a los dioses, y es transformada en árbol. ¿Qué le pasa a Apolo, que es el verdadero culpable? Nada. No le sucede nada. De hecho, olvidada Dafne, corre, como el rijoso que es, tras otras ninfas. Lo mismo sucede con la ninfa Siringa y con Pan. Aquélla es transformada en unas cañas huecas, la flauta, en tanto que éste sigue correteando por ahí y asustando a las mujeres. Parece que la poesía no es complementaria de la filosofía. De hecho, la contradice.

—Me parece muy interesante cuanto está usted diciendo. Me trae a la memoria cierto pasaje del Ingenioso hidalgo… pero citado ahora sería salirnos del tema. Creo. Y a mí me interesa el sentido de la justicia. ¿Innato o no?

—Yo no se lo sé decir, querida amiga. No lo sé. El hombre es bastante miserable y mezquino. Ahí tiene usted a un partido político, en el país más rico del mundo, que va a privar a veintitrés millones de personas de asistencia sanitaria. ¿Y por qué? Por el dinero, por las ganancias… de pena. Creo que hay que buscar al hombre íntegro tal como hacía Diógenes. Y dudo que diéramos con él.

—No sé. Tal vez tenga razón. Desde luego en un campo de fútbol no lo hallaríamos.

—Las manadas suelen ser peligrosas. Y muy aptas para los débiles y demagogos. Ambos dañan impunemente, e impunemente cometen injusticias.

Vicente Adelantado Soriano Vicente Adelantado Soriano

Investigador y docente español. Doctor en filología española. Es profesor de secundaria en Valencia. Textos suyos han sido publicados en LiceusBiblioteca Virtual Miguel de CervantesLong Island al DíaTodas las Artes Argentina e Isidora. También tiene escritas varias novelas y muchos cuentos. Actualmente se está preparando una edición de su novela Los amores imposibles de Agustín Martínez. Intervino en la redacción del libro Història de la literatura de Valencia, escrito por el doctor Josep Lluís Sirera. Participó en el Simposium de Teatro Medieval de Elche (2004). Está dedicado a la enseñanza del latín y a la lectura de las obras clásicas.

Sobre la hospitalidad

Sobre la hospitalidad

Luis García Montero

Publicada el 05/08/2018

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Para empezar a ser un yo bueno o un nosotros bueno necesitamos la ayuda de Nadie, la conciencia sentimental de ser un don Nadie. El ser humano se hace a través de una experiencia, de una educación, que puede conducirlo a la bondad o pervertir su corazones, esos que se hacen y se deshacen a lo largo de una misma vida. De ahí que convenga ponerse sobre aviso, crecer hacia fuera y hacia dentro, saber que acabaremos relacionándonos con el mundo de forma parecida a la que hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos.

En mi diálogo con Antonio Machado, o con Juan de Mairena, recuerdo hoy esta palabras: “Sed modestos: yo os aconsejo la modestia; o, por mejor decir: yo os aconsejo el orgullo modesto, que es lo español y lo cristiano. Recordad el proverbio de Castilla: Nadie es más que nadie. Esto quiere decir cuánto es difícil aventajarse a todos, porque, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.

Machado nos permite, así como si nada, meternos en todo. Después de leerlo y citarlo se deben pronunciar con cautela palabras como ciudadanía, pasaporte, frontera, política, ley y extranjería. Con frecuencia se nota que don Antonio fue por tradición familiar discípulo de la Institución Libre de Enseñanza y de Francisco Giner de los Ríos. Juan Ramón Jiménez también recibió la herencia de Giner y de la Institución. Cuando visitó por primera vez Nueva York, admirado ante la modernidad de los rascacielos, sintió que en el espectáculo de lo alto y lo ancho era peligroso olvidarse de crecer por dentro.

En cuento uno se descuida, los pliegues íntimos de la conciencia se llenan de alambradas con púas dispuestas a sangrarnos. Y esto es un problema serio en un mundo lleno de descuideros dispuestos a robarnos lo mejor de nosotros mismos.

Cuando murió Giner de los Ríos, en febrero de 1915, Antonio Machado era un orgulloso y modesto profesor de francés en el Instituto de Baeza. Allí escribió un emocionante elogio del maestro. Definió toda su filosofía y su vocación pedagógica en dos versos: “Sed buenos y no más, sed lo que he sido / entre vosotros: alma“.

Se trata de ser buenos, nada más y nada menos, en la conciencia de que nadie es más que nadie, o de que detrás de un yo bueno o un nosotros bueno está la memoria de que somos unos don nadie, porque por mucho que un ser humano concreto valga, con su pasaporte y su carta de ciudadanía, nunca tendrá valor más alto que el de ser humano.

En medio de todas las sutilezas y las complejidades sociales, vivimos en un mundo político en el que el dilema principal, nuestro ser o no ser democrático, se sitúa en la bondad. Los movimientos migratorios se producen en un escenario marcado por las desigualdades y los desamparos que ha generado otra vez la avaricia neoliberal. Hacerse rico puede ser difícil, pero sale muy barato en una realidad en la que el Estado pierde su fuerza equilibradora. La vida global nos conmueve en sus catástrofes, porque son un espectáculo terrible, pero no genera identidades y sentimientos de pertenencia que inviten a la solidaridad.

Resulta más normal que los de abajo, los desamparados por su propia gente, miren con miedo la llegada del extranjero. El desprecio al otro no sólo es una reacción frente al que desea sobrevivir en un mundo de necesidades y competencias, sino una excusa para sentir que formamos parte de una identidad, un nosotros, aunque ese nosotros tienda a maltratarnos en la vida diaria. Nada mejor que un negro para consolidar la pertenencia a un mundo blanco.

La situación social es muy difícil, vivimos una hora de descomposición que van a utilizan los descuideros para robarnos la bondad. Es un tiempo de Herodes. Algunas consignas políticas, falseando cifras y manipulando los problemas reales, son verdaderas fábricas de malas personas, almas que no se conmueven ni siquiera con la muerte, esa realidad trágica que nos hermana a todos los humanos en la conciencia de que no somos nadie.

La poesía no procura un acto de ingenuidad, sino de conciencia. Cuando uno escribe y cuenta su vida, aprende que el yo biográfico es distinto del personaje literario. El poema sólo funciona cuando es habitado por el otro; y el personaje literario, al quitar anécdotas biográficas, permite que el lector de un poema de amor no piense en la novia o el novio del poeta, sino en su propio amor, en el ser con el que siente y consiente. Escribir supone un acto de hospitalidad, que nos hace mejores porque nos obliga a descubrir lo que hay de los demás en nosotros mismos. Uno empieza utilizando una máscara, pero poco a poco, en los buenos poetas, el yo biográfico se va pareciendo al personaje literario, confundiéndose, complementándose, como llegaron a complementarse Antonio Machado y Juan de Mairena.

Contra el vendaval de la maldad, conviene buscar la bondad. Si empezamos a representarla, es muy posible que acabemos por sentirla, por asumir la bondad. Esa es la tarea de la educación y de las leyes, obligarnos a representar, a respetar valores ajenos, hasta que la costumbre los hace nuestro. Primera lección: por mucho que un ser humano valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser humano.