Antoine de Saint-Exupéry, el aviador soñador

 Antoine de Saint-Exupéry, el aviador soñador

El autor de El Principito nació tal día como hoy de 1900.

 María 

Antoine de Saint-Exupéry

Nacido en una familia aristocrática de la ciudad de Lyon, Antoine de Saint-Exupéry pasó una infancia feliz. No fue un alumno destacado en su juventud. Fracasó en la escuela naval, luego estudió artes y arquitectura, y finalmente se hizo piloto tras realizar el servicio militar en 1921, en Estrasburgo.

Saint-Exupéry solía volar en la ruta postal Toulouse-Dakar. En varias ocasiones, el piloto debió negociar con fuerzas marroquíes que habían tomado a aviadores caídos como prisioneros. Gracias a esta labor, el gobierno francés lo condecoró con la medalla de la Legión de Honor.

Saint-Exupéry inició su carrera como escritor el año que fue enviado a Argentina como piloto. Su primer novela corta se tituló El Aviador y fue publicada en una revista literaria. Alcanzó el reconocimiento público en 1931, cuando escribió Vuelo nocturno, una obra en la que plasmó sus experiencia como piloto y directo de la aerolínea argentina. Con esa novela ganó el Prix Femina, un afamado galardón literario en Francia.

Durante su vida, el piloto francés se estrelló en numerosas ocasiones. La más conocida es la del 30 de diciembre de 1935, cuando cayó en el desierto del Sahara. Él y el mecánico aviador André Prévot sobrevivieron milagrosamente a la colisión, pero se quedaron rápidamente sin agua. Sus suministros les duraron sólo un par de días; debido al intenso calor del desierto, sufrieron alucinaciones y estuvieron al borde de la muerte. Fueron rescatados por un beduino al cuarto día de su desventura.

Le Petit Prince, en español, El principito, fue sin lugar a dudas su libro más famoso. Un narración poética ilustrada –por el propio autor en su primera edición– en el cual relata su infortunio ya que quedó varado en medio del desierto, donde conoce al principito, un niño proveniente de un pequeño asteroide que con el tiempo se vuelven amigos.

Fue escrito durante la estancia de 27 meses de Saint-Exupéry en Estados Unidos, donde se exilia en 1940 con la idea de convencer al gobierno norteamericano de que apoyase a Francia en su lucha contra los nazis, luego del armisticio entre ambos países.

Pocos meses después de la publicación de El Principito en Estados Unidos (en Francia debió ser publicado oficialmente en 1946, después de su liberación de Alemania), Saint-Exupéry fue llamado a una misión militar de las Fuerzas Francesas Libres. Su salud estaba ya muy deteriorada a raíz de los anteriores accidentes aéreos que había sufrido.

nacías, Antoine de Saint-Exupéry, y contigo nació la belleza, la inocencia y la magia. Tu desaparición fue un misterio, pero sabemos que estás en todas las rosas y corazones. Me pregunto si todas las estrellas se iluminan porque tú estás en ellas.

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”Cómo llenarte, soledad…” por Luis Cernuda

Poetas Hispanos

POESÍA

”Cómo llenarte, soledad…” por Luis Cernuda

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Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.

Luis Cernuda

http://poetashispanos.net/magazine/como-llenarte-soledad-2/

NUESTRO CEREBRO ESTÁ HECHO PARA AMAR LA POESÍA (INCLUSO ANTES DE ENTENDERLA)

NUESTRO CEREBRO ESTÁ HECHO PARA AMAR LA POESÍA (INCLUSO ANTES DE ENTENDERLA)

MARZO 28, 2018 POR FAENA ALEPH

http://www.faena.com/aleph/es/articles/nuestro-cerebro-esta-hecho-para-amar-la-poesia-incluso-antes-de-entenderla/

Un estudio científico demuestra que el cerebro humano asimila la música del discurso poético antes de comprender su significado literal.

La poesía genuina puede comunicar antes de ser entendida.

—T.S. Eliot

Siempre supimos que la poesía es dueña de un poder inconmensurable y misterioso. Y a pesar de que, para muchos, esta clase de expresión requiere conocimientos previos para ser entendida a cabalidad, basta con leer una pieza lírica poderosa para que nuestras emociones e imaginación se vean sacudidas, por decir lo menos. Esto tiene ahora una explicación.

Recientemente, el psicólogo Gillaume Thierry de la Universidad de Bangor en el Reino Unido realizó un estudio que demostró por primera vez de manera científica que la poesía, más específicamente su cualidad musical, es captada por el cerebro humano de manera inconsciente, antes de que su significado literal sea asimilado. Esto implica que las propiedades rítmicas y armónicas del discurso poético estimulan partes inconscientes de nuestra mente, y no sólo eso, también implica la existencia (tantas veces descrita por tantos poetas) de una estrecha relación entre la intuición y esta forma de arte.

El estudio de Thierry, publicado en el diario Frontiers in Psychology, registró las respuestas electrofisiológicas cerebrales de un grupo de sujetos cuando estos fueron expuestos aleatoriamente a una forma poética tradicional galesa conocida como Cynghanedd. Todos ellos eran hablantes nativos del galés que no tenían conocimiento de dicha poesía. El procedimiento implicó que los participantes escucharan oraciones enteras de un poema y posteriormente indicaran si el segmento era aceptable o no (en términos auditivos). Sin ser capaces de explicar el porqué de sus respuestas, la gran mayoría calificó como aceptables aquellas oraciones que seguían las reglas de dicha forma lírica.

En términos generales, a través del estudio se entendió que los cerebros de los sujetos estudiados detectaban cuando ciertas repeticiones de consonantes o vocales en el poema debían estar ahí o no, es decir, anticipaban lo que seguía de manera inconsciente, como si las reglas poéticas fueron parte de un inconsciente arquetípico —todo esto segundos antes de entender lo que las palabras del poema significaban.

Durante la prueba, Thierry y su equipo también estudiaron lo que en psicología se conoce como el “potencial relacionado con evento” o ERP de los participantes; este término podría definirse como la respuesta cerebral (en términos fisiológicos) ante un evento sensorial específico, en este caso la poesía. Así, se descubrió que en los sujetos estudiados el ERP se daba fracciones de segundo después de escuchar la última palabra del enunciado, sólo cuando éste incluía las repeticiones de consonantes y los patrones de acentuación característicos de los Cynghanedd, y no cuando el fragmento no tenía dichas características. Es curioso que estas respuestas cerebrales se dieron, incluso, cuando los participantes no podían identificar qué fragmentos seguían las reglas y cuales no, o cuáles eran aquellos que los estimulaban.

“La poesía es un tipo particular de expresión literaria que transmite sentimientos, pensamientos e ideas acentuando las restricciones métricas, la rima y la aliteración”, explica Thierry y esto refleja que el sonido, por sí mismo, es portador de un significado implícito. El estudio también recuerda la magia inexplicable que tiene la poesía y nos recuerda por qué aprenderla y enseñarla es tan importante. Finalmente,  los resultados de estas pruebas indican que la mente human puede ser inspirada y estimulada, incluso cuando la fuente del estímulo es desconocida, lo que explica por qué nuestro cerebro ama la poesía, incluso antes de poder explicarla.

Imagen: Reading a Letter from the Front, Takeuchi KeishuPublic Domain.

 

El “San Manuel Bueno, mártir” de Unamuno: vivir en la duda

https://elvuelodelalechuza.com/ 

El “San Manuel Bueno, mártir” de Unamuno: vivir en la duda

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En el pensamiento de Miguel de Unamuno, el conflicto se apodera de todo, incluso de nuestras palabras, de nuestra sintaxis y de nuestras normas de expresión. A no tardar mucho se estrenará la película de Alejandro Amenabar sobre Unamuno. Seguro que la cinta traerá mucha polémica y los dimes y diretes más destemplados invadirán las redes y los espacios culturales. Quisiera antes de que estalle la tormenta centrarme en la que considero obra cumbre del bilbaíno inmortal, o salmantino eterno: San Manuel Bueno, mártir.

Esta pequeña pero intensa nivola viene a recoger lo que Unamuno trató de exponer durante décadas. Bien que puede servir de epílogo a su obra toda, de resumen o conclusión. En sus novelas, a través de sus personajes, don Miguel expone de manera directa y concreta los muchos pensamientos que le atenazaban. Nunca vio con buenos ojos la tendencia a la abstracción en la filosofía. En su obra literaria es donde se sentía mejor exponiendo sus reflexiones. En las novelas cobraban vida esos pensamientos, mejor que enlazar una parrafada tras otra.

El Unamuno de El sentimiento trágico de la vida y de La agonía del cristianismo es un pensador intenso y abigarrado, hasta apocalíptico por la desesperación tremenda que destila; pero el de NieblaSan Manuel o El Cristo de Velázquez es un hombre descarnado que muestra el interior de su alma.

El bueno de don Manuel no quiere formar parte de la élite eclesiástica. Quiere ser fondo, base y suelo de la misma y atender allí a los del fondo, a los del suelo, a los de la base. Se puede extender y concretar la fe en Cristo sin una élite de dignatarios, y sobre todo, sin dogmas ni lógicas teológicas. Son las necesidades básicas y concretas del hombre, como el alimento y la ropa, también el trabajo, lo básico de la vida humana –la redundancia aquí es importante–. También son básicos el afecto, la atención, la escucha, el compromiso y el cariño a las buenas gentes, que se hacen mejores personas cuando son tratadas con educación, respeto, sensibilidad y afecto.

No usa el cura los sermones para alimentar la fe de los feligreses del pueblo; tampoco para atacar a los supuestos contrarios del cristianismo. Prefiere centrarse en los problemas cercanos y cotidianos de los habitantes de su villa y hacer todo lo posible para que convivan pacífica y soportablemente. No se trata de atizar con la culpa; se trata de responsabilidad, de hacerles partícipe de la corresponsabilidad que todos tienen para con todos por el hecho de compartir una vida, una existencia. Y no se trata, finalmente, de hacer milagros, de que todo sea misterio, sino de ayudar y de aportar activamente a la comunidad.

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Y es que el cura párroco de Unamuno predica con el ejemplo. Lo que la gente ve, lo que el pueblo siente, es que está acompañado y no se siente atacado por un inquisidor, un moralista o un dogmático puntilloso de la palabra escrita, de la palabra muerta. El cura no pontifica, es un hombre de acción que se faja día a día con su gente. Un cura que no se esconde detrás del púlpito o del latín. Sabe sacrificarse por los demás, y no de palabra, sino con hechos concretos. Un cura que se arremanga y echa una mano en el campo; que está a favor del médico y su ciencia; del maestro y su enseñanza, ayudando a que ambos realicen su labor en las mejores condiciones posibles.

Don Manuel, como don Miguel –quizás porque sean una y la misma persona–, hace bueno aquello del primum vivere, deinde philosophari. Y claro está, don Manuel es una eminencia, una autoridad en su pueblo. Y como nos explicará Gadamer algunas décadas después, no es una autoridad de sumisión, sino una autoridad de reconocimiento: el prestigio moral de don Manuel está cimentado en que hace siempre el bien y lo correcto para las gentes de su pueblo. La gente capta con meridiana claridad que el cura está con ellos, que es parte de ellos, y que sólo quiere lo bueno para ellos. Claro está que el pueblo no sabe lo que late en el interior del alma del mártir, eso sólo lo sabe la dulce Ángela:

“Lo primero –decía– es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es todo. Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera”.

La gente es lo primero, va antes que todo lo demás. No hay uno sin los demás. No hay vida propia si los demás no viven. Nadie es una isla y aunque tengamos una cuota de individualidad personal irrenunciable, ésta no puede ser si no es participando de una cuota social. Y en el caso de nuestro cura la cuestión se hace radical: don Manuel antepone el bien de su gente antes que el suyo propio. Y dice: “¿Cómo voy a salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?”, o “Yo no puedo perder a mi pueblo para ganarme el alma”.

Aquí enlazamos con otra de las constantes unamunianas sobre el tema religioso, no exenta de polémica. La religión como servicio a la gente está íntimamente relacionada a la religión como consuelo del pueblo. La gente tiene que creer por tranquilidad y consuelo, por estabilidad psíquica personal y grupal. Creer en creencias infantiles e ingenuas, de buenos y malos, de cielos e infiernos procura felicidad y esperanza al común de los mortales. Tienen que creer en este sentido, porque este sentido es estabilidad, es cordura y salud mental individual y colectiva. El pueblo ha de creer en lo absurdo tranquilizador y dejar que los héroes quijotescos se enfrenten a los demonios y a los dioses de la verdad verdadera.

Su sacrificio está justificado, piensa el cura, piensa Unamuno. Mantener este statu quo tiene un precio, porque el orden no viene porque sí, y ese pago no tiene que hacerlo todo el pueblo. Es el servicio que hacen los héroes para con el resto de las personas, es el papel de los mártires dentro del mundo, el papel del párroco y también, en cierta medida, el papel de los hermanos Carballino.

Los héroes y los mártires no mantienen esta ilusión por crueldad, no mantienen este engaño por beneficio propio. Don Manuel –don Miguel– tiene razones de peso para apoyar la idea de la religión como consuelo. La filosofía despierta y la religión consuela: hay aquí una típica relación trágica y agónica unamuniana. La filosofía nos muestra, descarnada, el problema de la inmortalidad y la religión trata de consolar la profunda pesadumbre y desesperación que proporciona este descubrimiento.

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El cura no tiene fe, no cree en lo que predica. Está vaciado, desfondado por dentro y tiene miedo, a morir, a no resucitar, a que la gente sepa lo que él sabe. Esa es su verdad, ese es su miedo: que no hay nada después de esto. La muerte es el fin y nada más que el final de todo. Esta es la razón de peso, este es el latido interior del buen párroco. Por esto entienden don Miguel y don Manuel que hay que ayudar al moribundo, consolándolo. Y esa mentira es piadosa, no cruel: Unamuno da más importancia a la intención bondadosa del que miente que a la mentira en sí, que está completamente justificada. La sociedad está moribunda. En cierto sentido, sólo nacemos para morir.

Nacemos moribundos, con el tiempo en nuestra contra, sin garantías de inmortalidad. La vida es un camino golgótico, que no quede duda. Y el curita párroco de Valverde de Lucerna trata a todos los mortales como moribundos, con delicadeza y dulzura. Unamuno entiende que la gente, el común de los mortales, no quiere saber que va a morir y pide realmente que se le mienta. El episodio de Lázaro (“el progre” que vuelve de las Américas) y su comunión confirma todo esto: el hermano no se confiesa porque crea, sino para contentar a la sociedad viva y moribunda, para apaciguarla, para que no sufra, para que viva tranquila al comprobar que es cierto eso de que dos más dos siguen siendo cuatro.

Hay aquí, en la obra toda de Unamuno, una revuelta, un revolcón, un giro de esos copernicanos: uno no se convierte y luego cree; es al contrario. Hay que obligarse a creer para poder convertirse. Don Manuel no cree, él quiere creer, pero no le sale, en su interior no cree en absoluto. Pero le ha sido encomendada una misión, el mismo Dios en el que no cree le ha encomendado cuidar de un grupo de personas. Y él se ha comprometido con ese Dios en el que no cree a cuidarlos. ¡Y por Dios que los cuidará y consolará!

La verdad rotunda de la muerte segura y de la inseguridad incierta de la inmortalidad; la verdad de que nacemos para morir es tremenda y, así lo entiende Unamuno –y su don Manuel–, insoportable para la mayoría de las personas:

“–¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella.

–Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan.

–Déjalos, pues, mientras se consuelen. Vale más que lo crean todo, aun cosas contradictorias entre sí, a que no crean en nada”.

Hay dos reinos en este mundo, en este de aquí: el del más acá del consuelo y la mentira piadosa, el mundo que necesita de la presencia constante de la religión; y el del más allá, el de la verdad, el de la filosofía agónica y desesperada. Y es el papel de los héroes, de los mártires y los santos encajar los golpes de la existencia y que su vida sin tacha sirva de ejemplo al resto, les sirva para que acepten la cara más amable del sentido de la vida.

“Y hasta nunca más ver, pues se acaba este sueño de la vida…”

Cinco poemas para recordar a Lorca

ABC CULTURA

El poeta, fusilado en los primeros compases de la Guerra Civil, está reconocido como uno de los mayores expnentes de las letras españolas. ABC comparte cinco poesías imprescindibles para entender al autor granadino.

Cinco poemas para recordar a Lorca

1. Lorca, una vida

Cuando Federico García Lorca perdió la vida, ante un pelotón de fusilamiento en el camino granadino que lleva de Víznar a Alfacar, las letras españolas se quedaron sin uno de sus grandes referentes. Para ese momento el creador había legado una prolija obra entre la que se contaban poemas, obras de teatro o canciones.

A día de hoy, ya 120 años después de su nacimiento, el poeta sigue siendo igual de recordado que siempre. Buena prueba de ello son los distintos homenajes que recibió este fin de semana en la Feria del Libro. Ahora, en ABC, recordamos 5 de sus poemas. Creaciones imprescindibles para entender la obra y la personalidad del difunto autor.

2. Largo espectro de plata conmovida

Largo espectro de plata conmovida. Para escribir como lo hacía Federico García Lorca sólo cabe haberse embebido de los clásicos como muestra y demuestra en este soberbio soneto.

Largo espectro de plata conmovida…

Largo espectro de plata conmovida

el viento de la noche suspirando,

abrió con mano gris mi vieja herida

y se alejó: yo estaba deseando.

Llaga de amor que me dará la vida

perpetua sangre y pura luz brotando.

Grieta en que Filomela enmudecida

tendrá bosque, dolor y nido blando.

¡Ay qué dulce rumor en mi cabeza!

Me tenderé junto a la flor sencilla

donde flota sin alma tu belleza.

Y el agua errante se pondrá amarilla,

mientras corre mi sangre en la maleza

mojada y olorosa de la orilla.

3. Al oído de una muchacha

Al oído de una muchacha. Es muy complicado crear tanta y tan sencilla belleza en tan pocos versos, solo siete.

No quise.

No quise decirte nada.

Vi en tus ojos

dos arbolitos locos.

De brisa, de risa y de oro.

Se meneaban.

No quise.

4. El poeta habla por teléfono con el amor

El poeta habla por teléfono con el amor. Por supuesto que Federico García Lorca fue una gran conocedor de las vanguardias, como queda claro en este título tan original. Pero en él, como en pocos, se cumple la frase clásica: «Lo que no es tradición, es plagio».

Tu voz regó la duna de mi pecho

en la dulce cabina de madera.

Por el sur de mis pies fue primavera

y al norte de mi frente flor de helecho.

Pino de luz por el espacio estrecho

cantó sin alborada y sementera

y mi llanto prendió por vez primera

coronas de esperanza por el techo.

Dulce y lejana voz por mí vertida.

Dulce y lejana voz por mí gustada.

Lejana y dulce voz amortecida.

Lejana como oscura corza herida.

Dulce como un sollozo en la nevada.

¡Lejana y dulce en tuétano metida!

5. Lucía Martínez

Lucía Martínez. Hay que ser un genio para llamar a un poema con tan sólo un nombre y un apellido. Y cantarle así, con el corazón henchido, a cualquier chica del pueblo.

Lucía Martínez.

Umbría de seda roja.

Tus muslos, como la tarde,

van de la luz a la sombra.

Los azabaches recónditos

oscurecen tus magnolias.

Aquí estoy, Lucía Martínez.

Vengo a consumir tu boca

y a arrastrarte del cabello

en madrugada de conchas.

Porque quiero y porque puedo.

Umbría de seda roja.

6. Oda a Walt Whitman

Por el East River y el Bronx

los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,

con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.

Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas

y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,

ninguno quería ser el río,

ninguno amaba las hojas grandes,

ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough

los muchachos luchaban con la industria,

y los judíos vendían al fauno del río

la rosa de la circuncisión

y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados

manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,

ninguno quería ser nube,

ninguno buscaba los helechos

ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga

las poleas rodarán para tumbar el cielo;

un límite de agujas cercará la memoria

y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,

Nueva York de alambres y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?

¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?

¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,

he dejado de ver tu barba llena de mariposas,

ni tus hombros de pana gastados por la luna,

ni tus muslos de Apolo virginal,

ni tu voz como una columna de ceniza;

anciano hermoso como la niebla

que gemías igual que un pájaro

con el sexo atravesado por una aguja,

enemigo del sátiro,

enemigo de la vid

y amante de los cuerpos bajo la burda tela.

Ni un solo momento, hermosura viril

que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,

soñabas ser un río y dormir como un río

con aquel camarada que pondría en tu pecho

un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,

hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,

porque por las azoteas,

agrupados en los bares,

saliendo en racimos de las alcantarillas,

temblando entre las piernas de los chauffeurs

o girando en las plataformas del ajenjo,

los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan

sobre tu barba luminosa y casta,

rubios del norte, negros de la arena,

muchedumbres de gritos y ademanes,

como gatos y como las serpientes,

los maricas, Walt Whitman, los maricas

turbios de lágrimas, carne para fusta,

bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos

apuntan a la orilla de tu sueño

cuando el amigo come tu manzana

con un leve sabor de gasolina

y el sol canta por los ombligos

de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,

ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,

ni la saliva helada,

ni las curvas heridas como panza de sapo

que llevan los maricas en coches y terrazas

mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,

toro y sueño que junte la rueda con el alga,

padre de tu agonía, camelia de tu muerte,

y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite

en la selva de sangre de la mañana próxima.

El cielo tiene playas donde evitar la vida

y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.

Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo

por vena de coral o celeste desnudo.

Mañana los amores serán rocas y el Tiempo

una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero,

ni contra los solitarios de los casinos

que beben con asco el agua de la prostitución,

ni contra los hombres de mirada verde

que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos

gotas de sucia muerte con amargo veneno.

Contra vosotros siempre,

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de la Habana,

Jotos de Méjico,

Sarasas de Cádiz,

Ápios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,

abiertos en las plazas con fiebre de abanico

o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno.

¡No haya cuartel! ¡Alerta!

Que los confundidos, los puros,

los clásicos, los señalados, los suplicantes

os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson

con la barba hacia el polo y las manos abiertas.

Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando

camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.

Duerme, no queda nada.

Una danza de muros agita las praderas

y América se anega de máquinas y llanto.

Quiero que el aire fuerte de la noche más honda

quite flores y letras del arco donde duermes

y un niño negro anuncie a los blancos del oro

la llegada del reino de la espiga.

Fuente y enlace a la publicación original:

http://www.abc.es/cultura/libros/abci-cinco-poemas-para-recordar-lorca-201806050304_noticia.html

 

 

El republicanismo de Antonio Machado

El republicanismo de Antonio Machado

Gustavo Buster

25/02/2018.

Poética machadiana en tiempos convulsos: Antonio Machado durante la república y la Guerra Civil

Francisco Morales Lomas

Ed. Comares, Granada, 2017

“Yo no me hubiera marchado, estoy viejo y enfermo. Pero quería luchar al lado vuestro. Quería terminar una vida que he llevado dignamente, muriendo con dignidad. Y esto solo podría conseguirlo cayendo a vuestro lado, luchando por la causa justa como vosotros lo hacéis”. (24 de noviembre de 1936, en el Cuartel del V Regimiento, horas antes de salir de Madrid para Valencia)

A un año del 80 aniversario de “La Retirada” y de la muerte de Antonio Machado en Collioure, se ha publicado un libro esencial para entender el trasfondo filosófico y político de su obra poética, ensayista y pedagógica. Con los años, Antonio Machado se ha convertido en un icono moral de la dignidad, del “hombre bueno”.

Pero el personaje real tuvo que enfrentarse a las contradicciones y desafíos históricos de la larga decadencia final de la primera restauración borbónica, las ilusiones e insuficiencias de la proclamación de la II República, su crisis y la revancha de las derechas en el “Bienio Negro”, con la reacción defensiva de las izquierdas en 1934 y, finalmente, las esperanzas rotas de la victoria del Frente Popular y la movilización popular contra el golpe de estado militar del 18 de julio de 1936 (la “Tercera República”, como la calificará Machado). Y lo hizo con las herramientas políticas de un republicanismo que se ira modelando ante las circunstancias y a contrapelo de gran parte de su generación intelectual, marcada por el regeneracionismo krausista. El hilo que recorre el libro de Francisco Morales Lomas es esta evolución personal y pública, desde un republicanismo elitista a un republicanismo popular, consecuencia de la experiencia personal de Antonio Machado sobre el sujeto del cambio social.

Nacido en el seno de una familia liberal sevillana en 1875, asentada después en Madrid, educado en la Institución Libre de Enseñanza, Antonio Machado había escrito una parte sustancial de su obra cuando firmó el 11 de febrero de 1926 el Manifiesto de la Alianza Republicana, impulsado por Manuel Azaña, que proponía el fin de la Dictadura de Primo de Rivera y la abolición de la monarquía, en una prosa que sigue pareciendo actual:

“¿Qué obra de gobierno consideramos como fundamental y mínima? Primero: El restablecimiento de la legalidad por la convocatoria de unas Cortes Constituyentes… Segundo: Una ordenación federativa del Estado, reconociendo la existencia de diferentes personalidades peninsulares. Tercero: Solución inmediata del problema de Marruecos. Cuarto: Nivelación del presupuesto, transformando totalmente el tipo y la especie de los impuestos, y la aplicación y volumen de los gastos. Quinto: Creación de la cantidad de escuelas indispensables para resolver de una vez y sumariamente el problema de la enseñanza primaria. Sexto: Supresión de censos y foros… Séptimo: Preparación adecuada del Estado para todas aquellas intervenciones y facilidades a la asociación de elementos productores, para todas aquellas iniciativas por cuya colaboración ambas fuerzas, el Estado y la Sociedad, hagan leal y prácticamente posible la realización del programa mínimo de las actuales aspiraciones del proletariado. (…) Nos hemos unido y prometemos solemnemente no separarnos hasta que la obra señalada se cumpla en su totalidad”.

Un año más tarde sería elegido miembro de la Real Academia Española (“un honor al cual no aspiré nunca”), sillón del que no llegó a tomar posesión.

En Segovia, donde era profesor de instituto de francés, Antonio Machado fue también la principal figura pública del republicanismo. El 14 de febrero de 1930 coordino y presentó un acto de la Agrupación al Servicio de la República con la participación de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala. Un año más tarde, el 14 de abril de 1931 le correspondió proclamar el advenimiento de la II República e izar la bandera tricolor desde el balcón del ayuntamiento de Soria (“Fuimos unos cuantos republicanos platónicos los encargados de mantener el orden y ejercer el gobierno interino de la ciudad…”).

Trasladado a Madrid en enero de 1932 “para la organización del Teatro popular” de las Misiones Pedagógicas, Antonio Machado vivió con angustia los primeros pasos del nuevo régimen, enfrentado a la resistencia abierta de las clases dominantes y las instituciones heredadas de la monarquía, que provocaron un incremento progresivo de la tensión social y la frustración de las clases populares. El intento de aplicar el programa de reformas democráticas del Manifiesto de la Alianza Republicana (la reforma agraria, la separación del estado y la iglesia, la modernización del ejército, el debate sobre el Estatuto de Cataluña) acabaría provocando el “cuartelazo” del 27 de junio de 1932 de los generales Goded, Caballero y Villegas y el fracasado golpe de estado el 10 de agosto del general Sanjurjo. En medio de estas tensiones, el balance que hace Antonio Machado de la situación es de una necesaria moderación, con una clara animadversión hacia las reivindicaciones de los republicanos catalanes (“el Estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable…”), a pesar de que el Partit Republicà Català había sido uno de los componentes de la Alianza Republicana.

La derogación el 4 de agosto de 1933 de la Ley de Defensa de la República y la caída subsiguiente del gobierno Azaña, sustituido por el gobierno de transición de Lerroux hasta las nuevas elecciones de noviembre de aquel año, solo confirman los peores presentimientos de Antonio Machado (“Aquellos partidos políticos que (…) se amparaban bajo el paraguas de la República y la utilizaban como si se tratara de un caballo de Troya”). Su apócrifo Abel Martín pronuncia sus “Ultimas lamentaciones” y muere (“quién se vive se pierde…”). No será el único en expresar ese pesimismo de las élites republicanas. Unamuno pide revisar la constitución y Ortega y Gasset disuelve la Agrupación al Servicio de la República. En este clima de bancarrota política de los partidos de la sobrepasada Alianza Republicana, se produce, tras las elecciones, la formación del gobierno de alianza entre la derecha republicana de Lerroux y la derecha reaccionaria de la CEDA de Gil Robles, acompañados por el Partido Agrario.

El centro-izquierda republicano había perdido el apoyo de los partidos obreros, que mediante la constitución de las Alianzas Obreras prepararon una respuesta defensiva independiente al giro reaccionario y a la entrada de la CEDA en el gobierno: la huelga general revolucionaria del 5 de octubre de 1934, que quedaría aislada en la insurrección de Asturias. De manera paralela e independiente, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó “el estado catalán dentro de la República Federal Española” el 6 de octubre. Azaña, que se encontraba en Barcelona para asistir al entierro de un amigo, será detenido el día 7 y recluido en un buque anclado en el puerto. La represión del ejército colonial, que provocó miles de muertos y 30.000 presos políticos, jaleada por el dirigente de la proto-fascista Renovación Española, José Calvo Sotelo, acentuó el giro a la derecha anti-republicano, dando la mayoría en el gobierno a la CEDA y al Partido Agrario, acentuando la polarización que se plasmaría en las elecciones de febrero de 1936.

La reacción de Antonio Machado, sobrepasado por los acontecimientos, es de completa desorientación política inicial, pero de paulatina reafirmación de los valores republicanos, en los que el nuevo sujeto social es de forma creciente el “pueblo”. Esta evolución la lleva a cabo públicamente su apócrifo Juan de Mairena, en una serie de reflexiones entre el 4 de noviembre de 1934 hasta el 24 de octubre de 1935 en el Diario de Madrid y, posteriormente, hasta el 26 de junio de 1936 en el diario El Sol, para acabar recogidas en el libro Juan de Mairena (Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo).

La comparación del Juan de Mairena con el “Prólogo para franceses” y el “Epílogo para ingleses”, escritos en 1937 por Ortega y Gasset para La rebelión de las masas, de 1930, permite hacerse una idea de la bifurcación de la intelectualidad republicana.  “¿Pueden las masas despertar a la vida personal?”, se pregunta Ortega, para responder a continuación con la vieja defensa oligárquica frente a la democracia plebeya. Pero Machado insiste tenaz, “que las masas entren en la cultura no creo que sea la degradación de la cultura, sino el crecimiento de un núcleo mayor de hombres que aspiran a la espiritualidad”. Y en el plano político presente en un debate que no quiere serlo, también conviene  poner sobre la mesa a Joaquín Maurín, el autor marxista más original de este período, y su La segunda revolución (1935), en la que se elabora un programa para la revolución democrática encabezada por la clase obrera en alianza con el campesinado.

A pesar de haberse anunciado inicialmente su participación, Antonio Machado no asistirá al primer congreso de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se celebra en Paris en junio de 1935 y que escenificará la bifurcación señalada. La intervención de Eugenio D’Ors obliga a Alvarez del Vayo, en nombre de la delegación española, a denunciarlo como un propagandista de la reacción proto-fascista que mantiene en la cárcel a miles de presos políticos.

Pero Machado entiende cual es la dinámica social en curso: “hoy lo fuerte es el bloque antimarxista, integrado por muchos millones de hombres que no han leído a Marx. Se llegará tal vez a una dictadura antimarxista, que engendrará luego un marxismo antidictatorial”.

La victoria del Frente Popular y la defensa de la República frente al golpe de estado militar del 18 de julio de 1936 le confirman definitivamente en su republicanismo popular: “Pero la traición fracasó dentro de casa porque el pueblo, despierto y vigilante, la había advertido (…) Surgió la Tercera República Española con el triunfo en las urnas del Frente Popular (…) Hoy la defiende el pueblo contra los traidores de dentro y los invasores de fuera, porque la República, que empezó siendo una noble experiencia española, es hoy España misma”.

Desde ese momento, Antonio Machado se colocará sin vacilaciones al servicio de ese pueblo, que representa no solo la esencia de España, sino que le da nueva vida en esa “Tercera República”, claramente diferenciada de la “Segunda”, fracasada por la incapacidad de las élites republicanas: “es el pueblo el que defiende el espíritu y la cultura (…) El fascismo es la fuerza de la incultura, de la negación del espíritu”. En su discurso de mayo de 1937, ante las Juventudes Socialistas Unificadas, dará un paso más allá: “Yo no soy marxista, no lo he sido nunca (…) veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto que supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia”.

En julio de 1937 participará desde la mesa presidencial en el II Congreso Internacional de Escritores y se adhiere a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, a la que no se había sumado en 1933. En “El poeta y el pueblo” puntualizará: “Desconfiar del tópico “masas humanas”. Muchas gentes de buena fe, nuestros mejores amigos, lo emplean hoy, sin reparar que el tópico proviene del campo enemigo: de la burguesía capitalista que explota al hombre (…) Mucho cuidado; a las masas no las salva nadie, en cambio siempre se podrá disparar sobre ellas”.

La evolución de la guerra, y en especial la política de no intervención de Gran Bretaña y Francia, acentuarán el antifascismo de Antonio Machado como la única versión realista del republicanismo. Su reacción a la intervención de Alvarez del Vayo ante la Sociedad de Naciones no puede ser más tajante: “La Sociedad de Naciones aparece como un instrumento en manos de los poderosos, que pretenden cohonestar, merced a ella, las mayores injusticias”.

En su última serie de artículos, “El mirador de la guerra”, con el antetítulo de “Mairena póstumo”, Antonio Machado intentará dar coherencia a su antifascismo, en buena parte adaptando los elementos ideológicos de toda su vida al discurso cultural imperante, cada vez más homogéneo, del gobierno Negrín, que llevaron a Juan Goytisolo a señalar sus limitaciones.

Pero lo determinante era ya su ejemplo moral, su compromiso, de ser uno más con el pueblo, aún,  o con más razón, en la derrota. Así llegará en “La Retirada”, en febrero de 1939, a Collioure, donde morirá tres semanas más tarde, el 25 de febrero.

Allí sigue, rodeado de banderas tricolores, símbolo del republicanismo español.

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Miembro del comité de redacción de Sin Permiso.

Fuente:

http://www.sinpermiso.info, 25 de febrero 2018.
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Lo que no entienden los candidatos mexicanos sobre migración

The New York TimesES

Lo que no entienden los candidatos mexicanos sobre migración

 Un grupo de migrantes de Centroamérica pasa por carteles de las campañas electorales en Hermosillo, México, el 21 de abril de 2018. CreditJohn Moore/Getty Images.

NUEVA YORK — Por primera vez en la historia electoral mexicana se dedicó un debate presidencial a temas de migración y fronteras. Los candidatos a la presidencia tenían una oportunidad ineludible: abundar sobre la posición de México en el mundo y sobre sus migrantes. Esto es un reflejo de la importancia que ha ganado la migración en la agenda mexicana e internacional en las últimas décadas y de la complejidad y urgencia que ha adquirido, especialmente en tiempos de Donald Trump. Hoy, la migración está al centro de la conversación pública en México. Ya era hora.

Sin embargo, fue un debate frustrante: ni Andrés Manuel López Obrador, de la coalición Juntos Haremos Historia, ni Ricardo Anaya, de Por México al Frente, ni José Antonio Meade, de Todos por México, ni el independiente Jaime Rodríguez Calderón ofrecieron respuestas específicas ni propuestas novedosas para tratar uno de los asuntos que el gobierno ha desatendido desde que en los noventa, en el contexto del TLCAN, comenzó un éxodo masivo de mexicanos a diferentes países del mundo, especialmente a Estados Unidos.

El domingo 20 de mayo hubo oportunidad para profundizar en las distintas aristas de la migración y la seguridad fronteriza, pero los candidatos no estuvieron a la altura de las expectativas: sus propuestas demostraron desconocimiento y falta de sensibilidad ante las comunidades migrantes y las organizaciones de la sociedad civil que llevan años llenando el vacío que ha dejado el gobierno mexicano. Han sido las organizaciones de la sociedad civil las que han elaborado diagnósticos, han empujando el tema en la agenda pública y han presentando proyectos de políticas públicas que los aspirantes a la presidencia deberían conocer y estudiar para responder a los retos actuales de la migración.

Todos los candidatos admitieron que hay una falta de coherencia —y, por lo tanto, una falta de autoridad moral— entre los derechos que exigimos para los mexicanos en Estados Unidos y la situación de vulnerabilidad de los migrantes y refugiados en México. Aunque sea una obviedad, es el primer paso que el gobierno mexicano debe tomar: dar a los migrantes que llegan a México lo mismo que se exige a Estados Unidos. Pero para ello, los candidatos tienen que ir más allá de las generalidades y diseñar leyes y mecanismos para que la política migratoria mexicana cumpla con el principio de proteger y promover los derechos de los migrantes, dentro y fuera del país.

López Obrador advirtió que es necesaria una visión a largo plazo sobre las causas estructurales de la migración: “La mejor política exterior es la interior”, dijo. Sí, hay que fortalecer la economía interna, combatir la pobreza y crear oportunidades de empleo digno para que las personas no tengan que salir “a buscarse la vida”. Esa es la realidad que los gobiernos anteriores han evadido, pero también es una visión estrecha: hay 36 millones de personas de origen mexicano fuera del país (el 98 por ciento en Estados Unidos) y, de ellas, casi 12 millones nacieron en México.

Aunque México lograra crear oportunidades económicas y las condiciones de seguridad necesarias para reducir la migración y promover el retorno, tenemos una diáspora de mexicanos. Así que solucionar todo con políticas locales del combate a la pobreza no es suficiente.

Es indispensable una política que responda a las necesidades de esos millones de mexicanos fuera del país, con protección consular, sí, pero también que atienda sus derechos sociales y económicos. La visión estructural que esbozó López Obrador también se queda corta si no se plantean estrategias para combatir la cultura de discriminación y racismo contra los migrantes: tanto los mexicanos en el exterior, los que regresan a México, así como los extranjeros que recorren o se quedan en el país enfrentan situaciones de exclusión y abuso por su apariencia, acento o por no tener papeles.

Al hablar de migración, refugiados y trata de personas, quedó claro que pese a que tenemos una Ley de Migración actualizada y apegada a los marcos internacionales, carecemos de la infraestructura para cumplirla. Por ejemplo, se habló durante el debate de la corrupción de la policía y de las autoridades migratorias mexicanas, pero no de cómo combatirla. López Obrador propuso trasladar el Instituto Nacional de Migración a Tijuana, pero sin explicar el razonamiento ni mencionar la necesidad de reformar la institución desde dentro.

Nuestra política de seguridad en la frontera es responsable de miles de deportaciones de personas que regresan a países donde corren peligro —como El Salvador, uno de los epicentros de mayor violencia del mundo—, pero ninguno de los candidatos cuestionó el actual modelo, el Programa Frontera Sur, enfocado en el endurecimiento del control de esa frontera, una estrategia de seguridad fronteriza que se extiende hasta Chiapas y está pensada desde Estados Unidos para detener el flujo de migrantes de Centroamérica. Al contrario, Ricardo Anaya celebró que ningún terrorista haya cruzado a Estados Unidos por la frontera de México y José Antonio Meade insistió en que tenemos que ser cuidadosos con los migrantes que son delincuentes. De este modo los candidatos reproducen un discurso que criminaliza a las personas que migran.

Hay mucho que aprender de la experiencia que se tiene en los consulados y la infraestructura que México ha desarrollado en Estados Unidos, Canadá y otros países. Todos los candidatos hablan de dedicarles más presupuesto, pero ¿para qué exactamente? López Obrador propuso convertir a los consulados en procuradurías de justicia, pero, ¿en qué sentido es distinto este esquema de la infraestructura de protección consular que ya tenemos?

La protección y defensa de los mexicanos que viven en condiciones precarias en Estados Unidos es una prioridad, pero se trata de una política reactiva, que ahora más que nunca responde al discurso antiinmigrante de la Casa Blanca. Por eso es necesario reconocer y discutir el otro lado de esa política: el empoderamiento de los migrantes en Estados Unidos (no solo los dreamers) y la necesidad de apoyarlos para fortalecer sus organizaciones comunitarias y de proveer mejores herramientas para que luchen por sus derechos: que tengan acceso a salud y educación; que se protejan sus derechos laborales; que obtengan la ciudadanía; que voten, y que su fuerza política y económica se reconozca para que logren transformar leyes en ambos lados de la frontera.

Cada contexto estatal en Estados Unidos es distinto, como acertadamente advirtió Meade, y por ello hay que enfocarse en estrategias a nivel local. Yo agregaría: hay que hacerlo en conjunto con la comunidad migrante y sus organizaciones. Anaya fue el único que se comprometió a dar representación en el Congreso a los migrantes y Meade también sugirió que es necesario trabajar con las iglesias; que, supongo, se refería a la extraordinaria red de albergues a lo largo de la ruta migratoria y a las congregaciones religiosas y activistas que se arriesgan a diario para ofrecer apoyo, sin recursos ni protección por parte del Estado.

El gobierno debe escuchar y forjar alianzas con las distintas organizaciones que están trabajando con los migrantes, dentro y fuera de México, para crear mejores estrategias que resguarden los derechos humanos de los migrantes. Es su experiencia la que debe dirigir los esfuerzos públicos mexicanos para diseñar una nueva política migratoria acorde con los tiempos.

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Alexandra Délano Alonso es profesora de Asuntos Globales en la universidad The New School y autora de “From Here and There: Diaspora Policies, Integration and Social Rights Beyond Borders”.

Enlace al artículo original:

https://www.nytimes.com/es/2018/05/24/opinion-delano-debate-elecciones-mexico-migracion/?action=click&clickSource=inicio&contentPlacement=2&module=toppers&region=rank&pgtype=Homepage