Humanos: Un ser humano nunca es ilegal

VERSO LIBRE

Humanos

Un ser humano nunca es ilegal

Luis García Montero

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Actualizada 29/08/2015

Escribo este artículo en un ordenador que tiene la pantalla rota. Las grietas se extienden por las palabras del mismo modo que una tela de araña sobre las caras en un espejo partido. Acepto la metáfora. Hay imágenes que lo ensucian todo, que lo parten todo, que deforman cualquier realidad. Por ejemplo la imagen del contenedor de un camión, en una carretera de Austria, con los cadáveres de 71 refugiados. Por ejemplo, un mar con cientos de ahogados.

Las catástrofes naturales suponen siempre una invitación al progreso. Necesitamos esperar del futuro los recursos y la voluntad para encauzar la dinámica de la vida, organizar la sociedad y hacer menos peligrosos los huracanes y los terremotos. Se trata de seguir avanzando, de ampliar lo que ya se tiene.

Las catástrofes de origen social, por el contrario, rompen el espejo y provocan una negación del progreso. Ya no se trata de afinar nuestros instrumentos, sino de quedarse en el aire, situados frente a frente con el vacío. Un campo de concentración, un genocidio, un camión con 71 cadáveres, un mar de muertos provocan el temblor de un edificio que está a punto de caerse. Provocan también la conciencia sentimental de que el edificio debería caerse, porque no es otra cosa que la máscara de una escombrera.
En estos días maldigo una de mis palabras fundamentales: ciudadano.

Siento rabia hacia ella, porque hay decepciones que no se pueden perdonar. La sociedad inventa máquinas, pone en marcha, coches, centrales eléctricas, aparatos de rayos X, relojes, cohetes…La sociedad tiene también invenciones morales. Cuando los seres humanos eran siervos, inventaron la palabra ciudadano para definir su libertad y su igualdad ante la ley. El concepto de ser humano se apartaba del servilismo y legalizaba los derechos de un respeto merecido. Por eso la invención moral de la ciudadanía tiene sentido si aporta una mejoría y si implica una defensa de la dignidad del ser humano. Involucra al Estado democrático en esa defensa.

Pero las fronteras, las aduanas, las policías del mundo, las nuevas formas de colonialismo y la xenofobia tardaron poco en comprender que la ciudadanía era un concepto de doble filo. Aquel que no tiene la suerte de alcanzar la condición de ciudadano corre el peligro ser tratado como un animal, desfigurando su valor humano. Es decir, la ciudadanía deja de ser un avance legal en la consideración primordial del ser humano, se convierte en un arma discriminatoria y en una justificación de maltrato para las personas no amparadas por las leyes.

Un ser humano nunca es ilegal. La perversión del concepto de ciudadano desemboca en leyes de extranjería que tratan a muchos hombres y mujeres como si fuesen seres humanos ilegales. Un pensamiento jurídico progresista es aquel que reduce al máximo las grietas que se pueden producir entre los derechos del ser humano y los derechos del ciudadano. En la Europa reaccionaria que hemos creado, mercantilista, neocolonial, despiadada, gobernada por fieras que tienen el poder sin presentarse a las elecciones y por hienas que sí se presentan y hacen el paripé de tener poder, la distancia abierta entre el ser humano y el concepto de ciudadanía alcanza dimensiones catastróficas.
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La señora Angela Merkel hizo llorar hace poco a una niña palestina. Con toda la sinceridad de su mundo le explicó ante las cámaras de televisión que no iba a tener las mismas posibilidades ni los mismos derechos que una niña alemana. La falta de piedad forma parte del avance tecnológico sin corazón humano. Hace un año vimos a policías españoles disparar contra unos náufragos ilegales para que no pisasen la playa de Ceuta. Son imágenes que rompen el espejo, que extienden una tela de araña sobre las palabras y la pantalla del ordenador, que dejan sin sentido los cálculos y las cuentas, las tradiciones y las leyes, las constituciones y las sociedades. Escribió Adorno que después de Auschwitz no era posible escribir poesía. En realidad sólo es posible escribir poesía. Escribir y escribir después de que la ciencia desemboque en una cámara de gas. Escribir poesía después de ver un contenedor con los cadáveres de 71 refugiados. Escribir para lanzar un grito y una maldición sobre las fronteras y los pasaportes, para no sentirse parte de ninguna ciudadanía, para ponerse de forma incondicional del lado de los seres humanos. Escribir poesía como una consecuencia última de la asfixia.

Acepto las dificultades legales, políticas y económicas de la completa libertad humana de movimientos. Acepto menos la falta de solidaridad de los Estados europeos y el filo cortante de sus leyes de extranjería. Y, en cualquier caso, estoy convencido de que un mundo sin libertad de movimientos no es más que la máscara legal de una escombrera dominada por el crimen, la desigualdad y la avaricia.

Tuve un sueño: 9 detalles del discurso de Luther King; 28 de Agosto de 1963

9 detalles del discurso de Luther King

La trascendencia del discurso del activista tapó detalles de organización y de asistencia, que contribuyeron al éxito de la convocatoria

Por Jim Polk y Alicia Stewart

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La ‘marcha de Washington’ fue el momento más importante de la lucha por los derechos civiles liderada por Martin Luther King (Estate of Leonard Freed?Magnum Photos (Brigitte Freed)).

(CNN) — “Tuve un sueño esta tarde en el que mis cuatro hijos no eran juzgados por el color de su piel, sino por su personalidad”, dijo el reverendo Martin Luther King Jr. por primera vez en Detroit, dos meses antes de que pronunciara el famoso I have a dream en la capital estadounidense el 28 de agosto de 1963.

Días antes de la marcha de Washington, varios miembros del equipo de King trataron de disuadirlo de usar la misma frase. Como sabemos, eso no ocurrió. Sin embargo, la confección del discurso de King no es el único dato interesante de uno de los momentos más importantes del siglo XX.

  1. El discurso casi no incluye la frase “I have a dream”

King sugirió el discurso sobre “el sueño” que había pronunciado en Detroit. Sin embargo, uno de sus asesores, el reverendo Wyatt Tee Walker dijo que era un recurso ya muy explotado. Así que la noche antes del discurso, se escribió uno nuevo llamado “Nunca jamás normalidad”.

Ese día, mientras King pronunciaba el discurso, la cantante de gospelMahalia Jackson le grito: “Háblales del sueño, Martin”. A continuación, interrumpió lo que estaba diciendo y comenzó con la frase: “Aún tengo un sueño…”

  1. Escasa presencia femenina 

Tras la presión ejercida por Anna Arnold Hedgeman, la única mujer en el comité de organización nacional del movimiento, se agregó el apartadoTributo a las mujeres negras que luchan por la libertad al programa oficial. Las mujeres fueron un factor clave en el movimiento. Diane Nash, Ella Baker y Dorothy Height hablaron ese día antes los asistentes.

Daisy Bates, la presidenta de la sede en Arkansas de la Asociación nacional para el desarrollo de la gente de color (NAACP, por sus siglas en inglés) dijo: “Caminaremos hasta que seamos libres, hasta que podamos caminar a cualquier escuela y nuestros hijos sean aceptados en todas las escuelas de EU”.

  1. El Luther King blanco

Walter Reuther era el presidente de la unión de trabajadores del sector automovilístico, que aportó espacio, personal y recursos para la marcha de Detroit y la de Washington. En 1998, la revista Time lo nombró uno de los “creadores y titanes del siglo XX”.

“No resolveremos los problemas de la educación, habitación y administración pública hasta que millones de negros sean tratados como ciudadanos de segunda clase y no se les ofrezcan empleos”, dijo Reuther en su discurso. Su compromiso le valió la denominación de “Martin Luther King blanco”.

  1. La contribución de un hombre homosexual

Bayard Rustin no solo logró organizar la marcha de Washington en menos de dos meses, sino que fue el responsable de enseñar a King la importancia de mantener la violencia fuera del movimiento.

A pesar de que desde ese entonces su orientación sexual era conocida, siempre trató de mantenerse tras bambalinas para evitar que fuera usada en contra del movimiento. Rustin murió en 1987 y recibirá la medalla presidencial de la libertad de parte del presidente Obama en noviembre.

  1. Washington, segunda parte

El activista de derechos humanos A. Philip Randolph organizó una marcha en 1941 en el National Mall con ayuda de Rustin. La protesta era para pedir al entonces presidente Franklin Roosevelt para que otorgara derechos iguales a los empleados.

El objetivo se cumplió cuando Roosevelt estableció el Comité de Prácticas Laborales justas, para abolir la discriminación racial en las contrataciones de nuevos empleados.

  1. La asistencia de Hollywood

El popular actor y cantante Harry Belafonte promovió la marcha y acudió con los directores de las principales casas productoras de Hollywood para pedirles que permitieran a sus actores suspender sus actividades y asistir a la marcha.

Tuvo éxito, pues al evento acudieron Marlon Brando, Sidney Poitier, Lena Horne, Sammy Davis Jr., Cahrlton Heston y Burt Lancaster, quien además dio un discurso. “Creo que la presencia de actores, actrices y cantantes hizo que la gente confiara en el carácter pacífico de la marcha”.

  1. Alguien se durmió durante el discurso

Patricia Worthy era un estudiante que ayudaba en el movimiento. Su trabajo era contestar los teléfonos de la oficina. El día de la marcha, estaba tan cansada que cuando llegó el turno de King, se quedó dormida.

Sin embargo, esto no tuvo gran repercusión en su carrera. Actualmente es una abogada exitosa y es profesora de la Universidad de Howard.

  1. De ‘aventón’ desde Alabama

Robert Avery y dos de sus amigos viajaron de aventón desde Gadsden, Alabama, hasta Washington solo para participar en la marcha. Avery, de 15 años, fue víctima de un ataque perpetrado por la policía de Alabama en contra de manifestantes antidiscriminación meses antes.

Los tres jóvenes llegaron a  la capital estadounidense después de tres días y a su llegada ayudaron con los preparativos finales de la marcha. En algún punto, King entró y preguntó por ellos, pues una noche antes visitó Gadsden y sus padres le pidieron que los cuidara. King se sentó y platicó con ellos durante 20 minutos y les preguntó por sus sueños.

  1. La competencia con ‘Ask what you can do’, de Kennedy

No hay duda alguna de que el discurso de King es la parte más memorable de la marcha de Washington. Medio siglo después, se enseña en las escuelas estadounidenses y los niños lo memorizan.

En 1999, un panel de 130 académicos hicieron una lista de los mejores discursos del siglo XX, y el número uno fue el de Martin Luther King.

Lo más importante

  • Martin Luther King pronunció el discurso de ‘I have a dream’ en Washington D.C. en 1963
  • La frase ‘I have a dream’ no estaba planeada en el discurso
  • No estaba contemplada la participación de voceras mujeres durante la marcha hasta un día antes
  • A la marcha asistieron algunos de los actores y cantantes más importantes de la época

Enlace a la publicación original: http://mexico.cnn.com/mundo/2013/08/28/9-detalles-del-discurso-de-martin-luther-king-jr

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Biblioteca de Jesús Torres Navarro

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Biblioteca de Jesús Torres Navarro

La Libertad intelectual es tener tiempo para releer y repensar el pasado y así, y sólo así, entender el presente.

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La lectura es un asunto de la mayor importancia, diría que, particular mente en esta época, es un asunto de supervivencia para los Pueblos del mundo; el propósito que me llevó a formar la Biblioteca, hace algunos años, y que hoy se fortalece, es el de compartir con Ustedes mis queridas(os) Amigas(os) y seguidoras(es), de Google+, Facebook y Twitter; que gracias a Dios son bastantes, con  los jóvenes principalmente, que también afortunadamente son la mayoría, esta página, que más que una biblioteca es una herramienta interactiva que los “enlaza” con las más grandes bibliotecas del mundo, con las comunidades de enseñanza aprendizaje , científicas, literarias, de escritores y de poetas más prestigiadas, hemerotecasobras completas, etc., etc..

 Esta es una atenta invitación a que promovamos y difundamos la Cultura Universal, el Amor a la lectura, el desarrollo de las capacidades intelectuales de todas las personas. El acceso universal y gratuito, a la cultura universal y al conocimiento, es un Derecho Humano fundamental; con esta colección de libros, ensayos y enlaces, aportamos nuestro pequeño grano de arena en la construcción de un mundo mejor.

En esta página compartimos una selección de obras maestras de la Literatura Universal; libros, revistas, enlaces a la más importantes Bibliotecas y Hemerotecas del mundo, videos y mp3 de actualidad, que tratan los más diversos temas y géneros literarios como: Democracia Global y Política, Ciencias Sociales y Naturales, Arte, Novela, Ficción, Historia, Economía, Administración, Desarrollo Personal, Autoestima y muchos otros más. Puedes descargar lo que quieras.

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Historia del Pensamiento Económico Heterodoxo

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La Estafeta del Viento Revista de Poesía de Casa de América

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Una visión del futuro, el mundo dentro de 25 años

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Especial: Ernest Hemingway

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Don Jaime Sabines

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Éxito, Sabiduría y Felicidad

1) Éxito, Sabiduría y Felicidad

“Cuando pensábamos que ya teníamos las respuestas, de repente, cambiaron todas las preguntas” Benedetti

11870652_1012325815453268_4811384420831849808_n El invitado.

L.E. Jesús Torres Navarro  IMG_0169

Economistas, ¿cómo la ven? Aquí la opinión invitada de Agustín Carstens en el periódico “El Norte”. ¿En qué están o no de acuerdo con su opinión sobre la economía mexicana?

Esta pregunta la hace Javier Náñez Pro en una publicación en Facebook.

Estimado paisano @jn_pro, reconozco que el discurso de su invitado merece un análisis y una respuesta más detallada sin embargo ahora, en mi respuesta, analizaré sólo 2 o 3 aspectos tocados por el Dr. Carstens.

“Las principales causas de esta depreciación son externas a México. Se trata de un fenómeno mundial consistente en un fortalecimiento notable del dólar frente a prácticamente todas las divisas, tanto de países avanzados como emergentes.” Carstens.

Vamos a ver este párrafo; El dólar se fortaleció y esa es la principal causa (externa) por la cual el peso se depreció. ¿Y aquel “paradigma” de que si le iba bien a los EEUU, le iba bien a México? Ahora resulta que era al revés; el País está  pasando por una de las peores calamidades de los últimos años, a causa, ni más ni menos, de que a los EEU le está yendo bien.

¿Por qué se fortaleció el dólar?

Respuesta: porque su economía se fortaleció primero, porque se generan nuevos empleos (de calidad y bien pagados) mes con mes desde hace ya varios años, porque su mercado interno está creciendo; porque las políticas públicas (heterodoxas) implementadas desde el primer período en la Presidencia de Obama para fortalecer a las clases medias, incentivar la innovación, la investigación y el desarrollo interno de las ciencias y las tecnologías, así como las inversiones en industrias “verdes”, en la generación y distribución de energías alternativas limpias y renovables, la asignación de cuantiosos recursos para hacer accesible, para todos, la educación en todos los niveles y hacer realidad el derecho universal a la salud.

Pero, en especial, una decisión política novedosa y heterodoxa, que en el concierto de las naciones, sólo los EEUU tomó hace ya casi 7 años, que está mostrando resultados positivos para ese país y castigando al resto de países del mundo que no quisieron seguir el camino propuesto por el Presidente Obama.

En el último año del gobierno de Bush estalló la crisis financiera global (yo como otros muchos economistas la llamo: la primer crisis económica global), apresurado el entonces Presidente, implementó un “rescate” y una baja de impuestos a los más ricos.

Al iniciar el primer período de Obama se le dio marcha atrás al “rescate” y se inició una batalla política para revertir la baja de los impuestos a los más ricos; las grandes empresas globales de los EEU, financieras, industriales y comerciales,  irresponsables, especuladoras y fraudulentas, causantes de la crisis, tuvieron que pagar el costo social que sus decisiones equivocadas generaron.

Las negociaciones con las industrias automotrices son singularmente reveladoras de cómo se implementaron las políticas heterodoxas del Presidente Obama. El 28% de las acciones de las compañías, pasaron a los obreros y el costo de eso se  les descontó del principal de la deuda a cada una de ellas, el resto, más o menos ciento dos mil millones de dólares, lo terminaron de pagar en 4 o 5 años.

La Reserva Federal y El Tesoro juntos con el Presidente crearon una gran compañía financiera y de seguros que compró las deudas hipotecarias de los bancos a su valor de mercado; pagó veinte centavos por cada dólar nominal y además les prestó, a una tasa fija muy baja de intereses y a muy largo plazo el monto total de su adeudo a los deudores. A los que estaban desempleados se les concedió gracia hasta que encontraran trabajo.

Como en El Cantar de los Cantares, que aferrados al “paradigma” nombrado Don Rodrigo Díaz de Vivar, decidieron  mostrarlo “vivo” en la última batalla, amarrado a su caballo, con armadura y espada para asustar a sus enemigos, así los banqueros más poderosos del mundo y los gobiernos, se aferraron al ya moribundo “paradigma” que dice que las fuerzas del mercado, por si mismas y sin la intervención del estado, se encargarán, como siempre lo han hecho, de “devolver” el “orden” a la economía mundial.

No creo en paradigmas, ni en verdades absolutas, es más, cada vez que se pregona un nuevo paradigma o se postula una verdad absoluta, se detiene el progreso. Como dijo Benedetti; “cuando pensábamos que ya teníamos las respuestas, de repente, cambiaron todas las preguntas”

Concluyo que, no hubo ninguna depreciación del peso, no tenemos inflación; con pesos seguimos comprando lo mismo (muy poco por cierto) nuestro peso, ese que tantos han “defendido como perros”, vale lo que la vida en León Guanajuato. Lo que pasó es que el dólar y la economía de los EEU se fortalecieron.

Tenemos una economía muy débil y debilitándose, con un incremento sostenido e incontrolable del número de pobres; la brecha entre los más ricos y los más pobres en México se ha hecho más ancha, hasta llegar a ser una de las más injustas del mundo. Impera la corrupción, la inseguridad, la impunidad, la improvisación y la complicidad para aplicar las mismas recetas de siempre; que el Pueblo pague los costos.

Dice Carstens que hay que fortalecer las finanzas públicas, eso significa más impuestos a los causantes cautivos y recortes más profundos al presupuesto federal.

No se pueden enfrentar con éxito los nuevos desafíos, utilizando las recetas tradicionales.

Hasta aquí por ahora, me interesan mucho sus opiniones y comentarios.

L.E. Jesús Torres Navarro.

Más enigmas sobre la muerte de Federico García Lorca

FEDERICO GARCÍA LORCA »

Más enigmas sobre la muerte de García Lorca

Emilia Llanos, amiga del poeta, estaba convencida de que los restos habían sido trasladados por el franquismo o la familia

RAÚL LIMÓN Sevilla 18 AGO 2015 –

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Federico García Lorca, fotografiado en los años treinta en El Cigarral por la periodista francesa Marcelle Auclair. / MARCELLE AUCLAIR

Hay muertes que trascienden tanto como la vida. Es el caso del asesinato de Federico García Lorca (Granada 1898-1936), el universal autor cuyo fusilamiento por parte del franquismo hace 79 años se conmemoró este lunes. Marta Osorio, editora del imprescindible libro Miedo, olvido y fantasía: crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (Comares), publica ahora en la misma editorial El enigma de una muerte. Crónica comentada de la correspondencia entre Agustín Penón y Emilia Llanos. Este libro, que recoge las cartas entre el primer y exhaustivo investigador de la vida y muerte de su adorado autor y su amiga, es un complemento de la primera obra, arroja luz sobre el crimen y genera más sombras. La principal: la posibilidad de que el cuerpo fuera trasladado de la fosa donde los testigos señalaron como el lugar de los disparos

Penón, un barcelonés de nacionalidad estadounidense, llegó a Granada en 1955 con su amigo Willian Layton y su inseparable primera edición del Romancero Gitano de Lorca. Apasionado por el autor andaluz, se encuentra una ciudad sumida en el miedo donde el “nombre de Federico estaba prohibido”, según relata Osorio. Sin ánimo de “remover pasiones”, como él mismo escribió, y con la única voluntad de establecer una “cronología de sucesos”, lleva a cabo durante año y medio la más importante investigación sobre la muerte del poeta.

Tras entrevistarse con testigos y recorrer palmo a palmo la carretera de Alfacar a Víznar y el barranco donde los franquistas ejecutaron a cientos de personas, recopila información fundamental y dibuja posibles localizaciones del cuerpo. Pero la presión del régimen del dictador le hace temer que le confisquen toda la documentación recogida y parte aliviado hacia Nueva York en 1956 con una maleta de documentos que terminó en manos de Osorio.

En su estancia conoció a Emilia Llanos, una íntima amiga del poeta cómplice de las pesquisas de Penón y con quien mantiene una relación epistolar que ahora rescata la escritora granadina.

Penón llegó a establecer el emplazamiento de la fosa bajo un olivo, a 10 metros de la carretera y cerca de la Fuente Grande del hoy parque García Lorca. Las cartas evidencian la voluntad de comprar los terrenos y Llanos le advierte en marzo de 1957 que la finca ha sido puesta a la venta. Dos meses más tarde, desisten de la idea. “Tenemos que dejarlo por ahora, no es oportuno”, escribe la amiga del poeta. Otros dos meses más tarde Llanos le revela a Penón el porqué de sus reparos: “El que estaba allí ya no está. ¿Comprendes? Hace mucho tiempo se supone que está en Madrid con la familia. Eso me ha contado una persona enterada”. Después de que Penón le interrogue sobre la fiabilidad de la fuente, Llanos mantiene en secreto su identidad —“una alta persona”, contesta en el tono sigiloso de las cartas, marcadas por el miedo a las represalias—. “Sí, el sitio fue en los olivos, después lo cambiaron de sitio”, concluye Llanos.

“Las cartas añaden incertidumbre”, admite Osorio quien cree que el cuerpo de Lorca pudo ser trasladado por los franquistas, para evitar que el lugar se convirtiera en un lugar de peregrinaje de los demócratas, o por la propia familia, pero a otro punto del camino. La autora se niega a validar ninguna hipótesis y participar en la vorágine generada en torno a la localización de los restos del autor. “Se dicen muchas cosas y algunas tiene un punto de veracidad que solo generan confusión”, explica.

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¡Alfonso Reyes ATENEA POLÍTICA! Libertad es darse el tiempo para releer y repensar el pasado como la mejor vía para entender el presente

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ALFONSO REYES (1889-1959). “La obra de Alfonso Reyes —señala Carlos Fuentes— es una carga de dinamita a largo plazo. Como todo gran escritor, sembró de señales para el futuro el terreno yermo del presente. Como todo gran mexicano, tendió un puente para el porvenir que él entendió ajeno a esos fatalismos empobrecedores y enajenantes; un porvenir que él quiso radicar en proyectos de la inteligencia y la voluntad.”
Reyes nació en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo. Murió en la ciudad de México, el 27 de diciembre. Sus restos descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Hizo estudios en las escuelas particulares de su ciudad natal, en el Liceo Francés de México, en el Colegio Civil de Nuevo León, en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Facultad de Derecho de la Universidad de México, donde obtuvo el título de abogado en 1913. En 1909, junto con Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña y otros, funda el Ateneo de la Juventud. En 1911 publica los ensayos Cuestiones estéticas. En 1913 es fundador de la Cátedra de Historia de Lengua y Literatura Españolas en la Escuela Nacional de Altos Estudios. Se le designa segundo secretario de la Legación de México en Fran-cia. Se establece en España desde fines de 1914, consagrándose al periodismo y a la literatura. Trabaja en el Centro de Estudios Históricos de Madrid y en la Revista de Filología Española, que dirige Ramón Menéndez Pidal, y en El Sol, bajo la dirección de José Ortega y Gasset. En 1917 edita Visión de Anáhuac y El suicidio, narraciones, y el ensayo Cartones de Madrid. Traduce del inglés Ortodoxia, de G. K. Chesterton. Se le designa, en 1920, segundo secretario de la Legación en España. Obras: Retratos reales e imaginarios (ensayos) y El plano oblicuo (narraciones). Al año siguiente asciende a primer secretario de la Legación en Madrid. Ese mismo año comienza a publicar los cinco volúmenes de Simpatías y diferencias, ensayos que concluye en 1926. En 1921, también, los ensayos y divagaciones El cazador y la traducción de El candor del Padre Brown, de Chesterton. En 1922 ya es encargado de negocios a. i. en España. Traduce y prologa El hombre que fue jueves, de Chesterton. Escribe los poemas Huellas. En 1924 regresa a México. Se le designa Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Francia, cargo que mantiene hasta 1927. Publica su tragedia en verso Ingenia cruel y los ensayos Calendario. En 1926 sus poemas Pausa. Al terminar su cargo en Francia se le designa, con el mismo carácter, en Argentina, en 1927, hasta 1930. Aparece Cuestiones gongorinas, ensayos. En 1931 5 casi sonetos y Discurso por Virgilio. En 1932 lee Atenea Política en Río de Janeiro, en el Club Reforma, Facultad de Derecho en el Palacio de Tamaraty, que luego apareció en folleto privado. En 1933 aparece publicada en Santiago de Chile, editorial Fax de Carlos Césarman. Aquí se reproduce esta Atenea Política que forma parte de los textos que Reyes escribió en defensa del papel de la cultura en nuestra sociedad.
En 1934 regresa a México y publica sus poesías Golfo de México y Yerbas de Tarahumara. En 1935 reasume su Embajada en el Brasil y edita Minuta, poemas. El año 37 es fecundo: Cantata en la tumba de Federico García Lorca, Tránsito de Amado Nervo, Idea política de Goethe y Las vísperas de España, ensayos. Regresa a México en 1938 y luego se le nombra Comisionado Especial en el Brasil, con categoría de Embajador. Publica Homilía por la cultura y su traducción Mallarmé entre nosotros.
Reyes fue un hombre de ideas políticas y de posición política. Su cultura lo llevó a señalar que “quiero el latín para las izquierdas, porque no veo ventaja de dejar caer conquistas ya alcanzadas”; la tradición cultural, pues, no para el disfrute de unos pocos, sino para el engrandecimiento de los muchos. Su posición política no fue abstracta posición neutra, sino confesada filiación. Tal es el caso de la guerra de España. Perdida ésta en 1939, e iniciada ya la Segunda Guerra Mundial escribe: “Cuando la violencia, la impudicia, la barbarie y la sangre se atreven a embanderarse como filosofías políticas, la duda no es posible un instante. Nuestro brazo para las izquierdas: cualesquiera que sean sus errores en defecto o exceso sobre el lecho de Procusto de la verdad pura, ellas pugnan todavía por salvar el patrimonio de la dignidad humana, hoy tan desmedrado, hoy tan amenazador
El año 39 regresa definitivamente a México. Preside el patronato de la Casa de México, transformada en 1940 en Colegio de México, cuya Junta de Gobierno .presidió hasta su muerte. Publica la primera parte de Capítulos de literatura española. En 1941 es catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Publica La crítica en la Edad Ateniense y Pasado inmediato. En 1942 las universidades de Tulane, Nueva Orleáns y Harvard, le conceden el título Doctor en letras, Honoris Causa. Libros: La antigua retórica, La experiencia literaria y Última Tule. En 1944 El deslinde, Prolegómenos a la teoría literaria y Tentativas y orientaciones. En 1945 recibe el Premio Nacional de Literatura. Miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Nacional Autónoma de México, hasta su muerte. Aparece la segunda serie de Capítulos de literatura española y los ensayos: Tres puntos de exegética literaria y Norte y Sur. La Universidad de La Habana le concede el Doctorado Honoris Causa en 1946. Libros: Los trabajos y los días. 1948 es otro año de gran producción: Cortesía, poemas suyos y ajenos; Letras de la Nueva España, Panorama de la religión griega y traduce la Historia de la literatura griega, de C. M. Bowra.

De 1949 a 1955, fecha esta última en que comienzan a publicarse sus obras completas, aparecen entre otras: Junta de sombras, La X en la frente, la primera y segunda partes de Marginalia, Trayectoria de Goethe, Parentalia y Presentación de Grecia; traduce La Ilíada, tomo I: Aquiles agraviado.
En 1959, fallece a finales de año, culmina sus trabajos con La filosofía helenística y la tercera serie de Marginalia.
Este inmenso escritor, como dice Roberto Fernández Rey amar, “en medio de la violencia, de los cataclismos, del dolor personal, sintió hundirse sus raíces en su pueblo y encontró un idioma universal para decirlo”.

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Alfonso Reyes ATENEA POLÍTICA

Todos los viajeros lo saben: la manera más segura de marearse es fijar los ojos en el costado del barco, allí donde baten las olas. Y el mejor remedio contra esta atracción del torbellino es levantar siempre la vista y buscar la línea del horizonte. Las lejanías nos curan de las cercanías. La contemplación del rumbo da seguridad a nuestros pasos. Cuando yo hacía mi práctica militar, el sargento instructor solía gritarnos: —Para marchar en línea recta no hay que mirarse los pies; hay que mirar de frente!

Sin duda lo sabéis vosotros, señores estudiantes. Entre el cúmulo de preocupaciones inmediatas —estudios y cursos, programas y reformas, exámenes y reválidas, y aun lo que os afecta del estado general de las cosas públicas en el vuestro como en todos los países—, preocupaciones que quisieran acaparar toda vuestra atención, levantáis la vista al horizonte y buscáis a lo lejos un punto que os lanza desde allá, a modo de polo magnético, sus inagotables corrientes de simpatía. Y, tal vez movidos por mis recientes manifestaciones en el Día Americano, me invitáis para que inaugure vuestras pláticas, a mí que represento ante vosotros en cierto sentido —no naturalmente en el de la amistad y aun la compenetración de ideales— una manera de lejanía. Lejanía, por cuanto soy un emisario venido de tierras muy distantes. Lejanía también, por cuanto, en el coro de vuestros veinte años florecientes, represento ya esa hora de la reflexión que ataja de golpe, adentro de nosotros mismos, el torrente de la juventud y comienza a exigirle cuentas.

¡Cómo os habéis arreglado para encontrar una lejanía cercana! Este mensajero de otra edad os queda muy cerca, porque no alimenta mayor afán que el de salvar, a lo largo de su viaje, lo más que pueda de la curiosidad avizora, el entusiasmo alerta y la divina plasticidad que son prendas de la juventud. Este mensajero de una zona distante viene de un país que, por misteriosa ley de simetría geográfica, corresponde expresivamente a la fisonomía del vuestro. —Hablemos así, confiadamente, distantes y cercanos a un tiempo, como de balcón a balcón y por encima del ruido de la calle.

Deseáis, según tengo entendido, que conversemos sobre la idea del cambio universitario entre nuestros países. Si os parece, también aquí introduciremos cierto elemento de lejanía. Marcharemos en retroceso hacia la idea más próxima anterior, lo cual nos permitirá apoderarnos mejor de nuestro asunto. La vida universitaria es sólo un capítulo de la vida intelectual. Y la vida intelectual es, a su turno, el capítulo esencial de la vida humana, puesto que lo característico del hombre entre todas, las demás cosas y criaturas es participar en la inteligencia. Preguntadlo, en la Antigüedad, a Aristóteles; en la Edad Media, a Santo Tomás; en la Edad Moderna, a Descartes y, en nuestros días, a cualquiera de los representantes de la filosofía contemporánea, tan preocupada toda ella, precisamente, por fijar la situación del hombre en la vida que es, por eso mismo, una filosofía trágica. Todos os dirán en diferentes palabras que, ante las piedras, las flores, las aves y las estrellas, el hombre es el náufrago caído en el océano de la inteligencia —porque es el juguete de ella y no su señor— y algunos os dejarán entender que las culturas son otros tantos sistemas natatorios. El hombre de los filósofos es el “Segismundo” de Calderón que, consciente ya de sus cadenas, alza los ojos a los poderes celestes para implorar:

¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Interrogación que cada sistema se encarga de contestar a su modo, en nombre del cielo. —Porque la chispa intelectual que le dio al hombre la conciencia de sus fines, le dio también la conciencia de su incapacidad para saciarlos. Único ser que se siente huésped de la naturaleza, y no parte de ella, es más intensamente él mismo mientras más se aplica a aquello que lo distingue de sus hermanos menores. El orden intelectual es, pues, él orden genuinamente humano. La obra del hombre sobre su materia prima, que es la tierra, se confunde con la obra de la inteligencia y consiste, como ella, en unificar.

Hemos dicho: unificación. Antes de seguir adelante, hay que hacer un discrimen. Separemos de una vez la idea, que es blanca, y la sombra de la idea, que es negra. La unificación no significa la renuncia a los sabores individuales de las cosas, a lo inesperado, y aun a la parte de aventura que la vida ha de ofrecer para ser vida. Sólo significa una circulación mejor de la vida dentro de la vida. Unificar no es estancar: es facilitar el movimiento. Unificar no es achatar las cosas haciéndoles perder su expresión propia, sino establecer entre todas ellas un sistema regular de conexiones. Una vida es tanto más vida cuanto mayor es la relación entre las diferentes partes del ser. Pero la plena vivificación no adormece el sentido heroico: al contrario, trae consigo un riesgo elevado a la potencia máxima. La lagartija, que apenas vive, escapa cómodamente dejando la cola en la mano de su captor, y lo mismo deja el cangrejo la pata o la pinza desarticuladas, cuando se apoderan de ellas los palpos del calamar. En cambio, al hombre —que vive plenamente— se le lastima de lejos con un gesto y se le mata hasta con una palabra. Así pues, la vida unificada es la vida en toda su dignidad y también en todo su peligro. El aeroplano y la radio son nuestros mayores instrumentos de unificación, por lo mismo que son nuestros más activos transmisores. Y el día que nos montáramos en el rayo de luz —la mayor velocidad que alcanza la física— habríamos unificado el universo en la gozosa proporción del relámpago. La unificación no sugiere, pues, imágenes de inmovilidad: propone, a la inversa, el pleno frenesí de la vida. La tierra no unificada, en que hoy vive una humanidad partida en discordias, es un organismo con la circulación entorpecida: la sangre no llega a todas partes y, por sólo ese hecho, se producen asfixias e intoxicaciones. La más grande felicidad conquistada por la historia europea, la fraternidad cristiana, hace veinte siglos que anda dando rodeos, y todavía no puede bañar a todos los hombres.

Ahora, ya tranquilos respecto a la idea de unificación, examinémosla en su cuerpo y en su alma. Desde aquí declaro que me atendré a los argumentos de lo humano y lo humanístico, prescindiendo de lo sobrehumano. El usar lo sobrehumano ni me corresponde ni convencería a los descreídos. Y a los creyentes no habría para qué predicarles, porque de antemano están ganados a la causa de la armonía divina que preside a las cosas humanas; de suerte que, para ellos, cuando se dice Dios ya se ha dicho todo y no hay que añadir una palabra. Me planto, pues, en más humilde terreno.

El proceso unificador de la inteligencia tiene un cuerpo y tiene un alma. El cuerpo se llama la geografía humana. No en el sentido descriptivo de razas y costumbres, que por lo prontono nos hace adelantar un palmo, sino en el sentido de la acción física del hombre sobre su planeta. ¿Y el alma? es aquel soplo de coherencia y concordia que aletea sobre los pueblos. Ideal tan impaciente y activo, que cien veces se destroza a sí mismo en las batallas de la historia, las cuales algún día serán consideradas, al impulso de una orientación más noble, como accesos de celeridad en la exploración misma hacia la unificación anhelada.

En cuanto al cuerpo. Todo el materialismo histórico, en largo cortejo de mitología agraria y económica, y con ruidosa impedimenta metálica de arados y armas, comercios e industrias, labora en la sobrehaz de la tierra como una energía de nivelación, como una erosión secular que igualara montes y valles —o los taladra y los salva, que es lo mismo—, llenara oquedades y hondonadas —o les tiende puentes encima, que a eso equivale—, se esforzara por conjurar la lluvia para armonizar el régimen de las aguas con la conveniencia de las cosechas, fertilizara el desierto y sometiera a ritmo medido la feracidad de la selva virgen, acudiera con los cestos llenos de la ofrenda adonde se alargan los brazos ansiosos de la demanda, acercara prácticamente lo que está alejado, y se entrometiera, con un ralantí metafísico, por las hendeduras de lo que está muy junto, para crear en ello algo de respiración y desahogo. Esta labor sólo se limita, en el espacio, hasta donde llegan los límites mismos de la vida. Es decir: en la dimensión horizontal, hasta donde el muro blanco de los hielos o el macizo verde de la vegetación tropical cortan el paso al hombre —y todavía entonces las quillas de los exploradores polares rompen el suelo de los mares cuajados, o el hacha de los banderantes troza los nudos de los bosques, tratando unos y otros de ensanchar el teatro del hombre—; y en la dimensión vertical, hacia unos cuantos pasos por encima y unos cuantos pasos por debajo del nivel de las aguas, que difícilmente suman un total de veinticinco kilómetros (prácticamente, catorce) —y todavía aquí la ciencia procura agrandar el espesor de la faja en que se perciben los efectos del acto humano. Esta obra de arquitectura terrestre confiada a la raza de los hombres, si la vemos ahora desde arriba y como veía el Diablo Cojuelo las casas de la ciudad, se reparte —teoría de Brunhes— en tres grupos de hechos esenciales, cada uno de los cuales se divide en dos tipos:

1o hechos de ocupación improductiva del suelo. A saber: habitación y camino. Aquella granosidad que le nace a la piel del planeta y que va desde la choza de paja hasta el rascacielos de acero, y aquella red de cintas artificiales esterilizadas con que el hombre mata la vegetación o la evita, al estampar su huella en la marcha.

2o Hechos de conquista vegetal y animal. A saber: campos de cultivo y domesticación de animales. Aquella tonsura, aquel peinado y aquella cosmética que imponemos al suelo, fomentando, agrupando y distribuyendo sus productos: flavos escuadrones de trigo, fresco rastrojo, morado varejal de membrillos, olivares cenicientos, cafetales de hondas emanaciones, naranjales gustosos y agresivas tropas de cactos, horticultura, jardinería. Y, por otra parte, la captación de animales por la mano del hombre, desde los tropeles que mugen en las hecatombes helénicas, o la “hacienda” que graba sus cascos en la dulce pampa argentina, hasta la abeja que criaba el fabuloso Aristeo, o el canario gorjeador de la ingrata Fílida, sobre el cual madrigaliza el rimador decadente. ¡Qué digo! Hasta las pulgas vestidas que se venden en las ferias de indios mexicanos.

3o Hechos de economía destructiva. A saber: explotaciones mineras y devastaciones vegetales y animales. De un lado, lo que se ha llamado el “rapto económico”, comparando con el rapto de Eurídice la audacia del hombre que baja a la entraña de la tierra para arrebatarle su tesoro: aquel rascar la corteza terrestre que empieza con la cantera y acaba en la mina, que es en sí mismo una destrucción del suelo y que para siempre en un agotamiento del lecho, la veta o el filón. De otro lado, el leñador, el pescador, el cazador, que ejercen también un oficio de aniquilamiento y sacan de la tierra lo que no le devuelven.

Rompiendo por estos cuadros metódicos, la inventiva humana se atraviesa y la psicología hace de las suyas. Créanse necesidades artificiales y satisfacciones imprevistas. A la hora de pagar, las paga la tierra. Véase un caso:

La ganadería de Miura, la que usa en Madrid divisa verde y negra y en provincias encarnada y negra, la más reputada por su bravura en todos los pueblos hispánicos e hispanizados donde hay corridas de toros, necesita, por decirlo así, su campo de entrenamiento. El toro de lidia debe tener las pezuñas duras. Ahora bien, las pezuñas duras se obtienen con un ejercicio diario de trote. Pongamos que el ejercicio diario sea de unos dieciséis kilómetros, y creo que me quedo corto en la cifra. El señor Miura necesita poseer unos buenos ocho kilómetros de tierra inutilizada y dura, entre los corrales y los aguaderos donde las reses sacian su sed: de este modo, a la ida y a la vuelta, está asegurado un trote mínimo diario de dieciséis kilómetros para la afamada ganadería de Miura.

Imaginad —-soñemos con Brunhes— lo que sería poder apreciar esta gesticulación de la tierra bajo el cincel del hombre, en una de esas cintas cinematográficas que abrevian en media hora todo el desarrollo de una planta y —haciendo todavía más efímero lo efímero, para que nuestra capacidad nerviosa pueda apreciarlo— convierten la flor de un día en flor de un minuto. Comparad, por ejemplo, los grabados de Río de Janeiro y sus alrededores a través de distintas épocas. ¡Cuando pienso que la Rúa das Laranjeiras, donde viví, era, en el siglo xvi, un campo de cañas de azúcar, y la casa en que habité era, hace poco más de medio siglo, el centro de una espaciosa quinta, el núcleo de una célula que después se diferenció en cuadrículas urbanas! Pues figuraos ahora que todos esos sucesivos grabados os fueran exhibidos un día, concatenados en una ilusión de movimiento, mediante un truco óptico, en cualquiera de las salas del barrio Serrador. Apreciaríais entonces la enormidad de esta escultura geográfica que procede de los cinco dedos y sobre todo del pulgar oponible— siempre y cuando los inspire la inteligencia.

Hemos examinado la labor unificadora de la inteligencia humana en su proceso físico sobre la redondez de la tierra. A esto hemos llamado el cuerpo. Dijimos que este proceso de unificación también tiene un alma. Considerémosla ahora.

En cuanto al alma. Para ir de prisa, tenemos que reducir la idea de unificación a la idea de cosmopolitismo. Y como esta palabra —cosmopolitismo—, aunque expresa una noción blanca, proyecta también, como la de unificación, su sombra negra, comencemos por establecer que aquí, esta tarde y en esta sesión, cosmopolitismo no significará para nosotros ninguno de esos amagos disolventes que alarman a la policía y hacen temblar a los padres de familia, sino que significará solamente un mejor entendimiento entre los pueblos, facilidad humana total para atravesar todas las naciones y aclimatarse en cualquiera de ellas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Tranquilizados ya respecto a la idea de cosmopolitismo, interroguemos con ella la historia. La historia nos contestará con teorías, es decir: literatura;- y con hechos, es decir: política. Percibiremos entonces que la literatura se adelanta a la política al ir forjando ideales unificadores, y que la política viene caminando detrás con gran retardo,, con incontables tropiezos, y de tiempo en tiempo se atasca como carro en pantano, o se clava de cuatro patas como muía en ladera, y no hay poder que la haga avanzar. No es extraño que así acontezca, ni es humillante para los políticos:

El escritor, que sólo tiene que habérselas con papel y pluma, corre con más libertad en pos de sus creaciones; la transformación social se opera en su cabeza y, desde su mesa de trabajo o en tertulia con sus colegas, arregla alegremente el mundo en un parpadeo. Su acto llega hasta donde alcanza su talento. No es un mero juego: pensar seriamente una utopía política gasta, más o menos, las mismas energías que cuesta levantar una pirámide egipcia o mexicana. Lo que hay es que el pensamiento trabaja aquí con su propia y unificada sustancia, tiene asegurada la circulación, y toda su energía empleada se aprovecha. No es tampoco un dulce pasatiempo: los que escriben utopías políticas suelen pagarlo con su vida. Pero, en todo caso, el político, que maneja la más compleja de las realidades, aquélla en que todas las otras se resumen —la realidad social—, se enreda, da- traspiés, y de cuando en vez se viene abajo con partido y con plataforma: así Palinuro se fue al agua, llevándose consigo el timón y parte de la popa. Sin embargo, como el ideal expresado por el escritor y procurado a veces por el político es un ideal genuino y cierto, estas manifestaciones de la idea cosmopolita, aunque fracasen o se deshagan en el aire, van siendo parcialmente absorbidas por el ambiente. No creo en el progreso necesario: puede ser que el riego en tierra seca resulte escaso y se pierda íntegramente. No importa: lo que importa es la persistencia del impulso unificador, el cual otra vez florece, como la ruda de mi tierra, aunque le pasen las caballerías encima.

La historia, pues, nos presenta dos tipos de empresa cosmopolita:

1° El primer tipo consiste en unificar dominando, y es el imperialismo. Hasta hoy conocemos dos modos de imperialismo: uno de ellos, más guerrero en esencia que el otro, quiere gobernar por gobernar, aun cuando de paso explote y aproveche sus ‘conquistas, y es el imperialismo jurídico de los romanos: “Acuérdate, romano —dice Virgilio—, de que te incumbe regir el imperio de los pueblos.” Este imperialismo nace en las guerras y perece en las guerras.

El otro modo de imperialismo es el económico, el de factorías, protectorados, colonias y mercados amigos, y lo hemos visto desarrollarse en nuestro tiempo. Aun cuando la guerra enseñe aquí su puño de hierro —¡y ya sabemos en qué medida!— es mucho más filosófico asegurar que este imperialismo nace y muere con el sistema económico que le ha servido de vehículo. Sus capitanes, cuando la bolsa empieza a temblar, se suicidan. Hay, por último, casos mixtos: tal fue el imperialismo ibérico, mezcla de codicia y gloria, de religión y de hazaña. Este imperialismo se deshizo por crecimiento y distribución del trabajo, fenómeno ayudado, claro está, con su sazón de revoluciones y su abono de héroes. Murió como muere lo homogéneo al realizarse, al fertilizarse en lo heterogéneo. Y dejó en el corazón de la metrópoli ibérica un desengaño provechoso. A partir de las emancipaciones americanas, comienza en la antigua metrópoli una revisión de valores, una siembra de rejuvenecimiento, cuyos frutos vamos apreciando poco a poco. Ya se entiende que al recorrer así, a grandes pasos, la historia, sólo puedo ver las trayectorias, y me desentiendo de mil trastornos interiores y mil dolores domésticos que son otras tantas vacilaciones a uno y otro lado de la senda. Cualquiera que sea su suerte, los imperios dejan herencia: la dejó el jurídico, la dejará el económico. El imperio ibérico, que podemos llamar místico, considerándolo como una cruzada que se realizó, engendra vida, crea naciones.

El elemento pasajero de dominio político queda eliminado naturalmente, y sólo resta la ganancia obtenida, la novedad histórica: el orbe ibérico. Como se habla de la civilización latina, y en igual sentido de vastedad y magnitud y fecundidad, sólo de la civilización ibérica puede hablarse. Para acabar con la idea imperial, no nos disimulemos que los imperialismos detodo género parecen haber entrado, a estas horas, en franca liquidación.1 ¡Ay! (1938).

2o El segundo tipo de la empresa cosmopolita — perfectamente respetuoso de la libertad y autonomía interiores— sólo quiere facilitar la circulación del hombre dentro del mundo humano, desarrollar el conocimiento y la comprensión entre los pueblos, la coordinación de los intereses complementarios y la lenta disolución de las fricciones, procurar la concordia y estorbar la discordia. Inútil añadir que este cosmopolitismo es el que aquí nos interesa y al que deseamos porvenir. Por su esencia misma, es mucho más fácil seguirlo en sus manifestaciones ideológicas o literarias, aunque se haya acompañado también de concomitancias políticas, que ya son acción que corrobora o ya reacción que contrarresta. Este cosmopolitismo ha hecho cuatro intentos en la historia:

  1. El primer intento es el cosmopolitismo cristiano y caballeresco de la Edad Media, cuando la catolicidad o universalidad se erige como dogma de la Iglesia que llamamos, por antonomasia, Iglesia Católica. La fe religiosa, el ideal de hermandad humana, la herencia de la unidad latina —que todavía queda en estado de “saudade”—, el inmenso fondo común de leyendas pías y tradiciones populares y caballerescas, alimentan una suerte de cosmopolitismo cuyos heraldos son —ya lo sabéis— los clérigos, los intelectuales de entonces, comprendiendo en la palabra “clérigos”, como entonces se hacía, a los sacerdotes y a los letrados. Pero esto, por antítesis, nos hace pensar en los ingenios legos, los “juglares” que, cantando por las ferias y lugares de peregrinación, como el camino de Santiago o camino francés, contribuían también, a su manera, a difundir entre’, la gente extraña las creencias y las tradiciones, los cultos hagiográficos e históricos de su pueblo.
  2. El segundo intento de cosmopolitismo sobreviene con el Renacimiento humanístico. El siglo xvi predica el retorno a las dos antigüedades clásicas, aviva el interés por el hombre mismo en cuanto es criatura de la tierra, y nutre un ideal de armonía ya menos asido a la caridad y más afirmado en la cultura que el de la Edad Media. Sus heraldos son ya intelectuales a nuestro modo. (¡Ojalá, en otro sentido, nosotros lo fuéramos al de ellos!)

III. El tercer intento de cosmopolitismo, en el siglo XVIII, es clásico y filosófico. Brota del afinamiento cultural y se establece como un común denominador, sobre la lengua francesa, que sucede al griego y al latín entre los letrados del mundo: —Las luces, la enciclopedia, y la razón, que ya es soberana, y muy pronto —cuando se crea diosa— comenzará a cortar cabezas.

  1. El cuarto intento o intento romántico, en la primera mitad del siglo XIX, es por una parte consecuencia de revoluciones, guerras, emigraciones y destierros. Verdaderos ejércitos de pensadores y escritores franceses, españoles, portugueses, italianos, polacos, acarrean influencias entre este pueblo y aquel pueblo. Por otra parte, favorecen este movimiento las ciencias históricas y filológicas, que buscan la tradición y contaminación de temas folklóricos, de imágenes comunes a la fantasía de todos los hombres. Es la invasión del Romanticismo: ya sabéis lo que esto significa.

Éste sería el sitio de injertar el reflejo que tales movimientos hayan tenido en nuestra América, pero ello merecería una investigación especial. El siglo XIX ve nacer los nuevos Estados americanos. Anímalos una subconsciente aspiración al ser colectivo. Pero esta aspiración no se realiza: la independencia americana resulta, al contrario, un fraccionamiento. La literatura, de un modo general, sigue reflejando aquel sueño de Bolívar: la Grande América. Y se da la bifurcación entre los europeizantes, que insisten en la  conservación de las técnicas europeas, y los autoctonistas, que se aplican sobre todo a la busca de lo criollo y lo indígena. Se esboza una conciliación. Diríase, pues, que para dar ser propio a las Américas, la fuerza se partió en porciones: la tabla rasa del antiguo imperio hispánico se llenó de compartimentos como un tablero de ajedrez. Más tarde, robustecidos ya los retoños americanos, comienza —con el afán de conocernos mejor unos a otros y de entendernos mejor— una maniobra inversa, bien que no aspira ya a la vinculación política en el antiguo sentido, sino a la vinculación espiritual.

Ya vemos, pues, que la idea cosmopolita se rehace cada vez que fracasa, y coincide con las épocas mismas de nuestra historia. A los cuatro intentos de que hablan los tratados, podemos añadir aquel en que ahora vivimos, y que merece el nombre de cosmopolitismo político.

  1. El cosmopolitismo político contemporáneo no borda ya sobre un ideal religioso, humanístico, racionalista o romántico, sino sobre el cañamazo del hombre abreviado en su expresión mínima: el hombre en su primera función, que es la de vecino del hombre. Y el problema de la vecindad entre los hombres es, ni más ni menos, el problema político. De tal nueva especie de cosmopolitismo, las actuales revoluciones económicas son el síntoma aventurero y bravío. Nuestra literatura es su expresión viva: lo sufre y lo alimenta a la vez. La Sociedad de las Naciones2 es su más alta sanción en el orden de lo institucional y lo admitido. Las conferencias del desarme, aunque a sabiendas sólo esperen realizar sus fines parcialmente, (2 La Sociedad de las Naciones fue fundada en 1920 como una consecuencia del Tratado de Versalles, que dos años antes dio fin a la Primera Guerra Mundial. Tuvo’ sede en Ginebra y se propuso mantener la paz, arbitrar en los conflictos internacionales, impedir las agresiones y fomentar la cooperación entre todos los países. Fracasó desde un principio: no pudo detener al nazifascismo en sus ataques a China (1931), a España y Etiopía (1936) y a Polonia (1939). Aunque prácticamente dejó de funcionar al comienzo de la Segunda Guerra, sólo se acordó su disolución hasta 1946. Sus archivos fueron trasladados a la ONU) representan el ataque orgánico a este problema, el ataque que viene de adentro del propio complejo de la historia, cuyo éxito, por escaso que fuere, será bienvenido. El Instituto Internacional de Cooperación Intelectual descubre, hasta por su nombre, el motor que anima estos empeños: la inteligencia3. (3 Aquí, como en mis palabras del Día Americano, recogidas en Tentativas y orientaciones, sólo cito las instituciones oficiales para que se vea que las nuevas aspiraciones de que vengo tratando de tal modo invaden ya nuestro ambiente, que no sólo se manifiestan en las zonas renovadoras de la oposición, sino que han fundado’ ya cuarteles en el centro mismo de la zona conservadora. El cosmopolitismo, que por un extremo es perseguido por la policía como elemento disolvente, por el otro extremo recibe, en Ginebra, el acatamiento de los Estados).

Notaréis que este cuadro registra tácitamente un paulatino advenimiento al poder de las clases que ahora se llaman clases universitarias. El ideal de unificación ya da más francamente la cara y no se sonroja de sí mismo. Se le llama ideal de paz, y es la más noble conquista de la inteligencia. Porque, aunque, hablando con toda la crueldad de la filosofía, el ser del Estado se confunda en última instancia con el ser del ejército, nadie ha dicho que lo que se engendró en la guerra tiene que seguir siendo bélico. Sobre todo cuando, como en el caso, la necesidad bélica no es su fundamento. Al contrario, en apaciguar y convertir a más altos fines los impulsos atávicos está el sentido de la humanidad. También hay sociólogos que nos demuestren, con metáforas biológicas, que el hombre es originariamente un animal de rapiña: tiene —dicen— los ojos de frente para fascinar a la presa, como todos los seres que se alimentan con la vida de los demás; en tanto que los animales no rapaces viven de plantas y yerbas, y tienen los ojos de costado, a la defensiva, para ver venir la amenaza y escapar a tiempo. Concluir de aquí, como lo hacen estos sociólogos, que el hombre debe procurar desarrollar en sí mismo su rapacidad prehistórica, no pasa de ser una chabacanería lamentable. Yo sé que la biología debe entrar con mucha cautela y pisando de puntillas en el terreno de la sociología. También nos enseña la historia natural que las alas de las aves pueden haber sido, en un principio, meros órganos respiratorios, como las branquias de los peces. Suponed que la mano —me avergüenza decirlo— os haya sido dada para matar. Habéis hecho de ella —sea en buenhora— el menestral de todas las artes y el ministro de la amistad.

Hasta aquí hemos recorrido la vida y fortunas de la inteligencia en su proceso físico y en su proceso espiritual de unificación, cuando trabaja sobre la materia natural o sobre la materia histórica: sobre la tierra o sobre el hombre. Pero la inteligencia trabaja también como agente unificador sobre su propio ser inefable, sobre la inteligencia misma, y entonces se llama cultura. Ya no es el proceso físico —nivelación geográfica—, ya no es el proceso histórico —cosmopolitismo—; ahora es el proceso intelectual de la inteligencia (si se me permite ésta expresión algo alambicada), el cual se desarrolla en el pasado, se recoge en el presente y se orienta hacia el porvenir. La continuidad que así se establece es la cultura, la obra de las musas, hijas de la memoria. Este punto, aparentemente, no necesita mayor desarrollo que su simple enunciado. Todos, en efecto, estamos convencidos de que asegurando el presente afirmamos el porvenir y, en cierto sentido, satisfacemos aquel anhelo de perpetuación y perennidad que está escrito en nuestras almas. Todos debiéramos estar convencidos de que la manera de asegurar el presente es asimilar el pasado. ¿Lo estamos de veras?

Comencemos otra vez por alejar la intrusa sombra que acompaña y a veces esconde a cada pensamiento. Asimilar el pasado no es ser conservador sistemático, ni retrógrado en el sentido vulgar de la palabra. Os habla el ciudadano de una república que no dudó en ponerse a sí misma en tela de juicio para esclarecerse a sus propios ojos, para darse a luz. La transformación mexicana, al disiparse el humo de los combates, descubre frente a sí el espectáculo del ser mexicano, de la tradición nacional, de la cual las vicisitudes históricas nos habían venido alejando insensiblemente al correr del siglo XIX. Hablo aquí de tal transformación como un fenómeno total, superior a los gustos individuales, a los partidos y a las personas, superior a sus directores. Lo que ha salido a flor de patria —la gran preocupación por la educación del pueblo y el desarrollo incalculable de las artes plásticas y la arqueología— son movimientos de perfecta relación histórica, que rectifican un titubeo anterior de descastamiento: se afianzan sobre el pasado vetusto y trascendente, recogiendo cada nota de la melodía que dan los siglos; se inspiran en él, lo aprovechan como resorte del presente y, sobre este resorte, saltan con robusta confianza sobre el mar movible del porvenir.

Recientemente, en un diario madrileño, Azorín comentaba con lucidez las palabras del jefe del gabinete español, don Manuel Azaña: “Soy el español más tradicionalista que hay en la Península”; y hacía ver que, entre los tres órdenes políticos que hoy emplean en España la palabra tradición con singular frecuencia —el carlista partidario del absolutismo, el monarquista constitucional alfonsino, ambos conservadores, y por último el gobierno republicano surgido de la revolución—; es éste, es el revolucionario Azaña, quien abarca, en su visión nacional, mayor cantidad de historia, de pasado, de ser español. Todo esto es para deciros que la idea de continuidad, de cultura, de unificación de la inteligencia en el seno de su propia sustancia, nada tiene de común con lo que la gente llama pasatismo, derechismo, reacción, u otras nociones de este jaez que hemos dejado a media calle antes de llegar a esta sala, porque ellas pueden corresponder a realidades inmediatas, pero no tienen cara filosófica con que presentarse. No se trata aquí de querer traducir el presente hacia el pasado, sino, al contrario, el pasado hacia el presente. El aprovechamiento de una tradición no significa un paso atrás, sino un paso adelante, a condición de que sea un paso orientado en una línea maestra y no al azar. Por lo demás, no todo lo que ha existido funda tradición. Si así fuera, la historia sería una ciencia matemática; un asunto de cómputo cuantitativo y no, como lo es, un asunto de selección cualitativa. Y repito ahora mi pregunta. Aun purificada así la idea, ¿estamos seguros de creer que, tamizando y cerniendo finamente el pasado —porque en todo hay que separar el grano de la paja—, hacemos un servicio al presente? Debiéramos estar seguros, no cabe la menor duda. Pero ello es que no lo estamos. Tal es, y no la crisis exterior, la mayor dolencia de nuestra época. Hablemos con sinceridad: hoy se nos repite mucho que el pasado está en quiebra y que toda la humanidad, antes de nosotros, se ha equivocado. Un placer de la ruptura histórica preside a estas apreciaciones. Ello merece analizarse.

Sin duda es cuestión de temperamentos. Hay quienes se sienten más impresionados por las semejanzas de las cosas, y hay quienes se confiesan más afectados por sus diferencias. Aquella primera tendencia, que es la tendencia clásica, se alarga en un comentario de veinticuatro siglos en torno al principio aristotélico de que la naturaleza nada hace por saltos. Visión de la vida que no deja de tener placidez, ella contempla los hilos que teje y desteje la creación, con la confianza de que no puede haber ruptura en la hamaca que nos sostiene, y nunca hemos de precipitarnos en la nada mediante un asesinato cosmogónico, ya administrado a pequeñas dosis de discontinuidad, o ya en un rapto de impaciencia divina que cerrara todo el universo como se cierra un grande abanico. De aquí cierto optimismo metafísico superior a nuestras desgracias individuales, que fácilmente alcanza la temperatura de la mística: la contemplación de la armonía lleva al éxtasis, y anula el sentir personal en términos que confunden el placer de la vida y el placer de la muerte. Porque la muerte, de cierta manera apreciada, como el Prometeo de Goethe la describe, puede también atraer, c modo de oasis. En esta misma imagen del mundo se inspira el sentimiento de la evolución: no digo la teoría de Darwin o la retórica descriptiva de Spencer, que han dejado de prestar servicios a la ciencia y a la filosofía, sino la noción puramente lógica de la evolución, que equivale ya a la armonía. Los fenómenos son una cadena de manos enlazadas, y se puede ir de uno a otro por la línea recta de la derivación. En el orden de la naturaleza, esta imagen del mundo informa el concepto de la “coordinación biológica”, concepto que ha venido a sustituir a los antiguos de variación sin plan, adaptación sin plan y lucha por la vida sin plan.

La otra tendencia, aquella que insiste en las diferencias de las cosas, en los contrastes de las centurias o de los instantes sucesivos, está, en nuestros días, al alcance de todas las fortunas, desde que la guerra europea nos dio la sensación de un vasto hundimiento. Abra histórica donde desaparecieron millones de hombres, esta zanja parece dividir naturalmente dos épocas, a tal grado que muchos se figuran que los de allá y los de acá nos damos la espalda, que de poco o nada nos sirven las anteriores conquistas, y que la actual crisis —crisis del mantenimiento de nuestra especie sobre la tierra, crisis de la vida del hombre en medio de sus semejantes— ofrece caracteres de novedad para los cuales es fuerza sacar remedios nuevos punto menos que de la nada. Con una exasperación que llega, en sus desvaríos, a asumir perfiles de regocijo orgiástico, las nuevas generaciones se educan al grito: —¡Nada tengo de común con la historia! Y me pregunto si no será tiempo de que sus maestros, que tanto han insistido en la discontinuidad y en la diferencia, comiencen ya a insistir en la ley de continuidad, ley de cultura.

Tanto recrearse en la desvinculación aparente de las cosas me temo que sea un pecado del espíritu, una delectación morosa a lo metafísico y que se purgue y se pague al fin como los demás pecados. En el argumento se ha introducido una confusión pintoresca. Se confunde arbitrariamente la idea de continuidad con la idea de lentitud, y por aquí se la hace odiosa. Spengler describe la aparición del hombre en la tierra como un caso súbito semejante a un cataclismo geológico, y luego añade: “Las variaciones lentas y flemáticas corresponden al modo de ser inglés: no a la naturaleza.” Pero nadie ha dicho que la continuidad sea modorra, ni nadie aconseja el andar perezoso de la tortuga de preferencia a la estética del salto, grata a las almas jóvenes. Y aquí comenzamos a hablar del salto en un sentido ya no aristotélico. El salto, que nos seduce como una manera de heroicidad en el movimiento, no es tampoco una interrupción. Aquiles, de alígeros pies, salta y no lo vemos sino antes y después del salto. No diremos de Aquiles que ha dejado de existir durante el salto: simplemente, supera nuestra sensación psicológica del momento, la decimasexta parte de un segundo. Pero Aquiles, visto en cámara lenta, es perfectamente continuo. Sea otro ejemplo —de uso frecuente, puesto que se encuentra en la Iliada—: el dardo parece morir en las manos del que lo lanza, cuando ya renace otra vez vibrando en el pecho del enemigo; pero los ojos veloces de una diosa han reducido este rayo a un tren de ondas, y su mano ha tenido tiempo de atravesarse, rauda, a medio viaje, y desviar el golpe mortífero. Los que adulteran, a sabiendas o no, el concepto de la humanidad, juegan con el coeficiente del tiempo. En lo inmenso, nos amenazan con la ruina de las culturas. ¡Como si éstos fueran acontecimientos apreciables a la planta humana!4 (No niego que puedan ser filosóficamente “apreciables”, sino moralmente “utilizables”). ¡Como si pudiéramos organizar nuestra actitud ante la vida —ante el trecho de vida que nos incumbe— en vista de fenómenos que, o caen tan fuera de nuestro radio como el enfriamiento progresivo del mundo, o sólo tienen una realidad interpretativa! Y en lo diminuto, nos amenazan con la misteriosa interrupción de los electrones al saltar de una órbita a otra. ¡Como si esto no fuera pura deficiencia de nuestro cálculo, o bien falsa traducción del lenguaje que llama discontinuo a lo rítmico o llama espacio a lo que ya no es espacio!5 (5 Partiendo de Roupnel, Gastón Balchelard nos habla ya de la autonomía absoluta del instante. Nuestra sensación de continuidad temporal sería una mera ilusión cinematográfica. Aquí no es sitio para entrar en esta discusión, que más que a la realidad del fenómeno se refiere al lenguaje con que lo expresamos. Bástenos decir que continuidad, indica que la continuidad es el orden humano. … Ensaye cualquiera una acción —así sea imaginativa— que no esté fundada en el supuesto de la continuidad: ensáyela, si puede. Acaso la conducta humana pueda precisamente definirse como un imperativo de continuidad lanzado sobre el mundo.)  Y todavía, en su sadismo filosófico, porque otro nombre no merece, ¿qué porvenir nos ofrecen si aceptamos la inminencia de un vuelco absoluto de la vida? ¿Nos ofrecen una vida mejor, o lo que vale más, de mayor dignidad humana? No: nos convidan al suicidio consciente. Nos proponen, con hueca grandilocuencia, el ejemplo de aquel soldado romano “cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta de Pompeya, y que murió porque, al estallar el Vesubio, olvidáronse de licenciarlo”. ¡Como si el hombre no estuviera dotado para adoptar y sortear estos acasos, de acuerdo con la valentía de la vida! Estas metáforas soberbias —desconfiemos— explotan el gusto literario más a ras del suelo, y halagan la vanidad vulgar. Resultamos héroes a nuestros propios ojos, por el solo hecho de existir en estos tiempos de Dios. Además, nos sentimos incitados a la pereza, lo cual parece que es muy agradable: si nada nos enseña el pasado, ¡a cerrar los libros! Así se distrae a la juventud del ejercicio y el estudio que han de ser toda su defensa para mañana, con la consoladora perspectiva del fin del mundo, propio consuelo de cobardes. Así echan cada cinco minutos el pito de sirena de los incendios, que hace abandonar las aulas y salir a la calle. Así amenazan a toda hora con el “¡Guarda el lobo!” de la fábula, hasta que, de hartos, ninguno preste atención si de veras se nos acerca el lobo. Y —rasgo característico— son los más eruditos, los más culturizados, los que más deben al pasado y a la tradición, quienes se proponen para caudillos en esta nueva campaña de la ignorancia. Tras de haberse nutrido con el acervo de la historia, vienen a capitanear una campaña antihistórica.

Pero no se puede jugar así indefinidamente, con el espíritu de las nuevas generaciones. El soldado de Pompeya, o estaba embriagado como solían, o se adormeció doblado sobre su lanza como acontece al centinela, o no pasaría de ser un imbécil sin el sentido de las categorías, sin discernimiento ni cerebración, y hasta sin el sano instinto que salva de los terremotos a los pobres ratones. Yo tengo una contrafigura para el soldado de Pompeya, y es aquel admirable aventurero español que, abandonado por una primera expedición en las costas mexicanas, no quiso seguir a los hombres de Cortés cuando éstos después se presentaron a rescatarlo. Gonzalo Guerrero, que así se llamaba este valiente, se encontraba bien hallado como jefe de indios, y tenía mujeres trigueñas que le daban hijos encantadores: la primera prole mestiza de que haya mención en nuestra América. Para él cambiar de civilizaciones venía a ser como cambiar de camisa. No veía el objeto de morirse por tener que taladrarse el lóbulo de la oreja o tener que estamparse en la cara un estupendo tatuaje en rojo y negro —cosas, después de todo, que hacen más o menos nuestras damas. Y aunque no sabría de coro las dos antigüedades, de seguro había cortado en la España de su infancia el fruto verdadero de las culturas que es, en suma, la resistencia moral para los reveses y casualidades exteriores; es decir: la fuerza de continuidad, el valor para “seguir adelante sobre las tumbas”, como suspiraba Goethe; para el “impávido pisar sobre ruinas”, como cantaba Horacio.

No son de ahora los predicadores de catástrofes. Un cierto instinto pitagórico hace que se consideren los números redondos como cifras fatídicas. Así fue el año de mil, así será el de dos mil: se va a acabar el mundo. Un cierto instinto de que todo lo insólito es un aviso del destino alimenta la superstición de los eclipses y los cometas: se va a acabar el mundo. Ya un cometa —quizá os lo han contado— le costó a la raza de Cuauhtémoc la conquista de México. El emperador Moctezuma estaba convencido de que la aparición del cometa en el cielo de Anáhuac era una conminación divina para entregarse con armas y bagajes al conquistador blanco, al hijo del Sol. Y se le entregó, en efecto, como el rey Latino de la Eneida se entregó a los tróvanos. Y aunque después el pueblo se opuso en una revirada instintiva, otra hubiera sido su suerte si, bien conducido por su monarca, cierra desde el primer instante su muralla de paveses, y descarga sobre el invasor, no digamos ya la tempestad de sus flechas, sino su numeroso empellón de carne humana.

Pero volvamos a las catástrofes irremediables, a las ruinas de civilizaciones. Si le llamo civilización al uso del triciclo, me cuesta poco trabajo demostraros que la civilización está, por su esencia misma, destinada a morir en término más o menos lejano. Pero si —ateniéndome a lo fundamental— le llamo civilización a la rueda, la veo girar por toda la historia como un radioso disco solar que todo lo ilumina, o como aquella serpiente que se muerde la cola, imagen de la continuidad adorada en todas nuestras mitologías.

Días pasados, cayó casualmente en mi mesa un artículo del Harper´s Weekly, revista norteamericana, del cual entresaco estos párrafos:

“El presente es un momento sombrío en la historia. Por muchos años, ni en el curso de la vida de los que leen esta revista, ha habido tan profunda y grave preocupación humana; nunca ha sido el futuro tan incierto como hoy. En nuestro mismo país existe pánico y depresión comercial, y miles de nuestros más pobres conciudadanos están en la calle sin empleo y sin la menor perspectiva de obtenerlo.

“En Francia, la caldera política hierve y bulle con incertidumbre; Rusia, como siempre, es la amenaza de una nube negra y silenciosa sobre el horizonte de Europa, mientras que todas las fuerzas y energías del Imperio Británico están duramente probadas en contener en la India una insurrección de vastas y mortales proporciones y, además, la posibilidad de complicaciones internacionales en China.

“Es éste un momento solemne, y no se puede permanecer indiferente ante tales acontecimientos. Nadie puede pronosticar ni ver el fin de nuestras propias perturbaciones…”

Así dice el artículo de la revista norteamericana. No se puede describir mejor lo que ahora estamos presenciando. Se me olvidaba decir —pequeña confesión al oído— que este artículo del Harper´s Weekly no acaba de publicarse ahora, sino que procede de un número que apareció, exactamente, el 10 de octubre de 1857. Hace setenta y cinco años que debimos haber perecido como el soldado de Pompeya, y todavía no hemos perecido. Y estamos afrontando una nueva crisis, aunque sea más grande que la otra. Y yo os invito con todo mi ánimo a que todavía no os deis a la derrota. El que persiste acaba siempre por tener razón. Aceptad las renovaciones que el tiempo traiga, y abrid el pecho a los ventarrones de la vida.

La palabra “cambio universitario” sólo nos sirvió de peldaño para subir una escalera que ahora tendremos que bajar. Pero ya sabemos todo lo que en esa palabra hay escondido. Dejemos la técnica del cambio a los que tienen, en nuestros países, el gobierno de las escuelas. Quizás otro día os describa algunos aspectos de este concepto —lucha de unificación entre las conciencias tiernas de América— tal como yo lo entiendo y lo veo. Por ahora sólo quise libraros de un mareo, ayudaros a mirar la línea del horizonte, para curaros un poco de las pequeñas inquietudes que todos los días os visitan, en vuestro trato con programas de estudio, libros de texto, catedráticos o directores de la enseñanza. Si logro que volváis ahora a vuestros afanes estudiosos algo confortados con la contemplación de la Atenea Política, de la inteligencia que fabrica ciudades, habré correspondido a la invitación con que me honrasteis. Ninguna podía conmoverme más: soy un estudiante cuarentón, estudiante fui ayer y estudiante seré mañana. Tengo algún derecho a aconsejaros la vida de la cultura como garantía de equilibrio en medio de las crisis morales. Traigo bien provistas de experiencia mis alforjas de caminante. No olvidéis que un universitario mexicano de mis años sabe ya lo que es cruzar una ciudad asediada por el bombardeo durante diez días seguidos, para acudir al deber de hijo y de hermano, y aun de esposo y padre, con el luto en el corazón y el libro de escolar bajo el brazo. Nunca, ni en medio de dolores que todavía no pueden contarse, nos abandonó la Atenea Política.

No quiero despedirme sin recordaros que esta divinidad tiene muchos nombres, no contando el que Zeus le prodiga en el poema homérico (“querida ojizarca”) que más bien es un apodo paternal cariñoso. Repetir los nombres de las divinidades es una forma elemental de la plegaria. Orar quiere decir hablar con la boca. Oremos: Atenea, además de Polías o política, se llama Promacos, que viene a ser campeón en las armas, diosa campeadora; se llama Sthenias o poderosa, Areia o de bélica naturaleza. Y todo esto significa que nunca deja enmohecerse su tradición, sus victorias pasadas, sino que a cada nueva aurora madruga a combatir por ellas. Atenea se llama también Bulaia, porque asiste y juzga en los consejos, porque sofrena la cólera del héroe tirándole oportunamente por las riendas de la cabellera, y se llama Ergane, maestra de artesanos, por donde la escuela y el taller se confunden. Por último, Atenea es Kurótrofos, nutriz de los retoños, diosa que alimenta los nuevos planteles de hombres. Protectora de los muchachos, ella os defienda y os ampare, ella os guíe, ella os fatigue y os repose.

Río de Janeiro, 4, V, 1932. Obras Completas. Tomo XI, pp. 182-203.

México, Fondo de Cultura Económica.

Morir de prisas; Luis García Montero

Siendo presidente del gobierno de la República, hubo un momento en el que Manuel Azaña sintió la necesidad de escribir: “Soy el español más tradicionalista que hay en la Península”. Me lo recuerda Alfonso Reyes, el gran escritor mexicano, en un ensayo de 1932 que se titula Atenea política. La relectura es uno de los placeres de tener tiempo. Para mí significa tener tiempo para recordar el presente, nada más y nada menos.

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Las relaciones políticas con el tiempo sugieren una meditación continua y vigilante. Cuando las cosas van demasiado despacio conviene acelerar el curso de las aguas. La inmovilidad provoca moho. Pero cuando las cosas empiezan a ir demasiado de prisa, resulta imprescindible hacerse amigo de la calma, comprender bien quiénes son los pescadores en el río revuelto y qué se pierde cuando tiramos algo por la borda para navegar en el vértigo. Se corre el peligro de mezclar una cultura y una historia propias con el lastre inservible.

Disponer de tiempo es un signo de vida buena y de autoridad humana. Quien tiene dinero disfruta sin duda de privilegios y armas para dominar. Los que deben defenderse de los privilegios del dinero necesitan tener tiempo. Tener el tiempo es un equipaje imprescindible para decidir sobre los que tienen el dinero. Y esto es un problema porque el tiempo, transformado en mercancía, tiene precio y también se compra o se vende.

Siendo presidente del gobierno de la República, hubo un momento en el que Manuel Azaña sintió la necesidad de escribir: “Soy el español más tradicionalista que hay en la Península”. Me lo recuerda Alfonso Reyes, el gran escritor mexicano, en un ensayo de 1932 que se titula Atenea política. La relectura es uno de los placeres de tener tiempo. Para mí significa tener tiempo para recordar el presente, nada más y nada menos. Los problemas de Syriza en Grecia, la fractura del sueño después de la convocatoria del referéndum y de la aceptación del tercer rescate, me recordaron el ensayo de Alfonso Reyes sobre la prisa y el prestigio habitual de los grandes cambios tajantes en la meditación histórica.

Azaña, claro está, no se sentía atraído por el conservadurismo, el derechismo o la nostalgia reaccionaria. Reivindicó la tradición porque en su deseo de enfocar el futuro quería traducir en presente la memoria de un pasado de lucha, los valores de una tradición ética. La postura de Azaña interesó a Reyes porque acababa de leer un artículo del Harper’s Weeklyen el que se caracterizaba el momento como la consecuencia de una crisis generalizada de valores, la necesidad de renunciar a todo lo viejo y el anuncio de una nueva época de cambios radicales. El artículo se podía aplicar al conflictivo año 1932 que estaba viviendo entonces el mundo, pero lo interesante para Reyes era que pertenecía a una publicación de 1857.

Cuando toda la tripulación tira el barco por la borda o la casa por la ventana, conviene recordar que se muere de velocidad y prisas lo mismo que se puede morir de éxito. El problema de vivir en el vértigo –que es el tiempo de la especulación en bolsa–, se parece mucho a quedarse sin tiempo por excesiva confianza en los tiempos, las modas, la actualidad y las exigencias del presente. El vértigo resulta tan peligroso como el inmovilismo. Por eso Manuel Azaña y Alfonso Reyes sintieron la necesidad de mantener respeto a la memoria en un tiempo de crisis. La vanidad de sentir que todo lo inventamos a primera hora de la mañana nos deja sin raíces, sin ayer y, sobre todo, nos deja desarmados ante un contratiempo.

La cultura de la justicia y la igualdad no se adapta a un ritmo de todo o nada, de ahora o nunca. Una larga tradición de ilusiones, esfuerzos, debates, sacrificios, amores, compasiones y conquistas ha permitido soportar las derrotas, darle sentido a las pérdidas. La lógica del ahora o nunca es preocupante porque nos deja desarmados ante la derrota. Cuando el poder provoca grandes decepciones, conviene tener tiempo a la espalda para no darse definitivamente por perdidos. Se trata de un episodio, de un eslabón en la lucha.

¿El gobierno de Syriza ha traicionado? ¿Fue inútil el referéndum? Me respondo dos veces con un no herido, pero dispuesto a resistir. Syriza hizo lo que podía, nada más. Pero su esfuerzo ilumina el conflicto en muchos aspectos. La crisis griega evidencia que la soberanía nacional y los ciudadanos no cuentan en la configuración política de Europa. La cancelación de los antiguos Estados no ha supuesto la formación de una soberanía europea cívica, sino la renuncia al poder político democrático que se ha disuelto en beneficio de las élites económicas. Con estas reglas de juego es imposible que se respete la decisión de las mayorías sociales. La mentira democrática que sufrimos exige la unificación de valores cívicos y una meditación a largo plazo, un pensamiento organizado más allá de la lógica vertiginosa del usar y tirar.

La crisis también ha demostrado los peligros de la insolencia absolutista de lo nuevo. La derrota sin memoria desemboca en la renuncia, la decepción, la desmovilización. La memoria enseña a asumir las derrotas sin darse por perdidos, nos adiestra en una cultura que avanza, pero que no tira por la borda los valores de la resistencia. El tacticismo sin raíces puede deshojar el árbol al primer golpe de viento.

En la dinámica del tiempo y el contratiempo, siempre se está a tiempo de defender una conciencia a contratiempo. Porque la ética es también una conciencia del tiempo… de los tiempos.