EL LOBO ESTEPARIO

EL LOBO ESTEPARIO

Hermann Hesse

Sinopsis

INTRODUCCIÓN

Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario. No hay por qué examinar si su manuscrito requiere un prólogo introductor; a mí me es en todo caso una necesidad agregar a las hojas del lobo estepario algunas, en las que he de procurar estampar mi recuerdo de tal individuo. No es gran cosa lo que sé de él, y especialmente me han quedado desconocidos su pasado y su origen. Pero de su personalidad conservo una impresión fuerte, y como tengo que confesar, a pesar de todo, un recuerdo simpático.

El lobo estepario era un hombre de unos cincuenta años, que hace algunos fue a casa de mi tía buscando una habitación amueblada. Alquiló el cuarto del doblado y la pequeña alcoba contigua, volvió a los pocos días con dos baúles y un cajón grande de libros, y habitó en nuestra casa nueve o diez meses. Vivía muy tranquilamente y para sí, y a no ser por la situación vecina de nuestros dormitorios, que trajo consigo algún encuentro casual en la escalera o en el pasillo, no hubiésemos acaso llegado a conocernos, pues sociable no era este hombre, al contrario, era muy insociable, en una medida no observada por mí en nadie hasta entonces; era realmente, como él se llamaba a veces, un lobo estepario, un ser extraño, salvaje y sombrío, muy sombrío, de otro mundo que mi mundo. Yo no supe, en verdad, hasta que leí éstas sus anotaciones, en qué profundo aislamiento iba él llevando su vida a causa «de su predisposición y de su sino, y cuán conscientemente reconocía él mismo este aislamiento como su propia predestinación. Sin embargo, ya en cierto modo lo había conocido yo antes por algún ligero encuentro y algunas conversaciones, y el retrato que se deducía de sus anotaciones, era en el fondo coincidente con aquel otro, sin duda algo más pálido y defectuoso, que yo me había forjado por nuestro conocimiento personal.

Por casualidad estaba yo presente en el momento en que el lobo estepario entró por vez primera en nuestra casa y alquiló la habitación a mi tía. Llegó a mediodía, los platos estaban aún sobre la Mesa, y yo disponía de media hora antes de tener que volver a mi oficina. No he olvidado la impresión extraña y muy contradictoria que me produjo en el primer encuentro: Entró por la puerta cristalera, después de haber llamado a la campanilla, y la tía le preguntó en el corredor, medio a oscuras, lo que deseaba. Pero él, el lobo estepario, había levantado olfateaste su cabeza afilada y rapada, y, oliendo con su nariz nerviosa en derredor, exclamó, antes de contestar ni de decir su nombre: “¡Oh!, aquí huele bien.” Y al decir esto, sonreía, y mi tía sonreía también, pero a mí se me antojaron más bien cómicas estas palabras de saludo y tuve algo contra él.

—Bien —dijo—; vengo por la habitación que alquila usted

Sólo cuando los tres subimos la escalera hasta el doblado, pude observar más exactamente al hombre. No era muy alto, pero tenía los andares y la posición de cabeza de los hombres corpulentos, llevaba un abrigo de invierno, moderno y cómodo, y, por lo demás, vestía decentemente, pero con descuido, estaba afeitado y llevaba muy corto el cabello, que acá y allá empezaba a adquirir tonalidades grises. Sus andares no me gustaron nada en un principio; tenía algo de penoso e indeciso, que no armonizaba con su perfil agudo y fuerte, ni con el tono y temperamento de su conversación. Sólo más adelante observé y supe que estaba enfermo y que le molestaba andar. Con una sonrisa especial, que entonces también me resultó desagradable, pasó revista a la escalera, a las paredes y ventanas, y a las altas alacenas en el hueco de la escalera; todo ello parecía gustarle y, sin embargo, al mismo tiempo le parecía en cierto modo ridículo. En general, todo el individuo daba la impresión como si llegara a nosotros de un mundo extraño, por ejemplo de países ultramarinos, y encontrara aquí todo muy bonito, sí, pero un tanto cómico. Era, como no puedo menos de decir, cortés, hasta agradable, estuvo en seguida conforme y si objeción alguna con la casa, la habitación y el precio por el alquiler y el desayuno, y, sin embargo, en torno de toda su persona había como una atmósfera extraña y, al parecer, no buena y hostil. Alquiló la habitación, alquiló también la alcoba contigua, se enteró de todo lo concerniente a calefacción, agua, servicio y orden doméstico, escuchó todo atenta y amablemente, estuvo conforme con todo, ofreció en el acto una señal por el precio del alquiler, y, sin embargo, parecía que todo ello no le satisfacía por completo, se hallaba a sí propio ridículo en todo aquel trato y como si no lo tomara en serio, como si le fuera extraño y nuevo alquilar un cuarto y hablar en cristiano con las personas, cuando él estaba ocupado en el fondo en cosas por completo diferentes. Algo así fue mi impresión, y ella hubiera sido desde luego muy mala, a no estar entrecruzada y corregida por toda clase de pequeños rasgos. Ante todo era la cara del individuo lo que primero me agradó. Me gustaba, a pesar de aquella impresión de extrañeza. Era una cara quizá algo particular y hasta triste, pero despierta, muy inteligente y espiritual y con las huellas de profundas cavilaciones. Y a esto se agregaba, para disponerme más a la reconciliación, que su clase de cortesía y amabilidad, aun cuando parecía que le costaba un poco de trabajo, estaba exenta de orgullo, al contrario, había en ello algo casi emotivo, algo como suplicante, cuya explicación encontré más tarde, pero que desde el primer momento me previno un tanto en su favor.

Antes de acabar la inspección de las dos habitaciones y de cerrar el trato, había transcurrido ya el tiempo que yo tenía libre y hube de marcharme a mi despacho. Me despedí y lo dejé con mi tía. Cuando volví por la noche, me contó ésta que el forastero se había quedado con las habitaciones y que uno de aquellos días habría de mudarse, que le habla pedido no dar cuenta de su llegada a la Policía, porque a él, hombre enfermizo, le eran insoportables estas formalidades y el andar de acá para allá en las oficinas de la Policía, con las molestias correspondientes. Aún recuerdo exactamente cómo esto me sorprendió y cómo previne a mi tía de que no debía pasar por esta condición.

Precisamente a lo poco simpático y extraño que tenía el individuo, me pareció que se acomodaba demasiado bien este temor a la Policía, para no ser sospechoso. Expuse a mi tía que no debía acceder de ningún modo y sin más ni más a esta rara pretensión de un hombre totalmente desconocido, cuyo cumplimiento podía tener para ella acaso consecuencias muy desagradables. Pero entonces supe que mi tía le había prometido ya el cumplimiento de su deseo y que ella en suma se habla dejado fascinar y encantar por el forastero; ella no había tomado nunca inquilinos, con los que no hubiera podido establecer una relación amable y cordial, familiar, o mejor dicho, como de madre, de lo cual también habían sabido sacar abundante partido algunos arrendatarios anteriores. Y en las primeras semanas todo continuó así, teniendo yo que objetar más de cuatro cosas al nuevo inquilino, mientras que mi tía lo defendía en todo momento con calor.

Como este asunto de la falta de aviso a la Policía no me gustaba, quise por lo menos enterarme de lo que mi tía supiera del forastero, de su procedencia y de sus planes. Y ella ya sabía no pocas cosas, aunque él, después de irme yo a mediodía, sólo había permanecido en la casa muy poco tiempo. Le había dicho que pensaba pasar algunos meses en nuestra dudad, para estudiar en las bibliotecas y admirar las antigüedades de la población. En realidad, no le gustó a mi tía que alquilase el cuarto sólo por tan poco tiempo, pero evidentemente él la había ganado para sí, a pesar de su aspecto un tanto extraño. En resumen, el departamento estaba alquilado, y mis objeciones llegaran demasiado tarde.

—¿Por qué dijo que olía aquí tan bien? —pregunté.

A esto me contestó mi tía, que algunas veces tiene muy buenas ideas:

—Me lo figuro perfectamente.

En nuestra casa huele a limpieza y orden, a una vida agradable y honrada, y eso le ha gustado. Parece como si ya hubiese perdido la costumbre y lo echara de menos.

—Bien —pensé—: a mí no me importa. Pero —dije— si no está acostumbrado a una vida ordenada y decente, ¿cómo vamos a arreglarnos? ¿Qué vas a hacer tú si es sucio y lo mancha todo, o si vuelve a casa borracho todas las noches?

—Ya lo veremos—dijo ella riendo, y yo lo dejé estar.

Y en efecto, mis temores eran infundados. El inquilino, si bien no llevaba en modo alguno una vida ordenada y razonable, no nos incomodó ni nos perjudicó, aún hoy nos acordamos de él con gusto. Pero en el fondo, en el alma, aquel hombre nos ha molestado y nos ha inquietado mucho a los dos, a mi tía y a mí, y dicho claramente, aún no me deja en paz De noche sueño a veces con él, y en el fondo me siento alterado e inquieto por su causa, por la mero existencia de un ser así, aun cuando llegué a tomarle verdadero afecto.**

Un carrero trajo dos días después las cosas del forastero, cuyo nombre era Harry Haller, Un baúl muy hermoso de piel me hizo una buena impresión, y otro gran baúl aplastado, de camarote, hacía pensar en largos viajes anteriores, por lo menos tenia pegadas etiquetas amarillentas de hoteles y sociedades de transporte de diversos países, hasta transoceánicos

Después llegó él mismo, y empezó la época en que yo conocí poco a poco a este hombre singular. En un principio no hice nada por mi parte para ello. Aun cuando Haller me interesó desde el primer momento en que lo vi, no di durante las primeras semanas paso alguno para encontrarlo o trabar conversación con él. En cambio, y esto tengo que confesarlo, es verdad que desde un principio observé un poco al individuo; a veces durante su ausencia entré en su cuarto, y por natural curiosidad, me dediqué al espionaje.

Ya he consignado algunos detalles del aspecto exterior del lobo estepario. A primera vista daba, desde luego, la impresión de un hombre superior, nada vulgar y de extraordinario talento; su rostro, lleno de espiritualidad, y el juego extremadamente delicado e inquieto de sus rasgos reflejaban una vida anímica interesante, excesivamente agitada, enormemente delicada y sensible. Cuando se hablaba con él y él—lo que no siempre sucedía—traspasaba los límites de lo convencional y, dejándose llevar de su singular naturaleza, decía palabras personales y propias, entonces uno de nosotros no tenía más remedio que subordinársele, él había pensado más que otros hombres, poseía en asuntos del espíritu aquella serena objetividad, aquella segura reflexividad y sabiduría que sólo tienen las personas verdaderamente espirituales, a las que falta toda ambición y nunca desean brillar, ni convencer a los demás, ni siquiera tener razón.

De la última época de su estancia aquí recuerdo una expresión en ese sentido, que ni siquiera llegó a pronunciar, pues consistió simplemente en una mirada. Había por entonces anunciado una conferencia en el salón de fiestas un célebre filósofo de la Historia y crítico cultural, un hombre de fama europea, y yo había logrado convencer al lobo estepario, que en un principio no, tenía gana ninguna, de que fuera a la conferencia. Fuimos juntos y estuvimos sentados el uno al lado del otro. Cuando el orador subió a la tribuna y empezó su discurso, defraudó, por la manera presumida y frívola de su aspecto, a más de cuatro oyentes, que se lo habían figurado como una especie de profeta. Cuando empezó a hablar, diciendo al auditorio algunas lisonjas y agradeciéndole que hubiese acudido en tan gran número, entonces me echó el lobo estepario una mirada instantánea, una mirada de crítica de aquellas palabras y de toda la persona del orador, ¡oh, una mirada inolvidable y terrible, sobre cuya significación podría escribirse un libro entero! La mirada no sólo criticaba a aquel orador y pulverizaba al hombre célebre con su irresistible ironía; eso era en ella lo de menos. La mirada era mucho más triste que irónica, era insondable y amargamente triste; su contenido era una desesperanza callada, en cierto modo irremediable y definitiva, y en cierto modo también convertida ya en forma y en hábito. Con su desolado resplandor iluminaba no sólo la persona del envanecido conferenciante y ridiculizaba y ponía en evidencia la situación del momento, la expectativa. y la disposición del público y el título un tanto pretensioso del discurso anunciado —no, la mirada del lobo estepario atravesaba penetrante todo el mundo de nuestro tiempo, toda la fiebre de actividad y el afán de arrivismo, la vanidad entera y todo el juego superficial de un espiritualismo fementido y sin fondo—. ¡Ay!, y por desgracia la mirada profundizaba aún más; llegaba no sólo a los defectos y a las desesperanzas de nuestro tiempo, de nuestra espiritualidad y de nuestra cultura: llegaba hasta el corazón de toda la humanidad, expresaba elocuentemente en un solo segundo la duda entero de un pensador, de un sabio quizá, en la dignidad y en el sentido general de la vida humana.

Aquella mirada decía: “¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre!” Y toda celebridad; toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo grande, lo sublime y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y eran un juego de monos…

Con esto me he anticipado demasiado y, contra mi propósito y mi deseo realmente, he dicho en el fondo ya lo esencial sobre Hallar, cuando en un principio fue mi idea sólo ir descubriendo poco a poco su imagen, a medida que refería mi paulatino conocimiento con él.

Ya que me he adelantado de este modo, es preciso seguir hablando de la enigmática “extravagancia” de Haller y dar cuenta en detalle de cómo yo presentí y llegué poco a poco a conocer los fundamentos y la significación de esta extravagancia, de este extraordinario y terrible aislamiento. Así es mejor, pues quisiera dejar a mi propia persona todo lo más posible en segundo término. No quiero publicar mis confesiones, ni contar novelas o entregarme a la sicología, sino sencillamente contribuir como testigo presencial con algún detalle al retrato del hombre singular que dejó estos manuscritos del lobo estepario.

Al verlo ya por primera vez, cuando entró por la puerta vidriera de la casa de mi tía con la cabeza levantada como los pájaros y alabando el buen olor de la casa, me llamó en cierto modo la atención lo típico de este hombre, y mi primera e ingenua reacción contra ello fue de aversión. Me daba cuenta (y mi tía, que, en contraposición a mí, no es en absoluto una intelectual, notaba exactamente lo mismo), me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo, de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter, y me defendía contra él con el instinto del hombre sano. Esta repulsa fue sustituida en el transcurso del tiempo por simpatía, que tenía por base una gran compasión hacia este grave y perpetuo paciente, de cuyo aislamiento y de cuya muerte interna yo era testigo presencial. En este periodo fui teniendo conciencia cada vez más clara de que la enfermedad de este hombre no dependía de defectos de su naturaleza, sino, por el contrario, únicamente de la gran abundancia de sus dotes y facultades disarmónicas. Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento, que él, en el sentido de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí propio, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones y de personas, nunca se excluía a sí, siempre era él mismo el primero contra quien dirigía sus flechas, era él mismo el primero a quien odiaba y negaba…

Aquí tengo que intercalar una observación sicológica. A pesar de que sé muy poco acerca de la vida del lobo estepario, tengo, sin embargo, gran fundamento para creer que fue educado por padres y maestros amantes, pero severos y muy religiosos, en aquel sentido que hace del “quebranto de la voluntad” la base de la educación. Ahora bien, esta destrucción de la personalidad y quebranto de la voluntad no dieron resultado en este discípulo; para ello era él demasiado fuerte y duro, demasiado altivo y espiritual. En lugar de destruir su personalidad, sólo se consiguió enseñarlo a odiarse a sí mismo. Contra sí, contra este objeto inocente y noble, dirigió ya toda su vida el Tenia entero de su fantasía, la fuerza toda de su capacidad de pensamiento. Pues en esto, y a pesar de todo, tenía un sentido eminentemente cristiano y de mártir, ya que toda causticidad, toda crítica, toda malicia y odio de que era capaz los desataba ante todo, y en primer término, contra su propia persona. Por lo que se refería a los demás, a cuantos lo rodeaban, no dejaba de hacer constantemente los intentos más heroicos y serios para quererlos, para hacerles justicia, para no causarles daño, pues el “ama a tu prójimo” lo tenía tan hondamente inculcado como el odio a sí mismo. Y de este modo, fue toda su vida una prueba de que sin amor de la propia persona es también imposible el amor al prójimo, de que el odio de uno mismo es exactamente igual, y en fin de cuentas produce el mismo horrible aislamiento y la misma desesperación, que el egoísmo más rabioso.
Pero ya es hora de que deje a un lado mis ideas y hable de realidades. Lo primero, pues, que logré saber del señor Haller, en parte por mi propio espionaje, en parte debido a observaciones de mi tía, se refería a su manera de vivir. Que era un hombre de ideas y de libros y que no ejercía ninguna profesión práctica, se echaba pronto de ver. Estaba en la cama mucho tiempo; a veces se levantaba poco antes de mediodía, y tal y como estaba, con su traje de dormir, salvaba los pocos pasos desde la alcoba al gabinete. Este gabinete, un sotabanco grande y amable, con dos ventanas, tenía ya a los pocos días un aspecto completamente diferente a la época en que había estado habitado por otros inquilinos. Se iba llenando de multitud de cosas, y con el tiempo se llenaba cada vez más. En las paredes aparecían cuadros colgados, o dibujos clavados, a veces imágenes recortadas de revistas, que cambiaban con frecuencia. Un paisaje meridional, fotografías de una pequeña ciudad campesina de Alemania, evidentemente el pueblo natal de Haller, pendían allí, y entre ellas brillantes acuarelas de colores, de las cuales no supimos hasta más tarde él mismo las había pintado. Luego el retrato de una señora joven y guapa, o el de una jovencita. Durante una temporada estuvo colgado en la pared un buda siamés, fue sustituido por una reproducción de la Noche, de Miguel Ángel; luego, por un retrato del mahatma Gandhi. Los libros no sólo llenaban el gran armario—librería, sino que estaban por todas partes, sobre las mesas, en el elegante escritorio antiguo, en el diván, sobre las sillas, en el suelo, libros con señales de papel entre sus hojas, que continuamente iban cambiando. Los libros aumentaban de día en día, pues no sólo se traía grandes cantidades de las bibliotecas, sino que recibía con mucha frecuencia paquetes por correo. El hombre que habitaba este cuarto podía ser un erudito. Con ello venía bien el humo de tabaco que todo lo envolvía, y las puntas de cigarros y los ceniceros que se veían por doquier. Una gran parte de los libros no era, sin embargo, de contenido científico. La inmensa mayoría eran obras de los poetas de todos los tiempos y países. Una temporada estuvieron sobre el diván, donde él pasaba a menudo acostado días enteros, los seis gruesos tomos de una obra titulada Viaje de Sofía, de Memel a Sajonia, de fines del siglo XVIII. Una edición completa de Goethe y otra de Jean Paul eran al parecer muy usadas, lo mismo Novalis, y también Lessing, Jacobi y Lichtenberg. Algunos tomos de Dostoiewski estaban llenos de papeles cuajados de notas. En la mesa grande, entre los numerosos libros y escritas, había con frecuencia un ramo de flores; allí solía hallarse también una caja de pinturas, la cual, sin embargo, estaba siempre llena de polvo; al lado, los ceniceros, y, para no dejar de decirlo tampoco, toda clase de botellas y de bebidas. Había una botella recubierta de una funda de paja, llena generalmente de vino tinto italiano, que él se procuraba en una tienda de la vecindad; a veces se veía también una botella de Borgoña, así como otra de Málaga, y una gruesa botella de kirsch vi vaciarse casi por completo en muy poco tiempo, desaparecer luego en un rincón de la habitación y cubrirse de polvo, sin que el resto del contenido siguiera mermando. No he de justificarme del espionaje a que me dedicaba, y he de confesar también abiertamente que en los primeros tiempos todos estos signos de una vida, aunque llena de inquietudes espirituales, pero muy desordenada y sin freno, me produjeron aversión y desconfianza. No soy sólo un hombre burgués y de vida regular; soy además abstemio y no fumador, y aquellas botellas en el cuarto de Haller me gustaban aún menos que todo el pintoresco desorden restante.

Lo mismo que con el sueño y el trabajo, vivía el forastero también de una manera muy desigual y caprichosa por lo que se refiere a las comidas y bebidas. Muchos días ni siquiera salía a la calle y, fuera del desayuno, no tomaba absolutamente nada; con frecuencia encontraba mi tía como único resto de su comida una corteza de plátano en el suelo. Pero otros días comía en restaurantes, unas veces en buenos y elegantes, otras en pequeñas tabernas de los suburbios. Su salud no debía ser buena; aparte de la dificultad en las piernas, con las que a veces le costaba gran trabajo subir la escalera, parecía sufrir algunos otros achaques, y una vez dijo de pasada que ya desde hacía años ni digería ni dormía bien. Yo lo achacaba principalmente a su bebida. Más adelante, cuando alguna vez lo acompañé a alguno de sus cafetines, fui testigo a menudo de cómo ingería los vinos de prisa y caprichosamente; pero verdaderamente borracho no llegué a verlo jamás, ni nadie tampoco lo ha visto.

Nunca olvidará nuestro primer encuentro personal. No nos conocíamos más que como suelen conocerse vecinos de cuarto en una casa de alquiler. Una tarde volvía yo a casa de mi trabajo y encontré, para mi asombro, al señor Haller sentado en el descansillo de la escalera, entre el primero y el segundo pisos. Se había sentado en el último escalón y se hizo un poco a un lado para dejarme pasar. Le pregunté si se había puesto malo, y me ofrecí a acompañarlo hasta arriba del todo.

Haller me miró, y hube de observar que lo había despertado de una especie de estado letárgico. Lentamente empezó a sonreír, esa su sonrisa bella y lastimosa, con la que me ha atormentado tantas veces; luego me invitó a sentarme a su lado. Le di las gracias y dije que no tenía costumbre de sentarme en la escalera, ante la vivienda de los demás.

—Es verdad —dijo, y sonrió más—; tiene usted razón. Pero espere todavía un momento; no quiero dejar de enseñarle por qué he tenido que quedarme sentado aquí un poco.

Y diciendo esto señalaba al espacio delante del cuarto del primer piso, donde vivía una viuda. En el pequeño espacio con el suelo de parquet, entre la escalera, la ventana y la puerta de cristales, había adosado a la pared un gran armario de caoba, con viejas aplicaciones de metal, y delante del armario, en el suelo, sobre dos pequeños soportes, habla dos plantas en grandes macetas, una azalea 5 una araucaria. Las plantas hacían bonitas y estaban siempre muy limpias y magníficamente cuidadas; esto ya me había llamado a mí la atención agradablemente.

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Los mamíferos que sorprendieron a Darwin finalmente encuentran un hogar

Los mamíferos que sorprendieron a Darwin finalmente encuentran un hogar

Por 11 de julio de 2017.

 Los fósiles de “Macrauchenia patachonica”, como se ilustran en la reconstrucción de este artista, desconcertaron a Darwin. Estos extraños mamíferos desaparecieron hace casi 12.000 años. CreditJorge Blanco.

Enlace a la publicación original del New York Times: https://www.nytimes.com/es/2017/07/11/mamiferos-darwin-macrauchenia-macrauquenia/?mc=adglobal&mcid=facebook&mccr=ES&subid=LALs&subid1=TAFI 

Se parecía a muchos animales distintos y, al mismo tiempo, no lucía como ningún otro.

De lejos, se podría pensar que era un camello grande y sin joroba. Las piernas altas y robustas que terminaban en pies de rinoceronte soportaban un peso corporal similar al de un auto pequeño. Su cuello se estiraba como el de una jirafa antes de dar paso a una cara parecida a la de un antílope Saiga tatarica. De esta cara se extendía una protuberancia carnosa, similar a la nariz de un tapir o la trompa de un elefante miniatura.

Cuando Charles Darwin encontró por primera vez sus fósiles en el sur de la Patagonia durante su viaje en el Beagle, quedó desconcertado. Envió especímenes a Richard Owen, un paleontólogo inglés, quien supuso que el animal era una bestia gigantesca, parecida a una llama, y le puso por nombre macrauquenia, que significa llama grande.

Desde entonces, muchos investigadores han intentado fijar la ubicación de los macrauquenias en el árbol de la vida. Sus especulaciones han diferido muchísimo, pues han agrupado a estas bestias extintas con animales tan variados como los elefantes y los cerdos hormigueros o los camellos y los hipopótamos.

Ahora, 180 años después del descubrimiento de Darwin, los científicos han confirmado que los macrauquenias eran parientes lejanos de los caballos, rinocerontes y tapires, miembros de un grupo conocido como perisodáctilos, o Perissodactyla. En un estudio publicado recientemente en Nature Communications, los investigadores calcularon que los macrauquenias divergieron de los Perissodactylahace 56 a 78 millones de años.

Un grupo que “básicamente no tenía hogar ya encontró su espacio”, dijo Michael Hofreiter, profesor de Ciencias Genómicas de la Universidad de Postdam en Alemania y autor del estudio.

Los macrauquenias eran herbívoros que vagaban por los espacios abiertos y cubiertos de hierba de toda América del Sur antes de desaparecer junto con otras especies de megafauna al final de la última era de hielo, hace casi 12.000 años. A lo largo de los años, paleontólogos y excavadores han encontrado un buen número de fósiles de macrauquenia, pero el estudio de huesos y dientes ha sido engañoso porque los animales tenían una mezcla de rasgos, dijo Ross MacPhee, curador del American Museum of Natural History de Manhattan, otro de los autores del estudio.

Para tener un mejor entendimiento, Hofreiter, MacPhee y sus colegas recurrieron al ADN. El equipo logró encontrar un hueso de dedo del pie que estaba en una cueva en el sur de Chile y tenía suficiente ADN de macrauquenia para poder realizar estudios.

Para reconstruir secuencias de ADN antiguo, los científicos suelen utilizar como andamio el genoma de un pariente vivo y estrechamente relacionado. Pero los macrauquenias no tienen parientes vivos cercanos.

En vez de eso, los investigadores compararon alrededor de 20.000 fragmentos de ADN mitocondrial obtenido de su muestra ósea con los genomas mitocondriales de caballos, rinocerontes, tapires y llamas salvajes.

Hofreiter comparó el proceso con armar un rompecabezas en estas condiciones: no cuentas con la imagen final que se está construyendo, pero tienes varias imágenes que son algo similares para ayudarte a colocar las piezas en su lugar.

Los investigadores reconstruyeron alrededor del 80 por ciento del genoma mitocondrial de los macrauquenias. Hasta ahora, dijo Hofreiter, “nadie había reconstruido una secuencia de ADN antigua en la que el pariente más cercano fuera tan lejano”.

Al comparar este mitogenoma con los de muchos mamíferos, su equipo pudo ubicar a los macrauquenias como hermanos de los Perissodactylaen el árbol evolutivo. Los nuevos hallazgos confirmaron los de un estudio de 2015, en el que un grupo de científicos (incluyendo a Hofreiter y a MacPhee) estudiaron a los macrauquenias a través de proteínas antiguas.

El hecho de que “dos enfoques totalmente diferentes concluyeran lo mismo es muy convincente”, dijo Matthew Collins, un bioarqueólogo de la Universidad de York en el Reino Unido. Collins, uno de los autores del estudio de 2015, no participó en la investigación actual.

En el futuro, conforme las herramientas para estudiar el ADN antiguo sigan mejorando, los científicos podrán desbloquear las secuencias genéticas de más especies extintas que habitaban en climas cálidos, donde el ADN se degrada rápidamente, dijo MacPhee.

“Eso marcará una gran diferencia en la manera en que entendemos el pasado”, dijo.

Venezuela Plebiscito 16 de julio. 

Plebiscito 16 de julio.

Llamado urgente a todos los ciudadanos libres de México, América Latina y del mundo a estar pendientes, apoyar, solidarizarnos y orar por nuestros hermanos venezolanos en esta trascendental jornada de su lucha heroica por la defensa de sus libertades y sus derechos y contra la tiranía que gobierna al país y tiene sumido al pueblo en la peor crisis humanitaria jamás antes sufrida y a una represión brutal que tiene que terminar por el bien de todo el mundo. ¡YA BASTA!

A sólo dos días de celebrarse el plebiscito que organiza la oposición junto a distintos sectores de la sociedad civil. Comparto un artículo del New York Times que analiza, tanto el plebiscito del 16 de Julio, como el del 30 del mismo mes, éste último organizado por el gobierno de Maduro e invito a ustedes mis amables lectoras y lectores a informarse de lo que está sucediendo en Venezuela.

Tomemos conciencia de que vivimos, queramos o no, en un mundo globalizado conformado por regiones históricamente definidas; América latina es nuestro país extendido ¡todos somos latinos! y como hermanos debemos apoyarnos unos a otros, porque nos duelen las injusticias, los crímenes y los atropellos que el mal gobierno comete contra nuestros hermanos venezolanos.

“No preguntes por quien doblan las campanas, doblan por ti y por mí, porque la pérdida de solo uno de nuestros hermanos nos disminuye y nos hiere”

¡Que viva por siempre el heroico Pueblo de Venezuela!

Venezuela se divide aún más ante dos consultas electorales.

https://www.nytimes.com/es/2017/07/12/venezuela-se-divide-aun-mas-ante-dos-consultas-electorales/?em_pos=small&emc=edit_bn_20170713&nl=boletin&nl_art=1&nlid=60379794&ref=headline&te=1 

Por 12 de julio de 2017.

 Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, hizo un llamado el 3 de julio a la unidad e invitó a la oposición a votar en un plebiscito contra Nicolás Maduro este domingo.CreditJuan Barreto/Agence France-Presse — Getty Images.

CARACAS — Germán Morales dice que defenderá la constituyente para elegir un nuevo congreso que impulsa el presidente Nicolás Maduro con su propia vida. “Peleo por la revolución porque esto nos traerá justicia”, comentó este escultor de 57 años que frecuenta “la esquina caliente” de la Plaza Bolívar de Caracas, un sitio en el que se reúnen los simpatizantes del gobierno.

Morales cree que el proceso constituyente, que redactará una nueva constitución, es “muy adecuado a la situación que vive el país; lo ayudará”. Por eso acudirá al llamado del oficialismo y del Consejo Nacional Electoral (CNE) para votar el próximo 30 de julio.

A escasos metros y sentada en un banco de la misma plaza se encontraba Yeiny, una contadora que prefirió no usar su apellido por temor a las represalias. Ella piensa que la constituyente es un proceso ilegítimo: “No sirve, nos traerá una dictadura y es un atraso”. Yeiny también acudirá a las urnas, pero el 16 de julio, cuando se celebrará un plebiscito que organiza la oposición junto a distintos sectores de la sociedad civil. Se trata de una consulta popular, desvinculada del CNE, que busca evidenciar el rechazo a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) convocada por el presidente.

Venezuela vuelve a debatirse en las consultas populares, pero esta vez no será en una sola jornada: son dos procesos que dividen al país y una suerte de doble institucionalidad que se rechaza mutuamente.

El 16 de julio se hará un plebiscito popular a petición de la Asamblea Nacional —de mayoría opositora desde diciembre de 2015— y bajo el amparo de la Constitución, para consultar si se está de acuerdo o no con el proceso convocado por el gobierno para elegir a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, una consulta que también está prevista en la Constitución y que se inicia a petición de Maduro. Ni la oposición ha presentado candidatos a la constituyente ni el gobierno está dispuesto a reconocer los resultados del referendo del 16.

El mandatario venezolano anunció la convocatoria el pasado 1 de mayo —por iniciativa propia y con fecha fijada por el CNE— con la finalidad de elegir a 540 personas que serán las encargadas de redactar una nueva Carta Magna que sustituirá a la actual, la de 1999 promovida por el entonces presidente Hugo Chávez.

Esta decisión ha causado una gran controversia porque es vista por muchos críticos como una forma de soslayar las elecciones regionales que deberían realizarse este año y las presidenciales del próximo. Hay que recordar que cuando Chávez la convocó en 1999, teniendo todos los poderes controlados por sus partidarios, se tardó casi 10 meses en finalizar la redacción del texto, por lo que este proceso podría tomar hasta dos años sin que se produzca una transición en el poder.

“Es un asunto de extrema gravedad. Es para cambiar el ordenamiento jurídico y transformar el Estado”, explica Blanca Rosa Mármol, exmagistrada del Tribunal Supremo de Justicia.

La respuesta de la oposición ha sido convocar el plebiscito del 16 de julio en el que se harán tres preguntas: la primera, si se está de acuerdo o no con la convocatoria de la ANC; la segunda, sobre el papel de las fuerzas armadas, y, la tercera, para indagar si el ciudadano está dispuesto a la renovación de los poderes públicos.

“Es un proceso totalmente ciudadano, amparado en los artículos 70 y 71 de la constitución y donde podrán votar todos los venezolanos, inscritos o no en el registro electoral, porque los que están en el exterior también lo podrán hacer”, explica Aníbal Sánchez, consultor político y operador electoral de la Mesa de la Unidad Democrática. “Queremos un proceso lo más transparente posible y que los observadores internacionales lo avalen”.

Sánchez afirma que se escogió esa vía “como una forma de activismo que nos permitiera demostrar el rechazo del 82 por ciento que tiene la constituyente. Eso dicen las encuestas, pero queremos llevarlo de un número abstracto a algo real”. Otros analistas lo ven como un acto simbólico que podría incrementar la conflictividad en Venezuela.

“Es político, un modo más de protesta, que no va a resolver el tema de la crisis, pero sí añade un factor de presión”, dice Jesús Seguías, presidente de la encuestadora Datincorp.

Una crisis de institucionalidad se genera en el marco de más de cien días de protestas en Venezuela.

Desde el otro lado del espectro ideológico, el abogado Jesús Silva, especialista en Derecho Constitucional por la Universidad Santa María y la Universidad de Salamanca, afirma que el plebiscito “no tiene base constitucional, es un evento de ellos (la oposición) por cuenta propia, de propaganda para engañar a sus seguidores y justificar más terrorismo en las calles”.

Silva dice que la constituyente “es para promover un gran entendimiento nacional luego de varios meses de confrontación violenta que promovió la oposición. Esto crea nuevas normas que permitirán recuperar la paz y repolitizar al país”.

Esta crisis de institucionalidad se genera en el marco de más de cien días de protestas desde que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia emitiera dos sentencias en las que eliminaba de facto las competencias de la Asamblea Nacional, decisiones que se tuvieron que revertir parcialmente a petición del propio Maduro ante las protestas nacionales e internacionales.

Desde entonces han fallecido más de 90 personas, en parte por las actuaciones de las fuerzas de seguridad del Estado. Asimismo, se han vivido jornadas de mucha incertidumbre, como el día en que un helicóptero atacó la sede del Tribunal Supremo de Justicia o cuando partidarios del gobierno atacaron la Asamblea Nacional –el tercer asalto en siete meses–, donde resultaron heridos varios diputados.

 Una protesta el 10 de julio en Caracas en contra de la iniciativa del presidente Nicolás Maduro para redactar una nueva Constitución CreditAriana Cubillos/Associated Press.

Para los simpatizantes del gobierno, como el escultor Morales, los objetivos de la constituyente son claros. “La Constitución de 1999 no ha dado la eficacia de solucionar ciertos aspectos políticos y de la vida del venezolano. Como la impunidad. Tiene que haber leyes, darles rango constitucional”. Mientras lo decía, sonaba de fondo la música de “La constituyente va”, el anuncio publicitario que a cada rato pasan en VTV, el canal estatal que siempre sintonizan en la Esquina Caliente.

Sin embargo, varios chavistas prominentes se han declarado en contra del proceso convocado por el gobierno. Los casos más señalados son el de la fiscala Luisa Ortega Díaz, el exministro Miguel Rodríguez Torres y la exdefensora del pueblo Gabriela Ramírez, quienes lo consideran una traición al legado de Chávez.

A unos metros de Morales, un grupo de extrabajadores del Plan Amor a Caracas se quejaba de que los botaron sin previo aviso. “Si no me dan trabajo, no hay voto el 30, que lo tengan claro”, decían varios de ellos.

“Cordura, esto no es un tema político, esto es que nos humillaron y nos sacaron sin dar explicaciones”, clamaba Adayandri, quien ronda la veintena y es una de las cabecillas del grupo. “Sí, pero el 30 igual no voto”, le contestó otra mujer.

En un supermercado del municipio Chacao, otros trabajadores discutían sobre qué tendrá o no la constituyente. “Ahí van a meter que nos toca a todos el CLAP (la bolsa de comida que el gobierno reparte desde hace un año) y van a fijar el salario mínimo”, decía uno.

La crisis política se suma a una cotidianidad difícil, signada por la falta de medicamentos tan esenciales como antibióticos, la escasez de alimentos básicos o, la última versión de la desesperación de los venezolanos: la aparición de algunos artículos pero a precios muy altos para el ciudadano promedio que ve cómo su quincena se convierte en agua y sal ante una inflación de la que no se sabe la cifra real, pero que ha llevado al presidente Maduro a subir tres veces el salario mínimo en lo que va del año.

“No deberían seguir adelante. Son muchos los que no queremos y deberían tomar en cuenta la decisión del pueblo”, dice Yeiny, que estaba en la Plaza Bolívar con una amiga, que ni siquiera quiso dar su nombre, pero que aseguraba que sus suegros “trabajan en un ministerio, no te digo cuál, pero ellos tienen que votar el 30 por obligación”.

Yenifer, una manicurista, apuraba el paso con su hija mientras pasaba frente al Concejo Municipal de Caracas. “Lo del 30 no hará sino empeorar las cosas. Y mira, el 16 no voto porque para qué, una termina decepcionada. Yo no le hago caso a esas cosas”.

 

La guerra tlaxcalteca-mexica

La guerra en el valle de Tlaxcala años antes de la llegada de Cortés! Conoce sobre las guerras floridas.

http://el-espejo-humeante.blogspot.mx/2017/07/la-guerra-en-el-valle-puebla-tlaxcala.html 

La guerra tlaxcalteca-mexica

La principal área de conflicto durante el gobierno de Motecuhzoma fue el valle Puebla-Tlaxcala, donde las guerras rituales que ahora conocemos como xochiyaoyotl o floridas incrementaron su intensidad con el pasar de los años hasta transformarse en una guerra total donde el objetivo principal era la conquista de las cuatro principales cabeceras de Tlaxcallan. En otras palabras esta guerra ritual degeneró. Durante el gobierno de Ahuízotl, en el año de 1498, la Triple Alianza realizó un ataque masivo contra el altepetl de Atlixco. Durante esta incursión bélica murieron 3 de los hermanos mayores de Motecuhzoma: Tlacahuepan, Chahuaque y Quetzalcuauh. Parece ser que el resultado no fue lo que se esperaba de la incursión. Tiempo después Huexotzinco, la principal potencia del actual valle de Puebla-Tlaxcala entro en una guerra civil cuando murió su gobernante el Tlahtoani Chiyauhcoatl. Su hijo  Toltécatl asumió el trono sin embargo descubrió malos manejos de los sacerdotes de la ciudad, entraban a las casas a hurtar maíz, a robar las vestimentas de las mujeres, por lo que empezó el conflicto. La Triple Alianza buscó sacar provecho del conflicto y Ahuízotl mandó matar al joven gobernante. Este suceso demerito la capacidad bélica y económica del altepetl con serias consecuencias con su vecina Tlaxcala. El siguiente conflicto, como ya comentamos y tomando en cuenta la crónica de Torquemada, con Atlixco se llevó a cabo en 1502 con resultados propicios para los mexicas, ya que lograron una gran victoria y Motecuhzoma pudo llevar gran cantidad de prisioneros para ser sacrificados durante la ceremonia de entronización.

Para el año de 1504 los huexotzincas presionados por los pocos recursos existentes debido a las hambrunas que habían asolado el valle atacaron a sus vecinos, las cabeceras de Tlaxcallan, sufriendo una grave derrota que los expulsó de sus territorios. Resentidos los tlaxcaltecas se dirigieron a Huexotzinco para saquear los cultivos y destruir parte de la población. Acorralados y hambrientos los huexotzincas pidieron apoyo a Motecuhzoma, quien reaccionó de forma rápida enviando un gran ejército para socorrerlos pero nuevamente con malos resultados. El combate se decantó a favor de los tlaxcaltecas imponiéndoles una fuerte derrota a los chalcas, mexicas, acolhuas, culhuas, xochimilcas de las fuerzas aliadas. Resentido y enfurecido por las continuas derrotas, el Huey Tlahoani mexica mando un ejército aún mayor con auxiliares de Cholula y Huexotzinco, el cual tenía la misión de atacar las 4 cabeceras de Tlaxcallan por el sur, sureste, este y noreste. La mala coordinación de las fuerzas hizo que el ataque fuera repelido con fuertes pérdidas. La mayoría de los hombres cayeron bajo las armas de los otomíes, grupo étnico que estaba asentado alrededor de las principales cabeceras de Tlaxcala: Tizatlán, Ocotelulco, Quiahuiztlan y Tepectípac, como un anillo de seguridad fronterizo. Muchos otomíes fueron premiados con insignias y con hijas de notables tlaxcaltecas, estrechando la relación entre ellos y sus señores nahuas.

  Los señores de las cuatro cabeceras de Tlaxcala desde la visión de Desiderio Xochitiotzin

Estos episodios se repetirán durante todo el reinado de Motecuhzoma hasta la llegada de los europeos. En 1507, un conflicto por la devastación de las milpas de maíz de las poblaciones de Cuauhquechollan y Atzitzinhuacan por parte de los atlixcas y  huexotzincas escaló cuando los mexicas buscan nuevamente sacar provecho. Decidieron apoyar a las poblaciones agraviadas y a su gran ejército se sumaron fuerzas toltecas comandadas por su gobernante Ixtlilcuechahuac. Durante tres días batallaron, con cuantiosas pérdidas para ambos bandos, entre ellos el gobernante tolteca. Finalmente los ejércitos dan por acabado el conflicto sin mayo resultado. Motecuhzoma llora amargamente ante la entrada fúnebre de los contingentes aliados a Tenochtitlán. Manda retirarle a los sobrevivientes sus insignias y les reprocha que el deber de un guerrero es ganar batallas y apresar enemigos. Se entera que los guerreros tlaltelolcas no celebran ninguna exequia y se debe a que prácticamente no entablaron combate y sus bajas fueron mínimas. Por esta razón decide aumentarles el tributo y solicitarles prisioneros que ellos tendrán que conseguir haciendo incursiones completamente solos en el valle Puebla-Tlaxcala. Muchos días, el cielo de Tenochtitlán se obscureció debido al humo denso de las piras funerarias de sus guerreros caídos. En 1508 en otro ataque a los valles de Atlixco terminó en derrota y con la muerte de 2800 guerreros de la Triple Alianza entre ellos otro hermano de Motecuhzoma: Macuilmalinalli.

El último evento de importancia esta guerra fue en el año de 1515, cuando una fuerte sequía se presentó en el valle de Puebla-Tlaxcala, causando una guerra por los recursos entre Huexotzinco y Tlaxcallan, saliendo muy mal parada el primer altepetl. Por esta razón nuevamente los huexotzincas pidieron apoyo a los mexicas, llegando al grado que el mismo Motecuhzoma recibió al Tlahtoani de dicha ciudad en la entrada de Tenochtitlán. Tezcuco, Chalco y Huexotla dieron asilo a gran cantidad de familias que se asentaron en la ribera oriental de los lagos por 3 años mientras los ejércitos de la Triple Alianza seguían acosando a los tlaxcaltecas. Durante estas confrontaciones, los mexicas lograron una victoria moral, aunque no militar al capturar al valeroso guerrero otomí Tlahuicole, quien lograría la hazaña de sobrevivir al sacrificio gladiatorio e incluso comandaría un contingente mexica en una incursión contra los purépechas. Acabaría sus días en la piedra de los sacrificios, solicitando por su propia voluntad la muerte para no vivir en deshonra.

 Guerreros de Huexotzingo y Tlaxcala

Parecía que la relación entre huexotzincas iba a ser duradera con los mexicas, sin embargo cuando Motecuhzoma solicitó el bulto sagrado de su deidad patronal, Camaxtli, con el fin de resguardarla en Tenochtitlán, el conflicto surgió. Los huexotzincas regresaron a su poblado, destruyendo todo a su paso, incluso asesinando a quienes se encontraban en el camino. Al poco tiempo establecieron una alianza con las 4 cabeceras de Tlaxcallan volviéndose peores enemigos de sus antiguos protectores, los mexicas.

Este complejo mosaico de alianzas y enemistades perduró hasta el año de 1519, cuando llegaron los castellanos encabezados por Cortés, quien supo aprovecharla para obtener aliados que serían decisivos para el futuro conflicto con la Triple Alianza.

 Otra ilustración de guerreros tlaxcaltecas de Angus McBride

Enrique Ortiz García
@Cuauhtemoc_1521
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La guerra tlaxcalteca – mexicait.ly/2tggdUc

Dulce Optimismo — antoniadis 9

   

Dulce Optimismo  21 de Jun. de 2017

Afronté aquella visita con un espíritu impregnado de dulce optimismo. Tras muchas conversaciones telemáticas, muchos likes, muchas fotografías con mensaje, muchas poesías dedicadas sotto voce, alguno de los dos dio el primer paso.

“¿Porqué no quedamos a tomar un café algún día?” “Por supuesto, cuando quieras”

Dos años después de ese intento de cita, me sorprendió enormemente que ella diera el primer paso para vernos. Me refiero a que propuso día, hora, alternativa de lugar y, como último mensaje, que si no acudía a verla, lo mejor que podría hacer es no volver a proponerlo nunca. Lo entendí como una de esas situaciones de la vida tipo on/off, aquellas en las que solo caben dos alternativas, te arriesgas al ridículo, a que ella piense que física o intelectualmente estés por debajo del nivel esperado, a los silencios incómodos, a las repeticiones de las conversaciones en las redes, a que tu sentido del humor pierda agudeza in situ. En suma, a que una relación que se sostiene francamente bien en la distancia, se desmorone en unos pocos minutos.

Pensaba en ello mientras que contestaba afirmativamente a su propuesta. Y el motor principal, la razón esencial para aceptar, es que ella se arriesgaba a lo mismo y aún así había aceptado el riesgo. Luego supe que el riesgo no era tal.

Ella había propuesto un escenario muy particular para nuestro primer encuentro. Un lugar público, desde luego, pero enormemente representativo y singular: La Plaza de Zocodover, en el centro histórico de Toledo, donde el acceso en automóvil es poco menos que imposible, salvo que tu vehículo disponga de ADN o lubricante toledano. Eso garantizaba varias cosas. En primer lugar, debía recorrer unos cuantos kilómetros hasta la ciudad, lo que corroboraría mi supuesto interés en la cita. En segundo lugar, debía ascender hasta la Plaza, situada en la parte alta de la ciudad, lo que aseguraba que el interés era de cierta magnitud.

Me causó cierto grado de extrañeza el resto de los requisitos. Que ella aparecería más tarde, me pareció aceptable pero injusto. Que yo dejase una poesía en una de las mesas del bar entre las servilletas, tal como si se escondiese la llave del tesoro, me pareció simpático a secas. Que llevase una rosa roja entre las páginas de un libro singular, me pareció que rayaba el exotismo.

Yo contraataqué con las mías. Debía llevar puesto aquel bombín que me pareció tan gracioso en su foto de perfil del blog. Debía encadenarse a la pata de la mesa con unas esposas adquiridas en uno de esos extraordinarios locales donde uno encuentra lo que de verdad desea, y no me refiero a una pastelería. También solicité que llevase unas gafas negras de pasta, pero por incordiar, fundamentalmente.

Toledo_-_Placa_de_Zocodover_-_panoramio

Enseguida comprendí porqué había elegido la Plaza de Zocodover. Porque se llega absolutamente exhausto, y con escasa capacidad de respuesta para casi cualquier cosa. Había decidido debilitarme para luego vaya usted a saber qué tendría pensado. Empecé a pensar que mi anfitriona era una especie de maléfica devoradora de incautos blogueros, pero el cansancio y el paisaje me llevaron en volandas a una de las terrazas que formaban parte consustancial del entorno. Solicité café y oxígeno. solo obtuve lo primero. Oteé el singular escenario. Sonreí. No se parecía a un circo romano, desde luego, lo que me tranquilizaba en cierto modo. De hecho, no podría haber sido elegida de forma más simbólica. Tanto los romanos como los árabes utilizaban la explanada de la Plaza como una especie de “tierra de nadie” previa al acceso a la ciudad amurallada. Profético, sin duda.

Repasé las condiciones. La rosa roja la obtuve fácilmente, estaba en un pequeño vaso encima de la mesa, a modo de centro floral. Poesía. No llevaba a mano ninguna, habría que redactarla sobre la marcha.

“Y si estuvieras escondida entre las juntas del empedrado

Esperando mi presencia para reírte con mis torpes pasos

Yo, resbalando en cada una de las losas de la plaza

Tú, riéndote en la sombra, con la ternura de una amante”

Dejé escrito este pequeño poema, insertado al azar entre el pequeño bloque de servilletas, pagué mi consumición y paseé por la Plaza. Todo dependía de ella.

El recorrido por la Plaza, sazonado por unas gotas de nerviosismo indisimulado, me permitió admirarla en su plenitud. La sensación de confort, familiaridad y quietud presidían el paseo, aunque flotaba en el ambiente una especie de aroma a batalla, a guerrero, a carromatos y tiendas de nómadas, artesanos, agricultores, que se acercasen buscando protección y comercio. La Plaza , de forma mágicamente triangular estaba abierta al mundo, pero desde una especie de balcón, exactamente como el balcón de un ático, con la dosis exacta de habitabilidad y dejadez como para que se percibiese acogedora y lujosa simultáneamente. Los hombres, las mujeres, los escasos niños de esa hora del mediodía, circulaban de modo sosegado, tranquilos en su quehacer, atravesando la plaza sin prisa, debatiendo los principales acontecimientos de la actualidad o riendo de forma coral con los vecinos de siempre. Los bares presentaban un grado de ocupación razonable, y las terrazas de los mismos, aforo completo. Muchas veces pensamos que la felicidad no tiene precio, y yo digo que en ese momento la felicidad se cotizaba a 1,50€ la media hora, el tiempo en el que podías tomarte un café al ritmo justo, el que te permitía degustarlo sin que te echasen de la terraza por acaparador.

250px-Alcázar_de_Toledo_-_01 Me dirigí hacia el vértice sur, el  más próximo al majestuoso Alcázar, escenario de tantas y tantas historias de heroísmo y crueldad a partes iguales. Pensé en salir de la Plaza para admirarlo, cuando me llamó la atención un reflejo plateado procedente de la pata de la mesa de terraza donde había disfrutado de mi primer café, del escenario de nuestro encuentro, que a esas horas ya empezaba a parecerme hipotético más que real.

Presidiendo el reflejo, me pareció vislumbrar una especie de figura achatada. El bombín. No pude determinar con más detalle qué había entre el bombín y el reflejo, por lo que se veía muy conveniente acercarse. Ella tenía la ventaja del dominio de los tiempos, y yo tenía la ventaja de poder salir corriendo. Estábamos casi empatados, salvo que ella no estaba atada a las esposas, solo las había colocado para satisfacer mi condición del encuentro, pero sin obstáculos para levantarse, darme un bofetón o cualquiera de las cosas que pudiera suceder en ese tipo de encuentros, en los que yo era absolutamente novato. No la culpaba. El grado de compromiso adquirido con la colocación de ese juguetito, podría haber resultado excesivo para un primer encuentro.

Me dirigí hacia el reflejo, hacia ella. Ya estaba allí, no podía volver atrás. Me obligué a mantener los ojos fijos en el horizonte. Me parecía de muy mala educación desviarlos hacia determinados sectores anatómicos; Además podría ser muy mal interpretado. De cuando en cuando los bajaba al empedrado para no acabar en Urgencias Traumatológicas. El punto de inflexión se presentó a unas pocas decenas de metros. A partir de allí, no pude despegar los ojos de su mirada. No exactamente porque tuviese los ojos bonitos, que los tenía, sino porque transmitía la combinación de sensaciones que, a priori, permitían esperar que aquella descabellada cita pudiese transformarse en un evento vital destacado.

Percibí en su mirada timidez, ansiedad, cariño, confort, esperanza, sosiego. Percibí colores, tonalidades y texturas. Percibí deseo contenido, romanticismo incurable, llanto cronificado. Percibí amor por la vida. El impacto de la luz en aquellos ojos color azabache transformaba la realidad como el papel fotográfico, incorporando pequeños pedazos irrefrenables de nosotros mismos. Es difícil engañar al fotógrafo experto. Es difícil mentir a una mujer ilusionada. Por ello, al poner rumbo hacia el faro de sus ojos, imploré al cielo que los míos transmitieran todas las tonalidades de las convulsiones que estaba provocando en mi alma, imploré a los hados, a los dioses, a los lares, a los ángeles y arcángeles, que no me abandonasen en ese crítico momento, que me arrepentía de todas las ocasiones en las que maldije la vida, en las que cínicamente criticaba el acervo de mi existencia, incluso aquellas en las que predije el peor de los futuros para el mío. Solo anhelaba transmitirle en mi mirar el enorme impacto que había causado en mi vida, con sólo atravesar las graníticas losetas dela Plaza Zocodover.

(continuará)

https://wordpress.com/read/blogs/37924104/posts/8259 

Dulce Optimismo (IV)

1 de Jul. de 2017
Porque de lo acontecido a posteriori, ni al Tajo hago responsable, aunque puso el marco para el lienzo, aunque puso el influjo eéreo, aunque, como moderno celestino, pocas opciones dejó. Solo ella, solo yo, solo nosotros, fuimos responsables. En mi caso, por ingenuo, o por osado. Por no hacer caso de las señales. En el suyo por acción, porque me deseó y no pudo refrenarse, aunque nadie mejor que ella conocía sus mochilas, sus cadenas, sus condenas.  Y, a pesar de eso, me quiso.

Dulce Optimismo (y V)

Creo que dejé sin acariciar medio centímetro de su cuerpo. No de su cabello, ni de sus rizos, ni de esas pestañas desafiantes, a esos párpados acompañados de las más finas arrugas que pudieran dibujarse. No fue su mejilla, ni sus pómulos, ni su cuello, porque en esas zonas fui cuidadosamente preciso. Quizá quedó ese medio centímetro en las curvas de sus rodillas, aunque lo dudo, porque exploré esas y todas las curvas, muy cuidadosamente. Acaricié sus pechos, areolas y pezones como si no hubiera un mañana. Recorrí sus glúteos sus caderas, su monte de venus. Ahora que lo pienso, ese medio centímetro quizás debí dejarlo para la siguiente ocasión. Ahora sé que no habrá próxima vez, pero en aquel entonces no podía saberlo.

Dos años después de ese intento de cita, me […]

a través de Dulce Optimismo — antoniadis 9

¡Augurio!! 🤗💑🎈💐🌺🌷🌹🌸💗💓❤️💖💝😍😘😘😘

 Pilar Astray Chacón

https://wordpress.com/read/feeds/44351615/posts/1519945458

Se alza un viento que mece las palabras

cada vez que te nombro

amurallándose el mar en mil matices

sobre las barandillas del recuerdo

Cada vez que te nombro

cada beso que en sueño me has dejado

difumina el contorno de mis lagos

iluminando mis noches

Presagio de soles sobre mi cintura

tejiéndote las alas

que has de vestir en este encuentro

Qué es poesía (extracto y video)

Meteoritos

Poesía, fuego, piedra.

viernes, 7 de julio de 2017.

Hola buenas tardes, hoy les comparto con mucho gusto un poema maravilloso que estoy seguro les va a encantar; meditando sobre el mensaje implícito me complace comprobar que va ganando terreno la lírica en las conversaciones cotidianas; la poesía desplazando a la no poesía en el foro de los debates existenciales de todos los días repartiendo espléndidamente felicidad y alegría en los corazones de ponentes, escuchas y lectores…Gracias!!!  Jesús Torres Navarro.

http://joseicaria.blogspot.mx/2017/07/que-es-poesia-extracto.html 

José Icarara

“Para acabar de una vez por todas con el falso debate entre la poesía y la no poesía…7 diferencias”

Qué es poesía (extracto)

La verdadera poesía es de un blanco puro, decididamente sobreexpuesto o, por el contrario, dramáticamente oscura, tirando a negro. Podría ser monocroma, o ajustada a una gama más o menos amplia de colores. Y, por qué no, una rutilante feria de neón, contra el cielo azul tungsteno de la noche.

La no poesía es incolora. O de tonos pastel.

La verdadera poesía sabe a pan caliente ‒recién horneado– con aceite, a vino blanco, a orujo, al chocolate con churros de la infancia, la poesía sabe -¿lo recuerdas?- como el primer beso.

La no poesía es insabora. O sabe a palomitas de Cinemas Yelmo.

La verdadera poesía suena como el canto de los pájaros, tras la lluvia, como su risa, como su voz, como el dodecafónico ensayo de los miembros de la orquesta, justo antes del concierto. Como el silencio de Miles Davis, mientras imagina la música en su cabeza.

La no poesía es monocorde. O un éxito de Radio Kiss Fm.

La poesía huele como el campo en primavera, como el cuero nuevo o el café recién hecho, como el interior de un solitario ascensor impregnado de un perfume igual que el suyo, y te sientes sin fuerzas para oprimir ningún botón…Pero, de repente, los presionas todos, decidido a pasar (mientras se cierran las puertas) la postrera noche juntos.

La no poesía es inodora. O huele a pelusilla del ombligo de una infanta.

La verdadera poesía tiene siempre los senos y el culo alto, posee la sabiduría de los dedos que distinguen un melón maduro [magreándolo en la base, la poesía eriza inopinadamente la piel, como un demorado beso en el cuello.

La no poesía es lisa. Y blanda, como la espuma de las tripas de un sofá.

La verdadera poesía se mueve como las olas, gira en círculo (o en espiral) por el espacio infinito, y baila siempre el tango, con geométrica y cortante precisión.

La poesía baila también como ese amigo tuyo que, a última hora de la noche, se arroja a la pista, y todo el mundo duda entre reír o imitar su desinhibida falta de sentido del ridículo.

La no poesía camina como Chiquito de la Calzada.

La verdadera poesía se ajusta a las proporciones de la perspectiva áurea, es bella y es fea, a veces una beldad, a veces una carroña, a veces, ni siquiera tiene forma. Poesía eres tú cuando eres tú, o mejor, un autre.

La no poesía escribe siempre en papel pautado.

La poesía te despierta a las tantas de la noche, y hará que te resfríes persiguiendo el inaprehensible It, de Jack Kerouack, mientras intentas mantener el ritmo hasta la última estrofa.

(…)

Puedes escuchar el poema completo en el enlace siguiente: https://youtu.be/l–uZnSAHjs?list=PLq953fDoPkbrLkhuhZTSQCaJqB0hu0i4c